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Milagros Pereda: “Cuando una prenda pasa por manos en vez de una máquina, se ve el error humano, y eso me encanta”

Realizó una pasantía con Gabriela Hearst en Nueva York, desarrolla su marca homónima mientras estudia un máster de diseño en París y sus prendas son encargadas por tiendas de varios países

Las prendas de lana hechas a mano de Milagros Pereda cuelgan de percheros de madera blanca. El tallercito está separado del resto de la casa de su familia en José Ignacio y da hacia el jardín. Impacta el aroma a lana natural que desprenden los vestidos, las musculosas y los buzos, todos tejidos con ese material. Estos acompañan a varias prendas de lino blanco y celeste, que tienen franjas azules. 

El aroma no solo sorprende —por su carácter inédito en cualquier perchero de ropa común— sino que da placer, aunque quizá solo para aquellos aficionados a los materiales nobles y a las técnicas de confección no convencionales. 

Milagros, diseñadora de 24 años egresada de la Universidad de Buenos Aires (UBA), es fanática de los materiales naturales, la artesanía y la experimentación a la hora de crear sus prendas. Tanto que hasta le brillan los ojos cuando habla de telas y de pintarlas con carbón o cúrcuma. 

Recibe a Galería con un atuendo de pantalón y musculosa hechos por ella, de lino blanco, pintados a mano en negro. Pies descalzos. Se sienta en una de las sillas de su jardín, que rebosa de verde. Le revolotean pájaros y se escucha el sonido del mar. 

Con 20 años, mientras cursaba el segundo año de la carrera de diseño de indumentaria, ganó un concurso de Argentina Fashion Week y fue premiada con la oportunidad de realizar su propio desfile. “Esa colección fue una representación de mí, de lo que quería hacer para el mundo de la moda”, cuenta. “Fue mi ticket de entrada, mi primer show, mi primer ‘hola, soy esto’”. 

<em> El tallercito es el espacio de su casa en José Ignacio que destina a exponer sus prendas, a principios de cada enero y en modo de pop up. </em>El tallercito es el espacio de su casa en José Ignacio que destina a exponer sus prendas, a principios de cada enero y en modo de pop up. 

Además de su impronta natural y artesanal, su diseño se caracteriza por equilibrar lo artístico, es decir, aquellos diseños que para algunos no deben salir de la pasarela o las revistas, y lo comercial, dígase, usable y vendible. “Estudiar es estar constantemente buscando cosas nuevas, distintas. Me permite seguir teniendo una pata artística y volada”, comenta sobre el balance que logra de manera natural, algo que en general es difícil para la mayoría de las marcas de indumentaria. 

Moviéndose entre París, donde cursa los últimos meses de su máster en diseño de indumentaria en la Escuela de Diseño Parsons, y Buenos Aires, donde tiene su taller, Milagros prepara la colección final de sus estudios, enfocada en los biomateriales (fabricados a partir de materiales biológicos). A través del máster en Parsons pudo hacer un intercambio a la sede neoyorquina de la misma universidad y así convertirse en pasante de Gabriela Hearst por unos meses. 

Aunque hoy no dedica el 100% del tiempo y energía a su marca porque prioriza el estudio, Milagros no deja de sorprender a medios internacionales y a un público exclusivo que crece de a poco. Sus prendas están desperdigadas por el mundo; se pueden encontrar en Panorama Mundi en París, en The Comité en Buenos Aires, en Tumbao en Nueva York y en el pop up que abre cada enero en José Ignacio, en el tallercito de su casa. 

Con 24 años ya tenés tu marca, cuyas prendas son elegidas por tiendas exclusivas en distintas ciudades. ¿Cómo despegó tan rápido?

