N° 2025 - 20 al 26 de Junio de 2019
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLos pocos meses que van de la primavera de 1933 al invierno de 1934 encontraron a Martin Heidegger en su esfuerzo por establecer una teoría posible del destino alemán. Como muchos intelectuales de su generación, el filósofo creyó ver en los cambios políticos que se venían operando —la asunción de Hitler como canciller, la consiguiente promesa de denunciar el ignominioso Tratado de Versalles que sofocaba a Alemania, el desencanto ante la impotencia de los sistemas liberales para dar respuesta a las necesidades del país— una esperanza, una apertura, tal vez una fundación.
En ese contexto asume como rector en la Universidad de Friburgo; lo hace presionado por colegas que habían sido censurados por el nuevo gobierno y que no querían presencias extrañas ni persecuciones en su casa de estudios. Heidegger aceptó la nominación impulsada por los profesores con muchas reservas y al principio creyó que podría mejorar los programas de estudio atrapados en el positivismo decimonónico y que además iba a mantener a la institución a salvo de la penetración ideológica y de las censuras que los nazis estaban perpetrando por todas partes. A los pocos meses reconoció su impotencia; con denuedo y valentía protegió a estudiantes y profesores hasta el momento en que se le requirió en términos enérgicos y sin ninguna cortesía que denunciara a las personas judías o de “dudosa” fidelidad al gobierno. No aceptando esas exigencias, renunció y recibió a cambio la prohibición expresa de enseñar en instituciones públicas durante todo el régimen; castigo que luego las fuerzas de ocupación aliadas no tuvieron pudor en extender sin ningún miramiento.
En ese corto periodo que ha sido causa de todas las calumnias que mancillan su buen nombre, Heidegger trató de articular un discurso explicativo de la identidad alemana a partir de la caracterización de los valores con las instituciones y con los caminos del porvenir. De tales esfuerzos, convertidos en cursos, quedan dos libros interesantes: La logique comme question en quête de la pleine essence du langage (Èditions Gallimard, París, 2008) y Naturaleza, historia y Estado (Editorial Trotta, Madrid, 2018).
De esos trabajos, el primero medita no acerca de las reglas del pensamiento, sino que a partir de la necesidad de la lógica enuncia la preeminencia del lenguaje como creador del vínculo de identidad que lleva a la existencia de un pueblo en un suelo forjando un destino; fija, en rigor, las líneas que tendrían por objeto delimitar la presencia del pueblo alemán en la historia. Aquí singulariza algo más que la conciencia histórica de la que habla Hegel; remite a la propia y fatal existencia en un presente que se lanza desde más atrás hacia más adelante, que relaciona raíz y destino en una responsabilidad de acción actual. El Estado es, cree entonces y por escaso tiempo Heidegger, una manifestación superior de esa realidad. Sostiene también que no hay que confundir el concepto de Estado, en tanto que construcción jurídica o conceptual, con el Estado como caracterización de un pueblo; cree que lo que vive Alemania entonces es precisamente eso; ignora que el desengaño lo aguarda en pocas semanas.
En el otro curso abre la comprensión de estos temas a la caracterización de la política en un sentido que se pretende esencialista. Lo que sigue encastra perfectamente con lo manifestado en el otro libro: “Cuando Aristóteles acuña la conocida expresión de que el ser humano es un zoon politikon no quiere decir que tengamos que ser seres comunitarios —o, como tradujeron los romanos, un animal sociale— simplemente porque no podamos sobrevivir solos o porque, para bien o para mal, estamos naturalmente rodeados por otras personas desde el primer día de nuestra vida en adelante; más bien, aparte de consideraciones biológicas de este tipo, el ser humano es realmente zoon politikon porque ser humano significa: en cuanto existiendo en una comunidad, llevar en sí la posibilidad y la necesidad de dar forma y cumplimiento al propio ser y al ser de la comunidad. El ser humano es un zoon politikon porque tiene la fuerza y la capacidad para la polis, y aquí polis no se concibe como algo ya subsistiendo con antelación, sino como algo a lo que el ser humano puede y debe dar forma. Pero en este sentido genuino, el ser humano pertenece ciertamente a la polis, es politikos, como el ser vivo que tiene la posibilidad y la necesidad de existir en la polis.” (pag 68)
Recomiendo estas lecturas.