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    Víctimas del victimismo

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2098 - 19 al 25 de Noviembre de 2020

    Uno de los problemas que regularmente se presenta cuando uno intenta conversar públicamente es la acusación de hablar siempre desde un pedestal. No importa mucho lo que se diga, el propio acto de intervenir en la charla pública es considerado un gesto de soberbia, algo malo que debe ser señalado y hasta combatido. El colmo de los males es cuando, además de intervenir, se intenta argumentar. Presentar argumentos en una charla es entendido en estos días como un gesto ofensivo o directamente una agresión. Por el contrario, declararse ofendido y ponerse a insultar como un demente a cualquiera que pase por ahí es entendido como un gesto profundamente humilde y humano.

    Las fuentes históricas para este giro delirante son diversas y no es fácil decir cuál de ellas es la más importante. Una es, creo yo, la glorificación de la víctima. Como apunta el ensayista italiano Daniele Giglioli, “la víctima es el héroe de nuestro tiempo”. Para Giglioli, “ser víctima da privilegios: otorga prestigio, identidad, derechos, exige escucha, promete reconocimiento”. Además, “garantiza la inocencia, porque la víctima no ha hecho, le han hecho; no actúa, padece y reivindica. Es una paradoja”. Concluye Giglioli: “La víctima no tiene necesidad de justificarse y ese es el sueño del poder, una posición estratégica. De hecho, establecer quién es más víctima es el pretexto de todas las guerras, y la idea de la que parten los movimientos populistas”.

    Este último aspecto es especialmente notorio en la charla pública: quien se victimiza (que no es lo mismo que ser realmente una víctima, sino usar la potencia del rol en beneficio propio) automáticamente obtiene un poder en la charla. Queda investido de una inmunidad que logra diluir la posibilidad misma de debatir: solo un malvado se atrevería a cuestionar a una víctima. Y eso es algo curioso: nadie quiere ser víctima y todos los que trabajan con víctimas lo hacen para lograr moverlos de ese lugar desfavorable. Pero al mismo tiempo es habitual usar esa posición, la de la víctima que no se es, para volver inapelables unos puntos de vista.

    De alguna manera, convertir el debate sobre nuestra vida en común en un concurso entre víctimas es otra victoria, una más, del irracionalismo que se viene desparramando en la política desde hace bastante tiempo. Levantar la emoción como única bandera y usarla como el único motor de la charla es una forma de expulsar la posibilidad de acuerdos razonados. Es decir, ya no estamos discutiendo sobre qué cosas queremos cambiar en la realidad, sino sobre los métodos para restituir ofensas pretéritas a grupos que son intocables en su condición de víctimas. Así, trasladamos el debate a un punto previo, uno que descarta la charla democrática y la sustituye por un rosario de ofensas, reales e imaginadas, que debe ser reparado a través de acciones que solo involucran a las víctimas. ¿Quién podría resistirse a usar una lógica de poder de esa clase, tan seductora y que siempre gana?

    El puntito extra en el asunto, la frutilla de la torta, es la idea de que presentar argumentos es un gesto de soberbia. Los argumentos serían la forma superior de la agresión para el victimista, porque al lloriqueo irracional y al reclamo igual de irracional que viene después del lloriqueo se atreven a oponerle razones. Y no hay nada frío y menos emocional que las razones. Si estás convencido de que la política es antes que nada corazón, pueblo, sangre, ancestros, ofensas, dolor, más sangre, más corazón, no es tan raro que las razones te parezcan un acto de soberbia mayor.

    El problema del triunfo del victimismo en la charla pública es que es al mismo tiempo el triunfo del populismo. Los dos aman las categorías difusas e imprecisas: sigo sin encontrar una definición operativa de pueblo, y eso que vengo leyendo la palabra en discursos de todo tipo desde que tengo memoria. Quizá sea como dice Arias Maldonado, “el pueblo solo existe porque queremos creer en él”. El victimista y el populista creen también que existen unas esencias previas que hacen que algunos no puedan y no deban intervenir en la charla: los hombres blancos heterosexuales en temas LGTB, los españoles en asuntos de Cataluña, los sicilianos en asuntos de la Lombardía, los inmigrantes mexicanos en la vida de Estados Unidos. La lista de grupos que deben ser excluidos de la charla según el victimista/populista es larga y no para de alargarse. Ni lo va a hacer si asumimos su set de reglas como aceptable.

    A la pregunta ¿por qué ha triunfado el victimismo?, Giglioli, que es autor del libro Crítica de la víctima, responde: “Porque llena un vacío de sentido, de identidad. Todos sabemos que nuestra identidad es un patchwork, es líquida, sin embargo, la víctima tiene una identidad fija, definida, precisa, sólida: me hicieron aquello, y eso me garantiza identidad, escucha y respeto”. Y apunta: “A mí la víctima me interesa como síntoma de la ostentación de la debilidad y como sustituto de la reivindicación de nuestras valías. Históricamente, el movimiento obrero no decía: ‘Nosotros somos las víctimas’, sino: ‘Nosotros somos los que hacemos la riqueza y por tanto tenemos derecho a gobernar’”.

    Dado que la víctima casi nunca habla por sí misma (no puede, se lo impide su condición esencial de víctima), necesita un intérprete que le dé voz y que, en ese mismo acto, lo congele, lo eternice en esa condición esencial. Y ese intérprete es el demagogo profesional, el político populista. Es muy fácil hacer hablar a la víctima usando su nombre y rechazando cualquier clase de crítica racional a ese estatus. Ese es el primer paso del vínculo entre la víctima y el líder populista: apropiarse del estatus de víctima y absorber su carácter incuestionable. Quien oponga argumentos a tal apropiación estará atacando a la víctima (será un soberbio que habla desde un altar que no le corresponde). Después, la víctima real desaparece detrás del dispositivo creado por el líder populista: este solo responde al pueblo, no a individuos particulares. Quizá suene excesivo, pero desde esa perspectiva el victimismo es una carretera bien señalizada hacía la tiranía.

    El victimismo obtura la charla, la corrompe al alejarla de su intención de intercambio universal entre iguales. Porque el victimismo no cree en ese tablero de intercambio ni en lo social universal, cree en la política como la perpetuación de una ofensa esencial y considera arrogante y fuera de lugar a cualquiera que no vaya en esa misma dirección, disgregadora del espacio colectivo. Cuando el victimista se da la mano con el populista la cosa se pone un poco peor aún. Sin saberlo y quizá sin proponérselo (que poco importan las intenciones en la política) destruye la deliberación y deja en manos del demagogo la gestión de la restitución. El victimista vive en la ofensa pasada porque se desinteresa por el futuro. A este tranquito seremos todos víctimas del victimismo, peones mudos en el tablero populista.

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