Mi marca surgió como un pequeño proyecto personal para experimentar en la vida real. Nunca la arranqué como empresa, sino que empecé a mostrar mis diseños solo para probar cómo sería tener una marca en serio. Quería ver cómo sería diseñar, trabajar en general, fuera de los trabajos de facultad, que son siempre supercreativos, no tienen una veta muy comercial ni muy real. Entonces quería entender, descubrir cómo sería mi estilo cuando tuviera mi marca. Hice una minicolección de 20 prendas y las traje a José Ignacio durante el verano de 2020. Eran camisas de lino y camperas estampadas a mano. En ese momento, pensé que era algo puntual. Que al volver a Buenos Aires seguiría la facultad sin hacer nada más allá de eso. La carrera es muy demandante, no te da mucho tiempo para trabajar en paralelo. Pero llegó la pandemia y mis clases no empezaron. No tuve clase durante marzo, abril y mayo, entonces decidí seguir haciendo ropa. Estaba en el campo de mi familia y agarré metros de gabardina negra que habían quedado de almohadones que habían hecho y los corté y estampé. Jugué con la tela. Ahí se gestó una colección que presenté al Concurso Joven Creador, de Argentina Fashion Week. 

<em> Con una impronta de diseño natural, artesanal y artístico, Milagros se posiciona como una referente de su generación con un futuro prometedor.  </em>Con una impronta de diseño natural, artesanal y artístico, Milagros se posiciona como una referente de su generación con un futuro prometedor.  

Ese concurso fue un gran impulsor. ¿Cómo fue presentar tu primera colección en Argentina Fashion Week con 20 años?

Para el concurso había que presentar un diseño solo y se seleccionaron 10 finalistas. Esos 10 tenían que materializar el diseño y se elegía un ganador. Terminé ganando yo, fue bastante inesperado para mí. El premio del concurso era un desfile de tu propia colección en la siguiente edición de Argentina Fashion Week, entonces de repente me vi armando mi marca, ahora en serio y no de manera experimental como había sido hasta el momento. Estaba en segundo año de facultad, lo que más había hecho hasta el momento eran 20 camisas, por decir un número. La verdad es que no estaba tan preparada, el concurso fue un momento de tomar decisiones. Esa colección fue una representación de mí, de lo que quería hacer para el mundo de la moda, fue mi ticket de entrada, mi primer show, mi primer “hola, soy esto”. No tenía ni idea para dónde iba a ir, así que fueron seis meses bastante estresantes, porque también estaba cursando la facultad. El formato online de las clases me permitió tener más flexibilidad. Fue superintenso mentalmente, me puse mucha presión. Por eso digo que no me desperté un día y dije “voy a arrancar una marca”, sino que, evolucionando de golpe, me salió eso, a lo que le siguieron pedidos de ropa en distintas concept-stores

¿Crees que encontraste tu estilo desde esa colección hasta hoy? ¿Cómo lo describís?

Aunque hoy le cambiaría algunas cosas a aquella colección, creo que representa lo que soy como marca. Encontré mi forma de trabajar, de diseñar. Esa colección fue un buen balance entre prendas más experimentales y otras con una bajada más comercial, que terminé vendiendo a la par. En cuanto a mi estilo, además de darle mucho valor al trabajo manual, me encanta hacer foco en los materiales. Trabajo mucho desde un lado textil. Siempre hay una mano humana que pasa por todas las prendas. Ya sea que pintó, cosió o la cortó. Mi inspiración nace siempre del textil, veo una tela y me emociono. Hay textiles que me despiertan ideas y sensaciones. Me encanta tocarlas y aprender sus cualidades. Trabajo solo con fibras naturales, algo que decidí desde un principio a pesar de las limitaciones que eso conlleva en Argentina. Me pasa todo el tiempo de ir a buscar una fibra natural y que me digan que no la venden más porque nadie la compra, no les cierran los números. Pero, a partir de esa limitación, aprendí a hacer con lo que haya. Me apropié de esa limitación y me gusta saber cómo moverme dentro de ella. Igualmente, si bien las fibras naturales son un poco más amigables con el medio ambiente, no significa que sean 100% amigables ni orgánicas. Siempre trato de buscar las mejores opciones, que sean de industria nacional, no estén teñidas, para dejarlas lisas o teñirlas con algún tinte natural. Intento buscarle la vuelta siempre para que sea lo más artesanal y consciente posible, pero no tengo todo resuelto, ni cerca. Además del proyecto de lana merino, estoy desarrollando en nuestro campo uno de algodón ecológico. La recolectada también es a mano, no le ponemos ningún químico a la plantación y la idea es, a futuro, poder usarlo en mi marca. 

