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    Viejos son los trapos

    Columnista de Búsqueda

    N° 2069 - 30 de Abril al 06 de Mayo de 2020

    Una amiga, que elude como puede el deterioro, que se niega a perder la dignidad con el avance de las arrugas y los achaques, me decía que lo que no soporta de envejecer es que le hablen con la condescendencia ñoña que se reserva a las personas mayores. “Porque tenga más de ochenta no quiere decir que sea tonta ni que tenga que escuchar que me hablen como a una débil mental, doctora. Y de paso, no soy su abuela”, dijo a una médica que con el tono de voz indulgente y aflautado que se reserva a los niños quería enseñarle a tomar una pastilla cada ocho horas.

    Estereotipos, prejuicios o preconceptos que revelan los valores de una sociedad, que dejan al desnudo una visión negativa del paso del tiempo asociado a la decadencia, a la pérdida, y que hacen que se reserve a los viejos un trato injusto o puerilizado, a veces discriminatorio. La excusa es que ya no aportan, y la matemática del mundo pragmático dice que lo que no suma, resta.

    En medio de la crisis del Covid-19, mientras los gobernantes proyectan la forma de hacer desconfinamiento o desescalada o la “vuelta a la calle” de la cuarentena, después de haber pasado (supuestamente) lo peor de la pandemia, ellos, los viejos, son los postergados: ocupan el último lugar en las previsiones de salida o, peor aun, son sometidos a controles humillantes.

    Si no se hubiera declarado la inconstitucionalidad, las 490.000 personas mayores de 70 años que viven en la ciudad de Buenos Aires habrían tenido que obtener permisos de circulación obligatorios y diarios para salir de sus casas, depender de una decisión del Estado para salir a comprar alimentos o medicamentos o a pasear al perro durante la cuarentena. La medida provocó una oleada de críticas y reclamos, entre ellas la de Eugenio Semino, el defensor del pueblo de la tercera edad, que denunció que esta decisión infantiliza a las personas mayores, como si no fueran ciudadanos responsables. “El adulto mayor no es un débil mental, explicándole los riesgos y beneficios de las medidas es la mejor forma para que las acate y las comprenda”, explicó.

    Emmanuel Macron dijo en cadena nacional: “Les pediremos a las personas más vulnerables, a los mayores, permanecer en casa aun después del 11 de mayo (fecha prevista del fin del confinamiento), al menos por un tiempo”. La reacción no se hizo esperar: los seniors franceses dijeron sentir ira, estar molestos por la discriminación a la que se los sometía, y cuestionaron la justicia y la constitucionalidad de la medida. Un par de días después, frente a la enorme oposición que trajeron sus palabras, el presidente tuvo que dar marcha atrás.

    En España, el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, Fernando Simón, ha dado alguna pista sobre cómo puede ser su desconfinamiento y cuándo. Así, el pasado viernes confesaba que confinar a las personas mayores hasta el verano es una medida que está sobre la mesa.

    La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, aseguraba hace una semana que “sin una vacuna, tenemos que limitar tanto como sea posible el contacto con los ancianos, fundamentalmente con aquellos que viven en residencias de mayores”. Así, ha alertado que el contacto con las personas mayores seguramente deberá limitarse hasta finales de año.

    Inútil recordar a los gobernantes que el paso del tiempo no provoca una pérdida de ciudadanía, que los adultos mayores son sujetos de derecho igual que cualquier ciudadano, y que como tales gozan de la libertad de circular y de tomar sus propias decisiones, así sea atentando contra sí mismos.

    Aunque más expuestas al virus, las “personas de edad” no son más peligrosas ni contagian más que los diabéticos o que los hipertensos. Sí podría plantearse que, siendo más vulnerables, podrían saturar los sistemas, pero también los fumadores o los obesos son más vulnerables y saturan los sistemas de salud, desde siempre. Pero nadie en su sano juicio soñaría con encerrar a todos los obesos mórbidos ni con limitar sus desplazamientos por ser un grupo de riesgo.

    Sin embargo, con la excusa de la amenaza a la salud pública o del posible colapso de sus sistemas, algunos Estados han dado luz verde a la idea de un confinamiento sine die y obligatorio para un grupo de población a veces definido como “mayores de 65”, otras como “mayores de 70”. Pero más allá de las vacilaciones al definir una franja de edad hay que decir que el concepto de vejez es paradójico, inexacto y, sobre todo, cambiante.

    Es paradójico porque se dice que los viejos son sabios y sensatos, pero se los infantiliza con medidas limitantes, porque cada vez pueden vivir más y con mejor calidad de vida, pero se los almacena en geriátricos. Por otra parte, la edad, tomada como único criterio de decisiones sanitarias, comprende un intervalo muy amplio, es una abstracción que no refleja las múltiples realidades, el espectro que va desde los adultos perfectamente sanos a los inválidos con múltiples patologías. Y no creo que sea necesario hacer un recorrido histórico por las fronteras cambiantes y cada vez más aplazadas de la tercera edad para demostrar lo variable del concepto.

    Y, cómo no, los viejos son las grandes víctimas de esta pandemia.

    No solo es la población más expuesta al virus sino que fue relegada en el momento de elegir a quién llevar en una ambulancia o a quién poner en un respirador, a quién hacer un test o asignarle una cama. La visión pragmática y utilitarista de algunos Estados hizo que los ancianos fueran desplazados frente el dilema ético que plantea a quién salvar y a quién no, dilema bajo el que subyacen deficiencias de los sistemas sanitarios, que no fueron capaces de brindar una cobertura a todos sus ciudadanos por igual. “No atender a las personas mayores o a las discapacitadas por el hecho de serlo es una discriminación inadmisible: es inmoral y va en contra de la Constitución”, dice la filósofa española Adela Cortina.

    “Viejos son los trapos”, protestaba mi abuela cuando me escuchaba llamar así a un profesor, cuando escuchaba que alguien se lo decía a ella. Hoy hacemos malabarismos lingüísticos con eufemismos: adultos mayores, tercera edad o seniors, decimos, para no mencionar la palabra, porque lo que no se nombra no existe. Sin embargo, la esencia de la arrogancia y del desprecio por los derechos de los viejos son los mismos, una discriminación más en el rosario de discriminaciones que ya padecemos o padeceremos algún día.

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