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    Volver al futuro

    Nº 2224 - 11 al 17 de Mayo de 2023

    Más de medio millón de inmigrantes, en su mayoría españoles e italianos, llegaron a Uruguay entre fines del siglo XIX y principios del XX. Desembarcaron en el Puerto de Montevideo, capital de un país que todavía estaba armándose a sí mismo. Luego de varias idas y venidas entre Argentina y Brasil, guerras internas, golpes militares y dificultades para establecer una identidad y sentimiento patrio, había muchísimo por hacer. Casi todo.

    Y se hizo. En muy poco tiempo luego del desembarco masivo europeo Uruguay cambió, pasó a ser más Uruguay. Empezaron las grandes obras, las leyes sociales de vanguardia, los logros deportivos y esa idea de sentirse de avanzada a nivel mundial. Año tras año se comenzó a fortalecer la premisa de que “como Uruguay no hay”, que terminaría en “la Suiza de América” del período posguerras mundiales.

    Ocurrieron cosas asombrosas en aquellos tiempos. Acciones dignas de ocupar lugares de privilegio en la historia de un país que se estaba despertando con un impulso fenomenal, al ritmo de unos cuantos criollos vanguardistas y cientos de miles de inmigrantes que venían a “hacer la América” y estaban dispuestos a todo con tal de construir el futuro cuanto antes.

    El Estadio Centenario, por ejemplo, se levantó en menos de un año. La piedra fundamental fue colocada el 21 de julio de 1929, las obras empezaron en setiembre y a mediados de julio del año siguiente ya estaba pronto para ser sede del primer Mundial de Fútbol y recibir a más de 40.000 personas. Hubo meses enteros en los que los obreros trabajaron día y noche para poder cumplir con el objetivo, que para muchos era inalcanzable.

    Algo similar ocurrió con el tramo principal de la rambla de Montevideo, uno de los lugares más emblemáticos de la capital. Se inauguró el 30 de diciembre de 1935 y se había empezado en 1928. Fue un tiempo récord si se tiene en cuenta lo que llevaba hacer obras de esa envergadura en aquella época. También el Palacio Legislativo, uno de los edificios más representativos de Uruguay, se hizo en menos de dos décadas en esa tan fructífera primera mitad del siglo XX. En la lista se pueden sumar vías de tren en todo el país, carreteras, puentes y barrios y pueblos enteros.

    Fueron además tiempos de leyes y resoluciones gubernamentales importantes, acordes con el país ejemplo en el que se había transformado Uruguay. La ley de ocho horas, el voto secreto primero y el universal después, la ley de divorcio, la separación de la Iglesia católica del Estado y una larga lista de decisiones innovadoras a escala mundial se registraron en aquellos años. Tanto que años después llegaron los reconocimientos internacionales. Tasas de alfabetismo únicas, una educación ejemplar, crecimiento económico sostenido, bajos índices de pobreza y delincuencia, una democracia mucho más sólida que la de los países vecinos y, como parte de una coronación simbólica, la obtención de dos campeonatos mundiales, el segundo en el Estadio Maracaná de Río de Janeiro en 1950, ganándole al locatario Brasil ante 200.000 personas.

    Fue demasiado para lo que el ego de la mayoría de los uruguayos podía tolerar sin sobrepasarse. Estaban ahí, al alcance de la mano, todas las pruebas de que anticipándose al futuro y trabajando duro se podía llegar a lugares elevados. Pero lo que antes sirvió para alcanzar tantos logros luego nos dio de frente contra una inmensa pared de soberbia y conformismo.

    El golpe dolió pero no mucho. Estábamos tan adormecidos y seguros de nosotros mismos por ese pasado tan brillante que nos pensamos que sería para siempre. Y en lugar de otra vez intentar adelantarnos y mirar hacia el futuro, como hicieron los que construyeron esa realidad a principios del siglo XX, lo que hicimos fue fijar la vista en el pasado.

    Hasta el día de hoy ocurre eso y explica muchos de los problemas de tan difícil solución en la penillanura levemente ondulada. “Uruguay tiene una pésima relación con el futuro”, dijo recientemente el economista y artista plástico Ricardo Pascale, citado en una carta del exministro de Economía Ignacio De Posadas que se publicó en la última edición de Búsqueda. Tiene razón Pascale. También la tiene De Posadas cuando en esa misma misiva plantea que el país debería crear el Ministerio del Más Allá de la Nariz (MMAN) para empezar a proyectarse a mediano y largo plazo.

    Justamente ese parece ser el problema central. El futuro quedó demasiado lejos. La inmensa mayoría de la clase política y de los gobernantes de turno concentra su pensamiento en las próximas elecciones y no en las próximas generaciones, aunque a muchos les gusta usar esos mismos conceptos invertidos en un claro síntoma de demagogia.

    Los asuntos complicados se acumulan y hasta que no están a punto de explotar nadie los aborda. Si igual seguimos siendo una isla y tenemos un pasado glorioso que nos salva es lo que piensan muchos de los que mandan. Así, con esa mentalidad, no solo no promueven los cambios sino que se resisten a ellos. Mejor conservar ese ayer esplendoroso, aseguran, sin siquiera detenerse a pensar que hace décadas que no existe.

    Basta referirse a algunos de los grandes temas para concluir lo abandonado que está el futuro en Uruguay. El sistema previsional actual, por ejemplo, está a punto de fundirse. Hace apenas unos días se votó una tímida reforma que funcionará como salvataje, aunque solo por un tiempo. Antes se dejaron pasar años mientras el problema se hacía cada vez más gigante. Ahora se está intentando tapar ese volcán justo cuando está a punto de erupción.

    Algo similar ocurre con la educación. Hace décadas que viene perdiendo su nivel y prestigio. Ha sido descuidada o directamente ignorada por la mayoría del sistema político por intereses de corto plazo. El Frente Amplio, que estuvo 15 años a cargo del poder, no se quiso pelear con los gremios más combativos de la enseñanza. Los últimos cambios importantes con respecto al contenido educativo son de fines del siglo pasado. Ahora parece que se inicia una nueva etapa de reforma, que puede quedar diluida por la cercanía de las elecciones. Es un problema como para adelantarse en el tiempo y pensarlo a 20 o 30 años. Tampoco parece ser el caso.

    Como más ejemplos, se podría hacer referencia al uso de la inteligencia artificial por parte de la administración pública, al manejo de los avances tecnológicos y las nuevas formas de comunicación para fortalecer la democracia directa y a muchos otros asuntos que están como divorciados del sistema político. Tal cual argumenta De Posadas: nadie está pensando más allá de sus narices, que están ubicadas en las próximas elecciones. Volver al futuro, como se llamaba aquella popular película de los 80 que marcó época, es lo que nos hace falta. Volver a pensar en el futuro: esa es la única forma de revivir la gloria del pasado. Estamos lejos. Demasiado.