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Amberes se posiciona como un hub de moda, diseño y comercio de Europa

Con aires portuarios, un sinfín de cervezas para probar y su Academia Real de Bellas Artes, la ciudad cosmopolita es un imán para mentes creativas

Bélgica huele a waffles. Tiene sabor a cerveza artesanal y papas fritas. Es bajo perfil, pocas veces grita o llama la atención. Tiene pica con Francia, así como Uruguay la tiene con Argentina. Es la casa del cómic Les aventures de Tintin et Milou (Las aventuras de Tintín), de los músicos Angèle y Stromae, y de los futbolistas Kevin de Bruyne y Eden Hazard. Por sus calles, dependiendo de la zona, se escucha francés, neerlandés, inglés o árabe. 

Amberes, su ciudad más importante del norte, se caracteriza por el orden, la organización y los ciudadanos que siguen las reglas. Es un lugar donde todo funciona a la perfección. Los amberinos son cálidos, dan charla y sonríen. Amberes tiene encima muchas nubes y le caen gotas de lluvia constantemente. Sus bares, de poca luz y mucho ruido, están siempre repletos de gente de todas las edades. Sus calles adoquinadas, edificios góticos, barrocos y art nouveau, otros finitos y largos como los de Ámsterdam, hacen de su visita un placer visual. Es una ciudad refinada, moderna e industrial. La ubicación, a solo dos horas de la capital holandesa y tres de París, hacen de Amberes un destino cada vez más atractivo para vivir. Especialmente para los jóvenes que estudian o trabajan en la moda y el diseño. Sin embargo, en cuanto al turismo, la ciudad no recibe gran cantidad de visitantes. Pocos saben siquiera dónde se encuentra. Pocos la eligen como parada dentro de su itinerario de viaje europeo. Pero deberían. 

Llegar a Amberes en tren, por la Antwerpen Centraal (Estación Central de Amberes) es de película. De esas en las que la protagonista llega a la estación de una nueva ciudad y mira para arriba, boquiabierta, asombrada por la majestuosidad del lugar. La marquesina vidriada, de 43 metros de altura, 186 metros de largo y 66 metros de ancho, impresiona. Los tres pisos de la estación reciben y despiden trenes que van hacia varios destinos europeos. Lo primero que se ve al bajar del tren es la gran cúpula, también vidriada, gobernada por un reloj dorado, acompañado del nombre de la ciudad, en su idioma local, del mismo color: Antwerpen. 

La estación de tren Antwerpen Centraal fue construida entre 1899 y 1905 por el arquitecto Louis Delacenserie y el ingeniero Clement van Bogaert. Foto: AFP La estación de tren Antwerpen Centraal fue construida entre 1899 y 1905 por el arquitecto Louis Delacenserie y el ingeniero Clement van Bogaert. Foto: AFP
Le Royal Cafe, en la estación de Amberes. Foto: Sofía SupervielleLe Royal Cafe, en la estación de Amberes. Foto: Sofía Supervielle

Construida con mucho mármol, acero e incontables detalles en dorado y turquesa, entre 1899 y 1905, la estación es la gran vedette de la segunda ciudad más poblada de Bélgica, con alrededor de 500.000 habitantes. La acompañan la Catedral de Amberes, el Museo aan de Stroom y el Museo Real de Bellas Artes en la lista de paradas obligadas. El arquitecto de la estación, el belga Louis Delacenserie, y el ingeniero Clement van Bogaert se inspiraron en el Panteón de Roma para diseñar la cúpula. 

Pero no es solo la arquitectura del lugar que deja encantado a cualquiera, sino su prolijidad, orden y limpieza. Estas son palabras que difícilmente van con las estaciones de transporte público. Sin embargo, Antwerpen Centraal confirma que la excepción existe. Tanto es así que dan ganas de quedarse en la estación por horas, tomando un café. El único que tiene el privilegio de ubicarse ahí dentro es Le Royal Café. Con techos altísimos y del mismo estilo que la estación, elegante y clásica, el lugar enamora. Solo un detalle: quienes están sentados en las mesas del café no toman café. Toman cerveza.

Le Royal Cafe. Foto: Sofía Supervielle Le Royal Cafe. Foto: Sofía Supervielle

Cerveza, cerveza y más cerveza. Son las 14 horas de un jueves y lo que más se ve sobre las mesas del café son vasos de cerveza. Algunas personas, que están solas, trabajan con su computadora. Otras están reunidas en una mesa redonda, terminaron de almorzar y sus vasos de cerveza están casi vacíos. Se escucha neerlandés, inglés y francés, aunque el idioma local es el mismo que en su vecina Holanda.

La misma escena se repite el domingo. Parece que la ciudad está vacía, apenas se ven personas por la calle y no se escucha ningún ruido. Los locales están escondidos en los bares. Puede suceder que haya que recorrer hasta tres bares para encontrar lugar. El menú de cervezas de Bier Central tiene, entre las comerciales, las artesanales, las de tirada y botella, más de 50 cervezas belgas. La Stella Artois, Cristal y Duvel son las más reconocidas a nivel local y mundial. “Acá no se toma para emborracharse”, comenta Augustín (20), estudiante uruguayo de Negocios Internacionales, que está viviendo en Amberes por su intercambio estudiantil. Estudia en la Universidad de Amberes, que con 20.000 estudiantes es la más grande de la ciudad. “Siempre que veo a los locales, están con el mismo vaso por mucho rato, se nota que disfrutan y respetan la bebida”. Los belgas toman cerveza cualquier día a cualquier hora. Incluso durante el recreo de la universidad, como quien toma un café, según cuenta el uruguayo. Es tan común que la cerveza belga es patrimonio cultural de la humanidad según Unesco. 

