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Tres mujeres jóvenes impulsan una agenda que une justicia ambiental, paz y liderazgo femenino
Desde distintas organizaciones, Victoria Solé, Lucila Pizzarulli y Agustina Syrowicz luchan para mitigar los efectos del cambio climático sobre las mujeres, quienes sufren más las consecuencias
Victoria Solé, coordinadora regional de The War On Climate; Agustina Syrowicz, representante de la Red de Jóvenes para la Justicia Climática; y Lucila Pizzarulli, jefa de oficina de la Organización Internacional para las Migraciones.
En un mundo atravesado por guerras, migraciones y crisis ambientales cada vez más frecuentes, hablar de cambio climático ya no alcanza. La discusión se amplía: justicia climática, desplazamientos, seguridad, liderazgo joven y perspectiva de género empiezan a entrelazarse como parte de una misma conversación urgente. En Uruguay, esa conversación tiene rostro femenino y joven.
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Victoria Solé (32), coordinadora regional de The War On Climate (TWOC); Lucila Pizzarulli (34), jefa de oficina de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), y Agustina Syrowicz (18), representante de la Red de Jóvenes para la Justicia Climática, integran una generación que no solo estudia o analiza la crisis climática: la interpela, la cuestiona y exige cambios estructurales. Desde espacios distintos, coinciden en que el clima no puede pensarse como algo separado de las desigualdades.
“El liderazgo femenino es algo que antes no se daba tanto. Hoy vemos mujeres en un rol mucho más de empoderamiento en cuestiones tan relevantes como estas”, afirma Solé. Y agrega: “Creo que hay una relación entre la vulnerabilidad que se muestra de la mujer y la del clima. Todos los que tenemos un poco de pensamiento crítico queremos la igualdad real”.
Para Pizzarulli, el impacto diferencial es concreto y visible. “La situación es muy distinta según el género, porque las mujeres pueden estar más expuestas a situaciones de riesgo, de vulnerabilidad, de discriminación y de explotación”, señala al referirse a los desplazamientos provocados por fenómenos ambientales extremos. Desde la OIM, insiste en la necesidad de generar datos desagregados y respuestas con enfoque de género.
En la Red de Jóvenes para la Justicia Climática, donde la mayoría de sus más de 60 integrantes son mujeres, la postura es clara. Para Syrowicz, la crisis ambiental no impacta de la misma manera en varones y mujeres: sobre ellas recae una carga adicional en contextos de emergencia y desigualdad. Por eso sostiene que es necesario fortalecer y multiplicar los espacios en los que mujeres jóvenes puedan organizarse, participar y liderar la acción ambiental sin esperar a que otros les den lugar.
¿Qué significa hoy, en Uruguay, hablar de justicia climática con perspectiva de género?
Lucila Pizzarulli —La Organización Internacional para las Migraciones, que pertenece a la ONU (Organización de las Naciones Unidas), trabaja sobre el concepto de movilidad humana. En general, cuando hablamos de migraciones pensamos en la movilidad internacional, en personas que se mueven por distintos países. Sin embargo, para la OIM, la migración son todas las personas que se desplazan de su lugar habitual de residencia, sin importar si cruzan o no una frontera. Hay migrantes que van de un departamento del interior a Montevideo a estudiar, por ejemplo. Eso implica una situación de desarraigo, de desapego. ¿Qué tiene que ver esto con cambio climático y eventos ambientales? Pueden suceder eventos ambientales de múltiples índoles, como inundaciones, sequías, huracanes y demás, que hacen que la gente tenga que desplazarse. La situación es muy distinta según el género, porque las mujeres pueden estar más expuestas a situaciones de riesgo, de vulnerabilidad, de discriminación y de explotación. Nuestra organización trabaja el tema de la trata de personas, por ejemplo, algo que afecta mucho más a las mujeres que a los varones. El enfoque de género, desde una visión amplia, no solo varones y mujeres, sino género en su diversidad, es muy importante.
