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Publicada en 1956, quince años después de que Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo dieran a luz su famosa Antología de la literatura fantástica, esta Antología del cuento extraño recopilada y traducida por Rodolfo Walsh (Lamarque, 1927-Buenos Aires, 1977), ahora se reimprime en cuatro tomos. Son 49 cuentos con firmas ultra pesadas como las de Franz Kafka, León Tolstoi, Rudyard Kipling, Joseph Conrad, Edgar Allan Poe, Ambrose Bierce, Jorge Luis Borges, Giovanni Papini y Guy de Maupassant, o firmas poco conocidas pero no menos sorprendentes como las del boliviano Oscar Cerruto o el inglés J. D. Beresford. Antes de pasar a este arsenal con la mejor extrañeza, un breve comentario a propósito del prólogo de Daniel Link: en algo más de cuatro páginas hay ocho erratas, dos en la primera carilla (página 5, renglones 16 y 19) y hasta dos erratas por renglón (página 12, renglón 27), que rompen los ojos y desentonan con esta estupenda edición de El Cuenco de Plata.
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Fantástico, extraño, raro, onírico. No importa el adjetivo. En todo caso es una breve pero muy significativa inclinación del eje de la realidad, parecen decir todos estos escritores. Claro, por más breve que sea esa inclinación te lleva a otro lugar. El asunto consiste en despegar del naturalismo hacia otras instancias, otras zonas donde la percepción, la memoria y la imaginación no tienen límites claros.
La antología dispara el placer por la lectura del mejor modo. El ignoto Beresford, hijo de un pastor protestante, compuso El misántropo, sobre un tipo que vive solo en una isla cuyo único metro cuadrado enteramente plano es el piso de su pequeña choza. Este ermitaño, que tiene el don de la mirada interior, recibe la visita de un curioso. El curioso no puede creer que el ermitaño, si contempla a su prójimo por encima de su hombro, sea capaz de ver la condición moral de un individuo. Y se tienta. Y le pide que lo mire a él por encima del hombro...
Leopoldo Lugones era poeta. En su cuento La estatua de sal habla de una mujer llena de siglos y de un amante que desea el abismo.
Para Borges, el pelotón de fusilamiento es el estímulo definitivo para que un escritor algo apático termine su libro. El tiempo encapsulado se dispara y hasta le permite realizar correcciones y retoques antes de que las balas lleguen a tocar su cuerpo (El milagro secreto).
Papini, en cambio, se presenta como un envidioso y aborrecible señor que da consejos literarios de la peor calaña a un ignoto escritor en Historia completamente absurda. Miren este sublime comienzo: “Hace ya cuatro días, mientras escribía con ligera irritación algunas de las páginas más falsas de mis ‘Memorias’, oí que golpeaban levemente a la puerta, pero no me levanté ni respondí. El llamado era demasiado débil y no quiero saber nada con los tímidos”.
Es muy difícil superar el horror fantástico —y tal vez no tan fantástico— de El Horla, de Maupassant. ¿Qué es eso que te incomoda en la quietud de la noche? ¿Los recuerdos? ¿Tus propios demonios? ¿La nada devoradora? No, es otra cosa, dice Maupassant. Es genial cómo un relato escrito hace tanto tiempo conserva el mismo umbral de misterio, adaptable a cualquier siglo, a cualquier invento, para inquietar al lector. El Horla puede alojarse detrás de un escritorio moviendo las páginas de un libro o desparramando un tintero, lo mismo que podría causar horror a los astronautas en la nave de la saga Alien, aun habiendo dado muerte al aborrecible, nauseabundo y baboso bicho. Hablando claro: el Horla le patea el culo a Alien.
Bioy Casares se excede en extensión con La trama celeste, pero de todos modos deposita posibles dimensiones del tipo Triángulo de las Bermudas en calles tan porteñas como Bolívar e Independencia.