Con nueve pisos cubiertos de exhibiciones, el Museo aan de Stroom es el más grande de la ciudad. Foto: Museo aan de Stroom Con nueve pisos cubiertos de exhibiciones, el Museo aan de Stroom es el más grande de la ciudad. Foto: Museo aan de Stroom

En todo el país se producen cerca de 2.000 clases de cerveza con métodos de fermentación diferentes, según cuenta un artículo en la página web de Unesco. Además, los belgas no se limitan a tomar la cerveza, sino que cocinan con ella. La Carbonade Flamande, estofado de ternera y cebolla cocinado en cerveza y sazonado con tomillo y laurel, es de los platos más característicos de la gastronomía belga. Por otro lado, muchos quesos incluyen a la cerveza en su proceso de fermentación. Después son los waffles, las papas fritas —cuyo origen es belga y no francés— y el chocolate lo que caracteriza a la cocina de Bélgica. 

Punto estratégico y cosmopolita. El puerto es lo que hace de Amberes una de las ciudades más importantes de Europa. Su estampa se pierde en el horizonte, al igual que las aguas del mar del Norte, cuando se mira desde la azotea del Museo aan de Stroom, uno de los edificios más altos de la ciudad. Ubicado detrás de Róterdam, este puerto es el segundo más grande del continente. Por eso, siempre fue una ciudad dedicada al comercio y atractiva para la conquista: lo lograron los españoles, los holandeses, los alemanes, los franceses y varios más. Su historia explica la cantidad de idiomas que allí se hablan y la mezcla de culturas que se respira en esta ciudad, rasgo que sigue creciendo con los años, haciendo de Amberes cada vez más cosmopolita. “Es una ciudad muy diversa en cuanto a cultura”, comenta Agustín. “En una plaza, por ejemplo, podés encontrar un local de kebabs, una comida típica del Medio Oriente, al lado uno de comida japonesa y, en la esquina, un restaurante portugués. En la fila del súper pasa lo mismo. Escuchás español, rumano y te atiende un turco. Por eso es difícil definir la personalidad de los amberinos”. 

Desde la azotea del Museo aan de Stroom, uno de los edificios más altos de la ciudad, se puede dimensionar el tamaño del puerto de Amberes. Foto: Museo aan de Stroom Desde la azotea del Museo aan de Stroom, uno de los edificios más altos de la ciudad, se puede dimensionar el tamaño del puerto de Amberes. Foto: Museo aan de Stroom

Moda de culto. Amberes desprende estilo en varios de sus barrios. Tanto los residentes que caminan por las calles de Het Zuid o Sint-Andries como los visitantes interesados en la pata fashionista de esta ciudad nórdica se visten de una forma que provoca sacarles una foto. Las tiendas de diseño emergente —y caro— junto con los comercios de ropa vintage, a buenos precios, desbordan las calles. Futuros estudiantes de moda quieren hacer sus estudios en Amberes, considerada un lugar de culto para el mundo de la moda. Todo ello es parte del legado que dejaron los Antwerp Six, o los Seis de Amberes, como los llamó la prensa en su momento. Un grupo de seis diseñadores que ubicaron a su ciudad en el mapa de la moda para siempre. 

En 1986, los recién graduados de la carrera de Moda de la Real Escuela de Bellas Artes de Amberes Dries Van Noten, Ann Demeulemeester, Walter Van Beirendonck, Dirk Bikkembergs, Dirk Van Saene y Marina Yee se dirigieron a Londres para exponer sus colecciones en el British Designer Show, que funcionaba como una exposición en la que tiendas multimarca de todo el mundo recorrían los stands de diseño emergente para elegir a qué diseñador vender en su tienda. A diferencia de los otros participantes, que en general ya contaban con una marca posicionada y ciertos recursos económicos, los seis belgas llegaron al Reino Unido en una camioneta alquilada donde llevaron todos sus diseños para presentarse en el evento a pesar de su casi nula experiencia y poco reconocimiento en la escena emergente. 

El MOMU de Amberes es el museo de moda en donde se pueden ver atuendos de su archivo y conocer la historia de la moda amberina. Foto: AFP, Nicolas Maeterlinck El MOMU de Amberes es el museo de moda en donde se pueden ver atuendos de su archivo y conocer la historia de la moda amberina. Foto: AFP, Nicolas Maeterlinck

El stand que les tocó para colgar sus perchas estaba ubicado en la sección de novias, donde apenas llegaban los compradores, mientras los diseñadores del momento y los emergentes ya conocidos estaban instalados en el primer piso. Los seis belgas imprimieron cientos de folletos sobre sus colecciones y comenzaron a distribuirlos por el edificio para llamar la atención. Poco a poco, los visitantes empezaron a pasar por su stand, pero no fue hasta el tercer día que el pelotón de compradores y prensa acudieron a la sala de exposiciones del último piso para saber quiénes estaban detrás de los folletos. Fascinados por la calidad y la creatividad de los diseños amberinos, cada uno con un estilo particular, la prensa los bautizó como los Seis de Amberes y varias tiendas, como Barney’s y Libert, comenzaron a hacerles pedidos.

Ellos fueron quienes dejaron la huella belga en el mundo de la moda. Son alabados, admirados y ejemplo a seguir hasta el día de hoy. Esta historia se relata en la exposición permanente del Museo de Moda de Amberes (MOMU). En una sala oscura, para cuidar las prendas expuestas, el museo invita a recorrer parte de su acervo: vestidos, faldas, trench coats, chalecos, entre otras piezas de estos diseñadores brillantes. La exposición también exhibe diseños de Martin Margiela, Raf Simons y Anthony Vaccarello, algunos de los belgas que se ubican hoy en el podio del diseño actual.