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    La cultura argentina 50 años después del golpe de Estado

    Una de las preguntas que recorren estos días es la de saber si Argentina está ingresando en un nuevo régimen —como el de otros gobiernos de extrema derecha en otras latitudes—, que se puede definir como democracia autoritaria

    El 24 de marzo se cumplen 50 años del golpe de Estado más sangriento de la historia argentina, ocurrido pues el 24 de marzo de 1976. Sobre esa dictadura argentina —la última de una historia de otros 50 años de golpes de Estado o de gobiernos civiles con el peronismo proscripto— se ha escrito una biblioteca entera. Y es correcto y oportuno que esa biblioteca exista, tal la magnitud de lo acontecido entre 1976 y fines de 1983. El de Videla y su ministro de Economía, Martínez de Hoz, no fue un golpe de Estado más: fue la instauración de un proyecto que se proponía cambiar, para siempre, el rumbo económico del país, desarticular su estructura productiva; cambiar también el estilo de vida de la población, sus valores e imaginarios, y cambiar también la existencia misma de la política o, mejor dicho, de lo político.

    Cincuenta años después comprobamos que buena parte de esos objetivos reaccionarios se han cumplido, y que la democracia, recuperada a partir del 10 de diciembre de 1983, ha sido mayormente incapaz de revertir esa herencia económica. Entre tanto, la dictadura argentina, que llevó adelante un genocidio de una magnitud que marcó el siglo XX, generó, como nunca antes, y como tampoco en casi ningún otro lugar, la figura del desaparecido. Es decir, decenas de miles de personas asesinadas en campos clandestinos de detención, pero cuyos cuerpos no aparecieron. Desde entonces, la Argentina dio al discurso de la filosofía política global el término desaparecido, escrito así, en castellano y en bastardilla, como modo de señalar que refiere a un hecho político-cultural concreto acontecido en Argentina en la década del 70.

    Hoy, medio siglo después, nos encontramos en un momento oscuro, en el que un gobierno elegido por medios democráticos lleva adelante una política de cierta revalorización de la dictadura (la vicepresidenta de la nación tiene un discurso que, en otras sociedades, se llamaría negacionista), la represión policial masiva es una actividad corriente, se busca cambiar el pacto de convivencia democrática que se fundó en 1983, se aplica una política económica que conduce violentamente al empobrecimiento de los sectores populares y, sobre todo, se instala un discurso de odio y crueldad, ajeno por completo a los valores democráticos. Una de las preguntas que recorren estos días es la de saber si Argentina está ingresando en un nuevo régimen —como el de otros gobiernos de extrema derecha en otras latitudes—, que se puede definir como democracia autoritaria.

    En este contexto, el cincuentenario del golpe no se conmemora en una circunstancia favorable. No hay por qué descartar que la gran manifestación —que bien puede llegar a rondar el millón de personas— que seguramente se organizará el 24 de marzo no solo nos informe sobre el estado de la memoria, sino que sea también un llamado de atención frente al clima del presente.

    Pero volvamos, por un segundo, nuevamente al pasado, a la forma en que la dictadura del 76 condicionó a la posdictadura. El gobierno militar pretendió cambiar desde la raíz a la Argentina misma, eso incluso desde el nombre que pusieron a su gobierno: Proceso de Reorganización Nacional. Se trataba de reorganizar a la nación bajo el modo de un nuevo orden cultural y económico, gobernado al libre albedrío de los mercados y los poderes fácticos. Hacia mediados de 1985, un año y medio después de haber terminado la dictadura, ya en democracia, Rodolfo Enrique Fogwill, uno de los escritores argentinos más lúcidos de su tiempo, escribió: “En 1976 comenzó un proceso de reorganización nacional que aún no ha terminado”. La suya es una mirada que pone la lupa sobre los condicionamientos económicos y la idea de refundar una nación desindustrializada, con una clase media en crisis, abierta a la especulación financiera como herencia que dejó la dictadura, y que la democracia no supo, no quiso o no pudo modificar (la frase “no supe, no quise o no pude” fue dicha por Raúl Alfonsín, primer presidente de la posdictadura, como balance autocrítico de su gestión).