<em> Todas las prendas de lindo están confeccionadas y pintadas con azul a mano. </em>Todas las prendas de lindo están confeccionadas y pintadas con azul a mano. 

La naturaleza atraviesa todo tu trabajo, desde los materiales hasta las técnicas artesanales. ¿De dónde viene ese interés?

Tengo la suerte de tener un vínculo con el campo. Viví ahí un par de años y ahora voy seguido. Durante la pandemia me di cuenta de la gran cantidad de descarte de lana que existe. En todos los campos que no producen lana pero tienen ovejas se quema después de la esquila. Como no la usan, tienen exceso. Es una pérdida de materia prima. Por eso arranqué ese proyecto, para aprovecharla. Aprendí a lavarla para poder usarla en vez de quemarla. Después de eso me la llevo a Buenos Aires y trabajo con una tejedora de allá. Tejer a mano le da a la prenda la impronta única. Aunque sea un mismo modelo de suéter, nunca va a haber dos iguales, porque es hecho a mano. Tengo todos los colores naturales de la oveja, entonces tengo variedad con eso también. No me gusta cuando las prendas son repetidas, copias de otra. Cuando estampo una tela, la abro toda entera en el suelo y lo hago ahí. La estampa cae donde cae, porque a mí me gusta aprovechar la tela lo más que pueda. No pienso en que las camisas que voy a hacer tienen que tener la raya en el mismo lugar. Si respetara que el dibujo a estampar quede en el mismo lugar, se generaría un montón de desperdicio. Esa libertad también me gusta. 

El trabajo manual caracteriza tu diseño. ¿Qué es lo que te atrae de él?

Mi gusto por el trabajo manual creo que viene de mi familia y de mi infancia. Siempre fuimos de hacer manualidades. Mi abuelo era artista y mi mamá está entre la arquitectura y el arte. La creatividad siempre estuvo alrededor. Me acuerdo de venir a Punta del Este y pasar tardes pintando, dibujando, contando caracoles y después haciendo collarcitos o pulseritas con ellos. Y los vendíamos en la playa. Siempre trabajé mucho con las manos, y a medida que fui creciendo lo entrené. Se me da fácil. Nunca podría estar detrás de una computadora, dibujar algo digital y mandarlo a hacer. A mí me divierte sentarme en el piso con la tela y jugar con ella. Me gusta recuperar técnicas antiguas, como el hilado a mano. En este momento estoy desarrollando un proyecto con lana natural. La recolecto a mano, no le pongo químicos ni nada que se le parezca, y hago tejidos a mano con eso. El proceso artesanal es lo que, para mí, hace que las prendas sean únicas. Cuando una prenda pasa por unas manos en vez de por una máquina, se ve el error humano, y eso me encanta. Ir por ese camino es una inquietud personal. Además, son maneras de respetar un poco más el medio ambiente, en comparación con otras técnicas. Me gusta pensar en cuando la gente tenía uno, dos o tres vestidos. La ropa tenía otro valor, quizá por eso se cuidaba como oro. Era un ritmo distinto, que yo siento que estaría bueno recuperar. A la hora de desarrollar mi marca pensé en qué cosas me resuenan, qué quiero fomentar, qué me gusta, y todo va por esos ritmos más lentos y por lo artesanal. 

<em> La lana utilizada para sus tejidos proviene de su campo en Entre Ríos, Argentina. Cada prenda es tejida a mano en Buenos Aires. </em>La lana utilizada para sus tejidos proviene de su campo en Entre Ríos, Argentina. Cada prenda es tejida a mano en Buenos Aires. 

En una ocasión trabajaste con cuerina de cactus. ¿Cómo es trabajar con materiales poco convencionales?

