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    Victoria y la revolución

    Columnista de Búsqueda

    N° 1982 - 16 al 22 de Agosto de 2018

    Las murmuraciones de cierta prensa y las inteligentes y divertidas observaciones de Oscar Wilde y de Bernard Shaw anatematizaron la era victoriana. La sobriedad, el recato, la elegancia, los buenos usos sociales, esa circunspección para manejar las emociones y un marcado apego por las normas que bendicen el progreso personal y el espíritu de empresa, fueron objeto de las críticas y bromas que gastaron los más agudos ingenios del reino y acabaron por establecer un inapelable estereotipo que desde entonces resulta inseparable de la época de mayor esplendor de la civilización inglesa.

    Con solamente trazar la lista de las figuras relevantes en el orden del espíritu y de la ciencia que dio ese período, la era victoriana debería estar en un pedestal olímpico, junto a la Atenas de Pericles, a la Roma de Augusto y de Virgilio, a la Florencia de los Médici, al París de la belle époque o de la década de 1920. De manera somera los nombres contestan cualquier denuesto a ese tiempo y a esa cultura: los escritores William Tackeray, Charles Dickens­, las tres hermanas Brontë (y más específicamente Emily, la más profunda), Elizabeth Gaskell, la perfectísima George Eliot (Mary Evans), Anthony Trollope, Thomas Hardy; luego la crucial Hermandad Prerrafaelista de Dante Gabriel Rosetti y William H. Hunt; John Ruskin, Walter Pater y Edmund Goose, historiadores del arte; los cientistas sociales John Stuart Mill y Herbert Spencer; en fin, el enorme Charles Darwin.

    Cuando murió Victoria, con el cambio de siglo, el Times, de Londres, publicó un editorial en el que defendió la tesis de la llamada evolución ordenada. Consiste esta en establecer que el Reino Unido supo desplegar con prudencia y sensatez, al ritmo de los cambios generacionales, las grandes transformaciones que lo elevaron hasta convertirlo en un modelo social, económico y político para el mundo. Y es cierto; es suficiente con seguir la cronología legislativa para entender que al amparo de la reina Victoria se produjo una tranquila y santa revolución sin que para ello fuera necesario incendiar nada, ni matar a nadie, sin levantar los adoquines de ninguna calle para construir barricadas o arrojarlos a policías y soldados.

    El siglo XIX no empezó con grandes auspicios; los primeros efectos sociales de la Revolución Industrial fueron contrastados: aumentó la masa laboral, pero al mismo tiempo las condiciones de trabajo resultaron crueles. De ahí la violencia de las primeras reacciones obreras y la consecuente represión ante el cúmulo de atropellos. El Parlamento tomó muy en serio el asunto y en 1824 se consagró una ley que reconocía y regulaba las asociaciones obreras. Con ello resolvió una parte de la crisis que estaba planteada, la social; la otra era tan grave como esta: la monarquía estaba sufriendo un proceso de desprestigio acelerado en amplios sectores de la población, debido primero a los caprichos y escándalos del rey Jorge III y luego debido a su progresivo extravío mental, que lo llevó a protagonizar varios escándalos. La prematura asunción de su hijo, Jorge IV, no mejoró la situación: más ocupado en poblar su lecho con las esposas de unos cuantos nobles y ministros que de atender decorosamente los asuntos del reino, este monarca manchó fuertemente la intangibilidad de la institución e hizo temer por el contagio de los reclamos radicales del republicanismo que provenía del continente.

    Pero a la muerte de este rey el prestigio se recuperaría lentamente hasta lograr su máxima cota de esperanza y gracia cuando asumió Victoria, en 1837. Desde las reformas electorales de 1834, el país empezó un proceso de cambios que le permitieron integrar las demandas republicanas, democráticas y sociales sin mayores traumas ni aprensiones: abolición de la esclavitud, ley de pobres (asilos y programas de trabajo para evitar la vagancia, que era felizmente penada), autonomías de las corporaciones municipales y educativas, supresión del trabajo nocturno para mujeres y niños, ampliación del electorado, ley de voto secreto.

    Victoria encuadró la institución real en el diálogo y el respeto hacia el Parlamento y sus jefes; así Peel, Palmerston, Disraeli y Glastone prestaron su talento a un proyecto de construcción colectiva que acabaría por definir el momento más glorioso del dominio inglés en la historia. Inglaterra empezó cien años antes que Francia la Revolución francesa y la terminó satisfactoriamente cien años después. Tal es el mérito de la racionalidad y la prudencia.

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