Victoria Solé —El liderazgo femenino antes no se daba tanto. Hoy vemos mujeres en un rol mucho más de empoderamiento en cuestiones tan relevantes como estas. Lo vemos incluso con la directora nacional de Cambio Climático, María Fernanda Souza, que estuvo en la COP30, y no solo habló por Uruguay, sino por el Grupo Sur, que incluye a cuatro países más (Argentina, Brasil, Ecuador y Paraguay). Incluso con TWOC tuvimos la posibilidad de estar en la COP y ver también lo que sucedía en las salas de conferencias, cómo se generaban las discusiones entre países. La forma de hablar de los dirigentes hombres hacia las mujeres era clarísima. Presencié, por ejemplo, una instancia en la que un dirigente ruso dijo algo así como que las latinoamericanas estaban siendo infantiles. Utilizó esa palabra. Y la forma en la que respondieron ellas en su conjunto, con altura, fue impecable. Es horrible que pasen esas cosas, pero, por otro lado, eso demuestra que las mujeres estamos prontas para liderar. Quizás ya lo estábamos desde hacía tiempo, pero no se nos daba la oportunidad.
Agustina Syrowicz —El tema tiene mucho que ver con los roles de cuidado que asume la mujer. Como sabemos, si hay una crisis climática, quien toma un rol principal en las familias es la madre, que no solo tiene que velar por su vida, sino también por la de los niños. El cambio climático y la justicia ambiental afectan de forma muy diferente a mujeres y a hombres. Que haya cuestiones ambientales que las afecten es otra carga más. Se necesitan más grupos de mujeres unidas por cuestiones ambientales.
¿Cómo se dividen según su género los integrantes de la Red de Jóvenes para la Justicia Climática? ¿Hay más mujeres que varones o al revés?
A.S. —En la red somos más de 60 personas, y son muchas más chicas. Hay personas de géneros no binarios y algunos chicos, pero son la minoría.
¿Consideran que en Uruguay el movimiento climático tiene rostro femenino y joven en general?
V.S. —Creo que no va tanto en el género, sino en la sensibilidad de quien defiende la causa. Podemos contar y hablar de porcentajes, pero, en realidad, si es femenino o masculino, va a ser algo circunstancial según qué personas están ahí para luchar desde el punto de vista de la conciencia, de la educación. Y creo que cada vez más la educación en Uruguay, y ojalá en el mundo, tiende a la sensibilización por el cambio climático.
A.S. —Primero tenemos que educar a todos para que reconozcan uno de los derechos más fundamentales, que es el de un ambiente sano, y que se está infringiendo. La educación es un motor de cambio. No importa el género, sino que todos estemos informados. También que no se hable de ambiente solo por reciclaje, porque está esa idea de que siempre están ligados. Desde la red estamos haciendo un libro que pretende mostrar al ambiente como derecho humano. Es un libro para jóvenes. Queremos empoderarlos en justicia climática, para que tengan conocimientos y también encuentren oportunidades. Porque a veces las oportunidades están muy escondidas.
L.P. —Qué importante que es dar a conocer estas estructuras y plataformas de coordinación entre jóvenes. También entre aquellos que no tienen la oportunidad de ir a la universidad o de recibir talleres en las escuelas. Darles a todas las poblaciones el acceso a la información; conectarse con otras personas, con otros jóvenes que estén involucrados en la temática ambiental. También como algo intergeneracional. Por ejemplo, nuestras estructuras organizacionales muchas veces operan, porque es nuestro mandato, en pos de coordinar con los gobiernos y con la sociedad civil, pero qué importante que es también escuchar a los jóvenes que cuentan con mucha información, con voluntad, compromiso. Ellos son el futuro, además. Entonces, quisiera resaltar la importancia de involucrar, de acercar y de compartir, en el sentido de democratizar, de generar oportunidades. Ahí está el cambio sustancial, cuando todos y todas podemos comprometernos, a nivel generacional, a nivel de distintas condiciones socioeconómicas, contextos y oportunidades.
El cambio climático es un fenómeno mundial. ¿Qué rol creen que tiene para jugar Uruguay en esto? ¿Qué potencial tiene el país en la discusión sobre el cambio climático?
A.S. —A mí me parece increíble que más del 90% de las energías que usamos en Uruguay son de fuentes renovables. Hay que compartir y empoderar a la población para que sepa que Uruguay utiliza este tipo de energías.