Trabajé con Desserto, una dupla de diseñadores mexicanos que la producen y la venden. Esta cuerina de cactus cumple muchos estándares muy buenos, es un producto altamente sostenible que puede ser sustituto del cuero. Sin embargo, al ser biodegradable, está el tema de la durabilidad. Puede durar entre 10 y 15 años, un tema que el cuero no tiene. Siguen trabajando para desarrollarlo más. Trabajé con este material para una entrega del máster. En un momento me hice traer 15 metros de la cuerina a Buenos Aires y fue casi imposible hacerla entrar. Fue un caos. 

A pesar de la dificultad de la logística, ¿querés seguir experimentando con biomateriales?

Sí, es todo un mundo en el que me estoy metiendo para mi entrega final. La tengo que presentar en mayo de este año. Ya terminé la investigación, que me llevó cuatro meses, y ahora estoy empezando a producir las prendas. Los biomateriales son los que cocinás vos misma. Pueden ser bioplásticos, que los cocinás en la cocina, a base de una gelatina vegana, glicerina, agua, y se mezcla todo. La temperatura es clave, cada material tiene la suya. Cuando lo sacás del fuego se solidifica, pero a un punto en el que todavía es maleable. Lo que hago es combinarlo con telas, que le dan otra estructura. Se generan cosas copadas. Les agrego color a través del carbón y otros tintes naturales. Después está la parte conceptual, pero lo que más me interesa es la parte del material. Una vez presentada esta colección, arranca una época para aplicar a muchos concursos. La colección final tiende a abrir puertas, entonces quizá me surjan cosas que hoy no me imagino. 

Las prendas de tu marca son una mezcla de diseño artístico y usable, un equilibrio que pocas marcas logran. ¿Cómo lo hacés?

Siempre estuve en la facultad al mismo tiempo que trabajé en la marca. Las prendas voladas que hago en clase siempre disparan ideas para hacer algo con una bajada más comercial. Estudiar es estar constantemente buscando cosas nuevas, distintas. Me permite seguir teniendo una pata artística y volada; que siempre me funcionó bastante bien. Igual supongo que me funciona porque disfruto haciendo las cosas, es lo que me apasiona. No las hago porque sí ni por querer vender. La realidad es que hoy a la marca le dedico un 60%, mi prioridad es estudiar y seguir aprendiendo. 

El año pasado hiciste una pasantía en Gabriela Hearst, en Nueva York, ¿cómo fue la experiencia?

Fue impresionante, es de mis referentes. Te diría que es de las marcas más comprometidas al día de hoy en todo lo que es el cuidado del medio ambiente. Vi cómo funciona desde adentro y el compromiso es increíble. Buscan mejorar todo el tiempo. El compromiso es eso, está más allá de hacer todo perfecto, son las ganas de entender, de mejorar y aprender. Estuve trabajando como asistente en el área de textiles, entonces puede ver muy de cerca qué materiales usan y de dónde los sacan. Es un equipo muy chico, y eso hace todo muy cercano e íntimo, me encantó. 

¿Te dan ganas de instalarte en otro país y desarrollar tu marca fuera de Argentina?

No me puedo imaginar armando una marca afuera 100%. Ya tengo algo armado en Argentina, me gusta promover la industria nacional y tengo un gran apego porque es mi país, es donde está mi familia, mi campo, todo. Me gustaría tener un producto muy de lujo, artesanal y llevarlo al mundo desde Argentina. Hay artesanos increíbles en Argentina y tenemos una materia prima buenísima. Eso hay que aprovecharlo. 

Al estudiar en Buenos Aires, París y Nueva York, ¿qué inquietudes relacionadas al diseño notas en tu generación?

Lo que veo en mis compañeros, y que también me toca a mí, es sentir vértigo y mucho miedo frente a una industria en la que sentimos que todo ya está hecho. Un miedo de no querer repetirse con otros. La inteligencia artificial es otro tema, muchos temen que reemplace su trabajo. Yo creo que, cuanto más me alejo de la tecnología, menos me va a ganar una máquina. Lo medioambiental toca a varios, pero no diría que a todos. La realidad es que cada uno elige su batalla, algunos se enfocan en ser más inclusivos, en ofrecer más diversidad, otros en que que haya más opciones para el género masculino. Cada uno va por lo que más le toca, es muy personal. Todos tienen algo que aportar.