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Al rescate de la paciencia

Vivimos en una sociedad ansiosa, ansiógena, que se alimenta de la rapidez. ¿Cuál es el opuesto? La paciencia. ¿Qué podemos hacer para recuperarla?

Editora Jefa de Galería

Hace un tiempo me compartieron por Instagram un video que mostraba el proceso artesanal japonés en el que se partía de un junco o corteza de árbol y se terminaba construyendo hermosas bandejas en las que apoyar las pequeñas vasijas tradicionales donde se sirve la comida de ese país.

Lo que impactaba del video, que era bastante extenso, era la cantidad de pasos que llevaba el proceso. La materia prima se lavaba, se dejaba remojando en agua, se volvía a lavar, se la machacaba, se la estiraba, se la pasaba de nuevo por agua, se la dejaba reposar, y a lo largo del video se veía que entre un paso y otro pasaba tiempo, lo que hacía entender que el proceso se iba haciendo a lo largo de varios días, tal vez semanas, o meses.

Después de la larga preparación de la materia prima llegaba el trabajo manual que iba dando forma a la pieza. La precisión y el sentido de la belleza iban haciendo lo suyo en otra serie de muchos pasos que finalmente terminaba en una obra increíble, que, tal vez, si se veía rápido al pasar, podía ser un objeto más, pero luego de ver el proceso de principio a fin su valor real ascendía a las nubes. Admiración total.

Sabemos que las artesanías de las culturas orientales están cargadas de delicadeza, belleza y altas dosis de paciencia. La paciencia es una característica que ha desaparecido casi por completo, y sin embargo es una gran portadora de sabiduría.

Un hombre camina lento, encorvado, ayudado por un bastón. Los autos le pasan por al lado. El semáforo no espera. Él tampoco puede apurarse. La ciudad sigue su curso, indiferente a los tiempos de ese cuerpo. Daniel Raichijk, el director del documental Ensayo sobre la vejez, al que pertenece la imagen, la utiliza cuando habla de las decisiones que tomó junto con Valeria Sampedro, la otra directora, para realizar la película. Según cuenta la nota que escribió Martina Pérez esta semana, al editarla discutieron cuánto debía durar. “Querían llevar la espera hasta el límite de la incomodidad, hasta ese punto en el que el espectador apurado empieza a preguntarse cuándo va a pasar a la siguiente imagen. ‘Bancate 20 segundos una imagen sin que pase nada’, dice Daniel. ‘Aunque, en realidad, está pasando todo. Está pasando la vida misma’. La frase es algo más que una declaración estética. Daniel está señalando el problema de una sociedad que parece haber perdido la paciencia para mirar lo que no se mueve a su velocidad”.

La paciencia es la gran portadora del respeto al otro. De darle su espacio, de permitirle que se exprese, de considerar sus necesidades, sus procesos y sus tiempos

Vivimos en una sociedad ansiosa, ansiógena, que se alimenta de la rapidez. ¿Cuál es el opuesto? La paciencia. ¿Qué podemos hacer para recuperar la paciencia? Mis hijas están en sus 20 y es una virtud de la que carecen. Diría que la desconocen. No saben lo que se siente cuando uno tiene la dicha de ejercer la paciencia.

Yo me considero una persona paciente. Los que están a mi alrededor lo pueden testificar. Y seguramente esa sea la razón por la que esta vida acelerada me hace sentir incómoda. Las redes ya no las soporto, la necesidad ajena de resolver todo de forma inmediata me termina irritando.

El mundo cada vez se detiene menos a pensar, a mirar, a darles el tiempo necesario a las cosas. Aunque hoy no sirva, no sea económicamente rentable o no vaya con las necesidades (¿qué tan?) urgentes, las cosas llevan su proceso y es de recibo respetarlo. Porque, si no, van a quedar mal hechas. (¿Será por eso que tengo la sensación de que hoy todo está mal?).

La paciencia tiene solo consecuencias buenas, y ninguna mala, incluso cuando pensamos que se pierde tiempo. Cuando estamos obligados a esperar, en general en contra de nuestra voluntad, buscamos la forma de ocupar los minutos en otra cosa. Si no sucumbimos al scroll infinito, podemos dedicarnos a mirar nuestro entorno, a contemplar. Aun en una sala de espera de un consultorio podemos encontrar elementos que disparen pensamientos. Y ahí ya estamos haciendo algo mucho más útil que ver videos tontos, que es pensar. Seguramente esos pensamientos nos lleven a resolver cuestiones pendientes. Y, mientras pensamos y resolvemos, les estamos dando tiempo a los otros a completar sus procesos. Respetamos. Somos considerados.

La paciencia es la gran portadora del respeto al otro. De darle su espacio, de permitirle que se exprese, de considerar sus necesidades, sus procesos y sus tiempos. Quienes saben vivir con niños o con viejos entenderán el valor de la paciencia, que muchas veces alcanza su límite y se agota. Pero la paciencia es tan sabia que tiene su propio mecanismo regenerativo, y en poco tiempo vuelve.

Las lógicas perversas de la sociedad de hoy están desgastando ese mecanismo, como tantos otros. Rescatar el valor de la paciencia parece ser nuestra próxima misión. Porque tanto la interacción entre humanos como la elaboración de objetos bellos sin el don de la paciencia son un imposible.