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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn mi calidad de residente de la Ciudad Vieja, quiero expresar la mezcla de estupor, preocupación y dolor que siento ante la obra de repavimentación de veredas que la Intendencia de Montevideo está llevando a cabo en muchas manzanas de la zona.
Con respecto a la fundamentación previa al inicio de los trabajos, prefiero pasar por alto las referencias de algunos jerarcas municipales a soluciones de este tipo aplicadas en ciudades como Madrid, París y Nueva York. Con los resultados obtenidos a la vista, tales argumentaciones resultan demasiado absurdas como para considerarlas seriamente. Me parece necesario, en cambio, exhortar a los responsables de este desatino a rever su decisión y a frenar un emprendimiento que atenta de manera inaceptable contra uno de los recintos históricos más importantes con que cuenta nuestra ciudad en términos patrimoniales.
Por cierto que, apelando a criterios estéticos y a sólidas razones de orden técnico, ya han expresado su alarma y su opinión contraria al proyecto destacadas figuras del Comité de Patrimonio de la Facultad de Arquitectura y del Cicop (filial uruguaya del Centro Internacional para la Conservación del Patrimonio). En mi caso, no soy arquitecta ni especialista en temas urbanísticos y aunque sí soy profesora de Historia, mi simple condición de montevideana alcanza y sobra para advertir el aspecto deplorable que emana de la rústica superficie de cemento, cal y arena que ha venido a sustituir buena parte de las viejas losetas de granito.
La pobreza lastimosa de los materiales empleados, la desprolijidad de terminaciones propias del piso de un rancho de campaña o los sucesivos remiendos que coexisten en muchos de los nuevos pavimentos son algunos de los indicios más notorios de los errores y horrores con los que se encontrará quien hoy camine por las calles de nuestro maltratado casco histórico.
Sin embargo, las cosas son bastante más graves y al mando de fealdad que en los últimos meses viene cubriendo buena parte de la Ciudad Vieja, hay que sumarle la suciedad y el deterioro que estos toscos tramos de hormigón exhiben ya hoy, a pocos días de haber sido estrenados. Para comprobarlo, basta recorrer, entre otras muchas calles posibles, la cuadra de Juan Carlos Gómez que va desde Rincón hasta 25 de Mayo, y observar la mugre, las manchas y las salpicaduras de todo tipo que hoy afean y desvalorizan el frente de locales como los de Galería Latina, la librería Linardi y Risso contigua al museo Figari, o Frau, la tienda de ropa femenina, ubicada en la planta baja de la bellísima construcción de la esquina de Juan Carlos Gómez y Rincón.
¿Quién osó destruir las baldosas de Odín y reemplazarlas por esto? A la hora de pensar en reponer pavimentos desgastados porque la Intendencia nunca se ocupó de su mantenimiento, ¿quién resolvió borrar las trazas de nuestro imaginario urbano y descartar la solución de las nobles y montevideanísimas baldosas de nueve panes en pro de este deplorable y ordinarísimo manto de hormigón?
Los vecinos y vecinas de Montevideo merecemos una explicación a propósito de temas que nos involucran como ciudadanos y como contribuyentes. Asimismo, quiero creer en la saludable capacidad de nuestros representantes para rectificar errores cuando la realidad lo exige a gritos, como en este caso. A la espera de ello y del necesario debate en torno a la mejor forma de revertir los daños que ya está evidenciando la aplicación de tan lamentable iniciativa, lo saluda atentamente.
Milita Alfaro
CI 1.098.790-1