Qué se puede decir de El pozo y el péndulo de Poe, el hombre que soñaba con no morir porque “aun en la tumba, no todo está perdido”. Hay escritores que ambientan el terror en la ciudad, en el castillo, en la alcoba. Poe te lo instala bajo la piel.
Futurista, premonitorio y con aires a vieja mitología es Junto a las aguas de Babilonia, del norteamericano Stephen Vincent Benèt, cuentista y también poeta. Escrito en el siglo pasado y antes de la II Guerra Mundial, el relato tiene como protagonistas a un padre y a un hijo que parecen deambular por los escombros de las... Torres Gemelas.
Títeres, marionetas y muñecos siempre fueron elementos de extrañeza, de pesadilla. En pocas carillas, el venezolano Julio Garmendia indaga en las miradas con vida de estos personajes, que son tan requeridos en el mundo solitario e inanimado de los humanos (La tienda de muñecos).
Un fin de semana apacible, un picnic familiar. Así comienza Pánico, del británico E.M. Forster. Pero por alguna razón, alguna mala hierba o un mal rollo, un adolescente sufre el contagio de un dios pagano. Este relato puede ser leído perfectamente como una comedia: tiene el veneno necesario para desatar la burla.
El lector va pasando de un tomo al otro como si siguiese el linaje de un listado de la nobleza literaria, una nobleza un tanto maldita. Y cada tomo tiene sus bombazos y sorpresas. El tomo tres, por ejemplo, tiene a Kafka (Un viejo manuscrito) y a Gérard de Nerval (El monstruo verde), pero el bombazo se lo lleva el inmenso relato Enoch Soames, del inglés Max Beerbohm, una historia que habla de un viaje al futuro para rescatar una ignota figura literaria del pasado. Tiene todo: misterio, poesía, una trama detectivesca y un encuentro con el diablo. Difícil superar semejante listón.
La sorpresa llega con El precio de la cabeza, del norteamericano John Russell. El lector es enganchado por el anzuelo del comienzo: “Los bienes de Christopher Alexander Pellet eran estos: su nombre, que siempre cuidó de mantener intacto; unos pantalones de lienzo, ya no intactos, en cuyo interior vivía y dormía; una permanente sed de bebidas alcohólicas y un par de patillas rojas”.
Y llegamos al tomo cuatro, que tiene a un tal Prosper Merimée (La Venus de Ille), a un tal H. G. Wells (La puerta en el muro), a un tal Guillaume Apollinaire (El poeta resucitado) y a un tal Rudyard Kipling (La litera fantasma), entre otros. Hay que enfrentarse con estos tipos.
Sin embargo, el cuentazo es La bestia, de Joseph Conrad, a propósito de un viejo buque que parece tener vida y cobrarse a los miembros de la tripulación: se patinan en la cubierta porque está demasiado encerada y se rompen la crisma, pisan de modo inadvertido una cuerda que finalmente los arroja al mar o mueren desnucados por el golpe imprevisto de un mástil que el viento ha soltado. No hay un solo desborde fantástico o extraordinario: solo hechos fortuitos que debemos lamentar. Pero lo que es extraterrestre es la escritura de Conrad, un hombre con experiencia en barcos y océanos y probado talento para las imágenes, un marinero de noches negras “como un barril de alquitrán”, un capitán de la escritura.
Esta vez la sorpresa recae en el boliviano Oscar Cerruto, aunque su cuento se ambienta en Buenos Aires, en calles reconocibles como Avenida de Mayo, Santa Fe, Paraguay y Maipú. A través de cuatro páginas sumerge al lector en un viaje en tranvía con pasajeros demacrados, un tranvía que enfrenta una tormenta eléctrica, también tiene vida propia (“sus nervios vibraron, adaptándose al aire rumoroso de hierros y vidrios que circulaba en su interior”) y parece dirigirse al infierno.
Un buen relato sirve para adentrarnos en el sueño. Cuarenta y nueve son un viaje al fin de la noche.