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    Columnista de Búsqueda

    Nº 2127 - 17 al 23 de Junio de 2021

    Claudia, habitante de un pequeño asentamiento en la zona de Nuevo París, tiene un problema para ejercitar la “libertad responsable”, el leitmotiv ideológico con que el gobierno, a instancias del presidente Luis Lacalle Pou, se plantó ante la pandemia de Covid-19; un concepto con el que se justificó el rechazo a las medidas de reducción de la movilidad recomendadas por el GACH, el grupo de científicos que asesoró al gobierno en el manejo de la pandemia.

    Claudia tiene una hija y a pesar de lo dura que fue y sigue siendo su vida, a sus 20 años siempre enfrentó la adversidad con responsabilidad. Sin embargo, ahora que la adversidad le llegó en forma de un virus, el ejercicio de una “libertad responsable” se le hizo difícil. Porque no se trata solo de ejercer la libertad con responsabilidad, sino que para ser responsable se necesita ser libre, y Claudia no lo es. Claudia no tiene la libertad de abrir una canilla y ejercer la responsabilidad de lavarse las manos cuando quiera, como indica el manual antivirus. Puede hacerlo, y lo hace, pero no con libertad, sino obligada a pedir que algún vecino le dé agua, ya que ella, como la mayoría de los vecinos del asentamiento, no cuenta con agua corriente.

    La “libertad responsable” tampoco es fácil de ejercer para Emilio. Como Claudia, Emilio es responsable, pero hay libertades que le son esquivas, como, por ejemplo, la libertad de tener intimidad. Emilio vive en un rancho de cartón y chapa de un solo ambiente (el baño es un cubículo levantado afuera de esa habitación única) donde duermen, comen, se aman, siete personas: él y su esposa, uno de sus seis hijos y su mujer, y tres nietos. Emilio carece de dinero y de roce social, con lo cual su vida se limita a lo imprescindible. Pero para él, hacer lo imprescindible con sus imprescindibles, se llama hacinamiento.

    El concepto de “libertad responsable” al que el presidente se aferró para enfrentar la pandemia, fue discutido por sus opositores desde diversos ángulos, pero muy pocos (¿casi nadie?) lo hizo por la vía de señalarle que en este país, mientras haya pobreza y marginalidad, la libertad no es plena y que, quizás, haya que pensar dos veces antes de menearla sabiendo que de ella dependen vidas. ¿Está bien esperar que gente que no tiene libertad para acceder a los derechos más elementales actúe frente a la pandemia con una pretendida “libertad responsable”?

    Estamos llenos de números y estadísticas sobre causas y consecuencias del coronavirus, pero ¿cuántos de los enfermos y los muertos pertenecen al quintil de menos ingresos y cuántos al de mayores ingresos? El dato, considerado clave en todo el mundo para hacer una lectura socioeconómica de la pandemia, aquí parece que pocos (¿casi nadie?) lo tiene en cuenta.

    “En todo el mundo, los barrios pobres han sufrido más muertes y contagios de Covid que los ricos. La pandemia y los esfuerzos por controlarla han afectado desproporcionadamente a los pobres, tanto dentro de un mismo país como entre países”, dice un informe elaborado por el Fondo Monetario Internacional (FMI).

    El FMI sostiene que entender el impacto sanitario en hogares con ingresos disímiles, puede orientar a las autoridades acerca de cómo enfrentar la pandemia.

    “Nuestro estudio —dice el FMI— va más allá de la mayoría de los modelos epidemiológicos y se fija en el comportamiento y las decisiones individuales en función del ingreso, en lugar de centrarse únicamente en la edad, el género y otros factores demográficos”. Porque el estrato social al que pertenecen los ciudadanos, como Claudia y Emilio, condicionan su comportamiento ante la enfermedad. En otras palabras, si hubiésemos tenido en cuenta el disímil impacto del virus en diferentes entornos sociales, quizás, no le reclamaríamos libertad y responsabilidad a quienes siendo responsables no pueden ejercer algunas de las libertades básicas y elementales que deberían tener por el solo hecho de ser humanos.

    Gente sin educación, sin trabajo formal, que vive sin luz, sin agua, en ranchos helados en invierno y que son un horno en verano; gente golpeada por la violencia natural que lleva implícita la pobreza, por la inseguridad alimentaria (tecnicismos para llamarle al hambre), hacinados en tiendas con piso de tierra, todos factores aliados del coronavirus; y a esa gente en vez de solo darles, se les pide. ¿Qué? Que sean responsables a la hora de ejercer lo que para ellos es una quimera, la libertad.

    Un estudio de la organización Salud Urbana en América Latina, publicado en la revista Lancet en noviembre de 2019, reveló las diferencias en el promedio de la expectativa de vida al nacer en diferentes barrios de seis grandes ciudades: Buenos Aires, Belo Horizonte, Santiago, San José, Ciudad de México y Ciudad de Panamá.

    En Santiago, un hombre de un barrio rico vive 8,9 años más que uno de un barrio pobre. Entre las mujeres, la diferencia es mayor: 17,7 años. En Ciudad de México, las diferencias en promedio son de 10,9 años para los hombres y 9,4 para las mujeres. En Buenos Aires, la brecha es de 4,4 en los hombres y 5,8 en las mujeres. Y en San José, 3,9 y 3 años respectivamente.

    Pero para el caso concreto del Covid, el informe técnico divulgado el año pasado por el FMI señala que la probabilidad de morir por coronavirus es cuatro veces mayor en los hogares pobres que en los hogares más acomodados.

    O sea, los pobres tienen más libertad para morirse de Covid. Incluso si lo hacen de manera responsable, quizás se les reconozca haber sido mejores ciudadanos.

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