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    Victoria agónica, futuro complejo

    Nº 2097 - 11 al 17 de Noviembre de 2020

    Sobre la hora, como en una final deportiva, con una tensa incertidumbre de los simpatizantes de ambos bandos, una victoria agónica le dio a Joe Biden la presidencia de los Estados Unidos. Su derrotado, el presidente Donald Trump, en lugar de apartarse con dignidad le cuestionó el triunfo y anunció una batalla judicial. Sostiene que en los votos por correo se hicieron trampas y le robaron la presidencia.

    Una patética fantochada que tiene el riesgo de movilizar a sus votantes. Millones de votantes americanos responden emocionalmente, casi con ingenuidad, a los dichos y acciones de quienes actúan desde el poder como protagonistas mediáticos. Sus votos tienen el peso de las candilejas. Para eso Trump tiene condiciones personales privilegiadas: además de su experiencia como conductor del reality de TV El aprendiz, su actuación pública como dueño de un equipo de fútbol americano, como productor cinematográfico y propietario de casinos. A eso se añade su ADN.

    También ha trascendido públicamente a través de su vida privada con dos costosos divorcios y tres matrimonios. Es ampliamente conocido como empresario en la construcción de edificios que llevan su apellido, como la torre de 26 pisos que desde 2013 se construye en Punta del Este sobre la playa Brava bajo la modalidad de franquicia.

    La capacidad de Trump para movilizar fue elocuente. Obtuvo 47,7% de respaldo correspondiente a 70.813.933 votos. Biden tuvo 50,6% y recibió 72.217.944. Los 290 votos electorales lo consagraron, pero nadie le quita los casi 71 millones de votos para Trump.

    Biden asumirá el 20 de enero con una dura tarea adicional: unir a los americanos en aras del bien común. Cerrar la brecha. Esta es para el presidente electo una preocupación mayor. Pero Trump no admite su derrota y argumenta un fraude. Desacredita la legitimidad del proceso electoral y provoca el deterioro de las instituciones. Si los votantes de Trump se movilizan, el futuro gobierno puede ser muy complicado.

    Aun cuando la anunciada demanda judicial por los votos no le diera la razón, las características personales de Trump pautadas por el ego, la arrogancia, el compulsivo uso de Twitter y declaraciones sensacionalistas lo mantendrán en el primer plano del debate público. Los demócratas tienen con los republicanos radicales diferencias sobre la gestión de la pandemia, las políticas de crecimiento económico, la protección del medio ambiente, el acceso a la salud pública —Biden pretende que sea garantizada por el Estado— y la política migratoria. Todo muy, muy difícil. A eso se añade una mayoría republicana en el Senado y una terminante mayoría conservadora en el Tribunal Supremo, muchos de cuyos fallos marcan el rumbo político del país.

    De todos los desafíos, la pandemia es la que requerirá medidas inmediatas. Debido al coronavirus Estados Unidos tiene ya 9,5 millones de contagiados (casi tres veces la población de Uruguay) y 234.000 muertos. “Cualquiera que no sea responsable de controlar esta pandemia no debería ser presidente”, sentenció Biden a fines de octubre durante un debate en el que Trump sostuvo que la pandemia estaba remitiendo. El lunes 9 el futuro presidente conformó un grupo de expertos para definir el camino sanitario que tomará en enero.

    Diversos aspectos de su gobierno ensucian la gestión de Trump. En su columna de Montevideo Portal, antes del resultado definitivo, el diputado colorado Ope Pasquet expresó su aspiración por el triunfo de Biden porque así “la primera potencia militar del mundo se identificará plenamente con los ideales democráticos, la defensa del Estado de derecho y la vigencia de los derechos humanos (...). Donald Trump no representa ninguno de esos valores. Actúa como un autócrata, más que como el presidente de una gran república”. Más que elocuente.

    Otra diferencia —sin dudas central y que trasciende lo moral— entre Biden y Trump son sus trayectorias. Biden es un político profesional con casi medio siglo de actuación: fue senador por Delaware entre 1973 y 2009 y vicepresidente de Barack Obama entre 2009 y 2017. En cambio Trump se convirtió en 2016 en el candidato republicano para disputarle la presidencia a Hillary Clinton. Aunque tuvo menos votos populares que Clinton fue electo por lograr más votos electorales.

    Esta elección deja un saldo positivo con proyección de futuro: Kamala Harris —hija de un economista jamaiquino y una científica hindú— ha sido electa vicepresidenta. Será la primera mujer en desempeñar ese cargo. Biden, que el viernes 20 de noviembre cumplirá 78 años, ha dicho que no proyecta postularse para la reelección, con lo cual, al menos en teoría, le deja a Harris el camino libre para competir por la presidencia en las elecciones de 2024. La mujer, una abogada de 56 años, antes de ocupar una banca en el Senado trabajó como fiscal de distrito y fiscal general en California, el estado con mayor población del país.

    Además Harris es autora de varios libros: Los superhéroes están en todas partes, Las verdades que sostenemos y Smart on Crime, todos disponibles en su versión Kindle. Pocos aspirantes reúnen como ella experiencia en la gestión política, combate jurídico contra el crimen, su veta como escritora y el color de su piel. Todo cuenta.

    Habrá que ver quiénes serán finalmente los candidatos en 2024 en unas elecciones que coinciden con las de Uruguay. Trump, que estará al borde de los 80 años, seguramente no será candidato aun cuando logre superar los juicios que se le avecinan.

    Hasta ahora ha sobrevivido a seis quiebras empresariales, a millonarios pagos ocasionados por dos divorcios, a 26 imputaciones por acoso sexual y a denuncias por violación. Los especialistas estiman que cuando se aparte de la “impunidad” de la presidencia le costará superar los juicios civiles y penales en su contra por fraude bancario y obstrucción a la Justicia.

    Ocurra lo que ocurra en ese mundo de oropeles que ha generado, es seguro que continuará repartiendo entradas para asistir a sus actuaciones. Seguirá mientras la biología se lo permita.

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