L.P. —Uruguay está tomando un liderazgo muy importante en cuanto a impulsar mecanismos regionales, espacios de discusión. Eso me parece superpositivo, porque es un país estable, con instituciones sólidas, democrático. Todas esas cualidades, en un contexto convulso a nivel mundial, evidencian otras formas de hacer que sería muy favorable que se repliquen en otros contextos regionales. Que Uruguay pueda participar del liderazgo de mecanismos regionales es fundamental para dar a conocer esas experiencias e incentivar otras narrativas. Que el mundo replique las buenas prácticas que se dan acá.
Victoria Sole_Agustina Syrowicz_Lucila Pizzarulli
Victoria Solé, Agustina Syrowicz y Lucila Pizzarulli.
Adrián Echeverriaga
En el evento de presentación de TWOC en Uruguay, que se realizó en enero, se mencionó al país como un potencial hub regional en cuestiones climáticas, ¿qué implica esto en el plano nacional?
V.S. —Uruguay está en esa posición de tener un poco más de legitimidad para hablar, porque está en un momento en el que puede reflexionar, analizar, pensar cómo seguir hacia adelante. Desde esta estabilidad, está bueno ponernos incómodos, cuestionarnos un poco, no echarnos para atrás y decir “nosotros estamos en paz, no nos importa nada”. Somos parte de un mundo. Por eso, desde TWOC elegimos a Uruguay como puerta de entrada hacia América Latina. TWOC tiene un objetivo muy específico y técnico: que los países reporten las emisiones de CO2 que generan por conflictos bélicos. Pero, para lograr eso, el camino es muy largo. Hoy, algunos países lo hacen de forma voluntaria, pero nosotros tenemos la misión de que mañana eso sea una obligación. Porque no puede ser que no exista responsabilidad por lo que cada país produce por las guerras. Y, más aún, todo el daño que le hacen al ecosistema. No previendo eso, somos cómplices de la destrucción del mundo. Casi el 6% de las emisiones globales representan este CO2 de guerra. El porcentaje es equivalente al del transporte marítimo y la aviación internacional juntos. El límite debería ser el 1,5%. No queremos pasarnos de eso. Además, Uruguay fue nombrado este año presidente del G77, que incluye a los países en vías de desarrollo más China, y eso nos da más posibilidades. La idea es ampliar el tema y que sea algo transversal.
En la presentación de TWOC en Uruguay, usted habló de que clima, seguridad y paz no pueden ir por agendas separadas. ¿Qué cambios concretos proponen en la gobernanza internacional sobre estos temas?
V.S. —A mediano plazo, que se hable de estos temas entre los países, en las mesas de negociaciones, en las convenciones sobre cambio climático, en las conferencias. Después, lo que mencionaba de reportar las emisiones de CO2 derivadas de conflictos. Los países tienen miedo de hablar de conflicto en general, eso lo vi en la COP30. Nosotros optamos por la incomodidad porque creemos que sin incomodidad no hay cambio.
Lucila, ¿la migración por causas ambientales en Uruguay es un fenómeno visible o todavía incipiente?
L.P. —Si bien hay cierta información sistematizada, todavía queda mucho por hacer y mejorar. Hubo algunos esfuerzos y pasos concretos en materia de generación de evidencia empírica y de datos desagregados. Pero la base de nuestro trabajo es promover la articulación con las instituciones competentes. Destaco la necesidad de desagregar la información por género, para ver la afectación particular en función de cada uno de los grupos poblacionales. La migración por cuestiones ambientales se ha visto, por ejemplo, en la última crisis hídrica, como un hecho más contemporáneo. Pero es algo que viene desde tiempos anteriores. Ante una emergencia así podés tener estas situaciones de migración por doble vía. Por un lado, un desplazamiento por la emergencia misma, como puede ser una inundación, que dispara la necesidad de salir del lugar habitual de residencia de inmediato. Ahí viene la respuesta específica que el Estado puede dar, particularmente desde el Sistema Nacional de Emergencias. Se tienen que habilitar refugios que tengan una perspectiva de género. Porque no se pueden mezclar hombres con mujeres, familias con niños y niñas. Hay que tener una infraestructura previa, un enfoque desarrollado como para poder responder a la emergencia de manera adecuada y no aumentar el daño. Por otro lado, también tenés la parte de la afectación de los medios de vida, que tal vez no es tan inmediata. Hay pequeños productores, personas en situación de vulnerabilidad o que no tienen condiciones económicas favorables, que pueden, por una situación como la crisis hídrica, ver afectada la generación de recursos para su subsistencia. Eso también los puede obligar a desplazarse en busca de nuevas oportunidades y normalmente es ese desplazamiento del campo a la ciudad. Eso no solo implica brindar una respuesta a esas familias y personas desplazadas, sino también a las personas que residen en ese lugar que acoge. Es importante que el Estado dialogue con la comunidad, con la sociedad civil, que es quien normalmente tiene el primer acercamiento a las personas afectadas.