    ¿Y la cultura, entretanto? Por supuesto que la dictadura implicó un gran apagón cultural. Censura, libros y películas prohibidas, intelectuales exiliados, la universidad intervenida. La vuelta al orden republicano implicó el final de esa oscuridad. Precisamente los años de Alfonsín fueron los de la “primavera democrática”. La gente en la calle, los centros culturales llenos, los debates intelectuales enriquecedores. La cultura parecía haber sobrevivido a la dictadura. Al punto que, desde entonces, la vida nacional parece haber transcurrido por dos carriles, que si bien se tocan y tienen mucha influencia uno sobre otro, al mismo tiempo funcionaron de manera relativamente autónoma: mientras que la economía (la economía real, los salarios, la estructura sociodemográfica) se escalonó de crisis en crisis, de ajuste en ajuste, de plan neoliberal en plan neoliberal (con algunas pocas excepciones, generalmente fallidas) hasta llegar al casi 50% de pobreza que acecha a la Argentina de hoy, la cultura fue siempre un campo dinámico, inventivo, innovador, pleno de riqueza en casi todas sus facetas. Del cine al rock, de la literatura al mundo académico, la cultura argentina —como ya lo había sido en los años 60— fue y es un faro en la región. Por supuesto que las crisis económicas y políticas influyen en el campo cultural, pero si las elites económicas y políticas hubieran tenido el mismo grado de innovación y rigor intelectual que las elites culturales, Argentina sería otro país. Un país mejor.

    Con la democracia, entonces, en estas cuatro décadas, la cultura argentina se desarrolló, tal vez, como nunca antes. De las decenas y decenas de movimientos que surgieron, podemos reparar en dos aspectos novedosos, y muy valorables. El primero, que tiene también una pata geopolítica y otra económica, es la alianza con Brasil. Alianza que parecía ser estructural y permanente, pero que fue puesta en cuestión, primero por el gobierno de Bolsonaro, y ahora por el de Milei. No obstante, en estos 40 años de democracia, la presencia cultural de Brasil en Argentina (y de Argentina en Brasil) ha sido notable, y parece poco probable que los gobiernos de extrema derecha logren destruirla. Brasil pasó de ser, históricamente, el potencial adversario de Argentina (y su hipótesis principal de conflicto militar) a ser un actor destacado en la escena cultural argentina. Algo así había ocurrido muy brevemente a comienzos de los 70, pero luego de la dictadura fue el resultado virtuoso del dinamismo cultural que opera en ambos países, articulado con políticas públicas activas y de larga duración de difusión cultural en ambos territorios. Películas, recitales, libros, debates intelectuales, etcétera; la presencia vital de la cultura brasileña se ha vuelto parte cotidiana del paisaje cultural en Buenos Aires. En ese punto, el de la cultura, el Mercosur —obviamente, en especial el eje Brasil-Argentina— ha sido más activo y provechoso que en muchos otros aspectos.

    El segundo punto, novedoso, propio de la relación entre cultura y democracia en Argentina, es la instalación de un fuerte mercado literario y una igualmente fuerte internacionalización de la literatura argentina. Desde los años 90, y con mucho más vigor después de la crisis del 2001, se organizó en Argentina un mercado literario (compuesto por dos grandes holdings multinacionales, y decenas y decenas de pequeñas editoriales independientes de altísima calidad) con mucho vigor, como nunca antes en su historia (salvo en algún momento de los años 60). Junto con eso, en los últimos 15 años comenzó un notorio proceso de internacionalización masiva de la literatura argentina, es decir, una gran cantidad, muy importante, de autores argentinos que son traducidos a muchas lenguas. Mientras antes eran pocos los traducidos (generalmente los autores centrales, como Borges, Bioy Casares, Puig o Cortázar), ahora son traducidos un gran número de autores, decenas por año, como consecuencia de la profesionalización del campo editorial argentino. La democracia propició ese terreno fértil para la creación rodeada de una gran capacidad de trabajo profesional. Hoy, encontrar un libro de un autor argentino traducido en una librería en Roma o en San Pablo o en París es moneda corriente.

    A 50 años del golpe, la cultura resiste. Incluso hoy, en medio de un gobierno democrático que linda con lo autoritario.

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