Si tuvieran que señalar una decisión urgente que tuviera que tomarse en Uruguay vinculada a cambio climático, ¿cuál sería?
V.S. —Darle más infraestructura y poder de decisión a la Dirección Nacional de Cambio Climático.
L.P. —Sí, para mí, eso está bueno porque es el órgano competente, y además tenemos una mujer liderándolo. También diría, no sé si en cambio climático, pero en todo sentido, poder descentralizar respuestas. No circunscribir las respuestas y los programas de información a Montevideo, sino apuntar a la territorialidad y a la expansión a lo largo del país. Eso ya se está dando, hay intencionalidad y es parte de los programas que desarrollan los ministerios.
A.S. —Estoy de acuerdo con Victoria. Creo que es importante que haya fondos para después hacer más proyectos. Algo que me parece fundamental es que se invierta en una educación que contemple lo ambiental como algo transversal. Además, empoderar a los jóvenes para que sean escuchados de forma directa o a través de nuevos procesos. Porque todos tenemos voces. Y que no sea algo de un departamento, o solo una ciudad, sino a nivel país.
¿Qué rol pueden jugar las mujeres jóvenes en redefinir las prioridades a escala global?
V.S. —Un rol de empoderamiento, de alzar la voz, desde el arte hasta lo académico. De interesarse, de tener curiosidad. Desde ese lugar vamos a hacer más fuerza para que la realidad mejore.
A.S. —Mostrar que, sin importar la carrera que estudien, las chicas puedan tener siempre un interés por lo ambiental. Por ejemplo, en las ciencias necesitamos más chicas que muestren una mirada desde diferentes perspectivas para avanzar. Educar y mostrar que todas podemos ser líderes, que no hay que callarnos. También saber que tu espacio no te condiciona, y que por ser mujer no tenés que adherirte a determinados estereotipos. Saber que pueden luchar por lo que piensan, que pueden mostrarse tal cual son y que van a tener un espacio. Se tienen que construir más espacios donde las mujeres jóvenes puedan mostrarse, participar, generar proyectos que se cumplan.
L.P. —Las mujeres somos el 50% de la población. Entonces, en la medida en que no haya oportunidades para esa mitad, se pierden capacidades, visiones, innovación. Se pierde la oportunidad de hacer las cosas de forma distinta. Además, las acciones no serían congruentes con la realidad. Nosotras estamos, pensamos, nos formamos, participamos. Estamos cambiando cosas, y debemos tener espacios de liderazgo. Podemos y debemos alzar nuestras voces. Las cosas tienen que cambiar y tenemos que estar ahí, en lugares de poder.
¿Dónde ven hoy una luz de esperanza en medio de un contexto global marcado por guerras, crisis climáticas, desplazamientos?
A.S. —La tecnología avanza tan rápido que las políticas ambientales tendrían que avanzar a la misma velocidad. Pero esa no es la realidad. Si las personas que desarrollan esas tecnologías toman en cuenta el ambiente, podría mejorar mucho el mundo. Y, como ya mencioné, también a través de la educación se abren puertas. A nivel de las instituciones, del gobierno.
L.P. —La luz de esperanza, para mí, está en la unidad. Creo que esa es la base. Es difícil. Cada vez más, los vínculos son más líquidos, más individualistas. Pero todavía hay una fuerza de unidad, hay músculo para seguir fortaleciendo, y creo que son muchísimos los ejemplos de casos en los que, unidos, unidas, somos mucho más fuertes. No es solo una frase, es una transformación real.
V. S. —Destaco la palabra unión. Para mí, la unión está en la colaboración entre los agentes de cambio, que son los jóvenes.