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Aunque sentimos que debemos estar todo el tiempo produciendo, la tentación de tomarnos unos minutos para relajar la mente es cada vez más poderosa. Pero la reprimimos. Y seguimos sin saber el daño que nos estamos haciendo
Cuando ando en ómnibus hago el esfuerzo de no mirar el celular y observar la vida de la ciudad por la ventana. Me da un poco de culpa. Debería estar aprovechando el tiempo para leer las noticias o responder mensajes de WhatsApp. Pero el placer de pasar 20 minutos sin hacer nada, dejándome llevar por un conductor, observando a las personas comportarse, viendo las obras de edificios nuevos que construyen en cada esquina y perdiéndome en mis propios pensamientos me hace tan bien que me impresiona. Ahora entiendo por qué.
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“Caminar sin auriculares, mirar por la ventana cinco minutos, ducharse sin estímulos, hacer una tarea mecánica, ordenar, regar las plantas, planchar. Estos pequeños momentos repetidos a diario previenen el colapso mental”, explica la psiquiatra española Marian Rojas-Estapé.
Hace un tiempo que entro cada vez menos a las redes. Esa vida virtual me está quitando vida real. Los mensajes, reels, historias que llegan desde ese mundo muchas veces me dejan desorientada, no tanto por el contenido en sí, sino porque sigo mi rutina pero desconectada del presente, de mí. Nuevamente, la especialista trae una explicación. Entre el cortisol (la hormona del estrés) y la dopamina (la hormona del placer) generada por el uso de las pantallas, se ha bloqueado “la zona de nuestra cabeza que nos permite situarnos en el aquí y en el ahora, a saber por qué estoy aquí, qué quiero y qué me gusta. Cada vez se nos hace más difícil tener nuestra identidad”. Probablemente, la crisis de identidad que muchos sentimos en los últimos tiempos tenga que ver con esto.
Al fin llegó enero. Montevideo está tranquila. “Es un paraíso”, dijo una compañera en la oficina, “como una ciudad del interior”. Estábamos deseando esto, bajar el ritmo y entrar en el letargo del estío para recuperarnos, no solo de un diciembre a mil por hora, de un noviembre, de un octubre y de un año entero en el que no bajamos el ritmo. Sin embargo, debemos saber que “no estamos diseñados para vivir acelerados y sin ser capaces de calmar nuestro mundo interior”, dice Rojas-Estapé.
Incorporemos el sano hábito de tomarnos momentos en el día para dejar que el cerebro descanse. No sintamos culpa por estar varios minutos sentados mirando por la ventana aceptando que la mente nos lleve a donde quiera.
Aunque sentimos que debemos estar todo el tiempo produciendo, la tentación de tomarnos unos minutos para relajar la mente es cada vez más poderosa. Pero la reprimimos. Y seguimos sin saber el daño que nos estamos haciendo. “La divagación mental es ese momento en el que la mente se va. En nuestra sociedad hiperestimulada nos han enseñado que estar distraído es un defecto. Sin embargo, el cerebro necesita divagar para estar sano. Cuando dejamos de hacer y permitimos que la mente vague, sin móvil, sin tarea, sin exigencia, se activa una red cerebral que es la red neuronal por defecto. Es un espacio donde el cerebro ordena, integra y sana”, asegura la española.
La sociedad hoy tiene importantes problemas vinculados a la salud mental, empezando por las adicciones y siguiendo por cuadros de ansiedad, estrés laboral o el síndrome de burnout, entre muchos otros trastornos provocados por el estilo de vida que llevamos. Vivimos en una sociedad ansiógena, que nos enferma, sumergidos en dinámicas y lógicas que nuestro cuerpo no comprende ni acepta, pero le exigimos hasta que dice basta, y entonces lo expresa con síntomas, que en principio no atendemos porque no tenemos tiempo, y luego ya lo comunica con un estado más avanzado de las dolencias que nos obliga a detenernos por completo.
No lleguemos a ese punto en el cual nos arrepentimos por no haber parado antes. Incorporemos el sano hábito de tomarnos momentos en el día para dejar que el cerebro descanse. No sintamos culpa por estar varios minutos sentados mirando por la ventana aceptando que la mente nos lleve a donde quiera.
Nunca antes habíamos disfrutado tanto de planchar, o doblar la ropa limpia, o lavar los platos. Sí, ayer surgieron estas confesiones en la redacción, mientras comentábamos la entrevista que Magdalena Cabrera le hizo a Marian Rojas-Estapé, y que publicamos esta semana.
Afortunadamente, hay personas como ella que nos explican lo que nos pasa, nos hablan de nosotros mismos, de esta sociedad que nos arrastra, y nos dan respuestas para entendernos y mantenernos sanos. Será una gran lección de vida escucharla este 19 de enero en las conferencias que dará en Uruguay. Porque siempre seguiremos aprendiendo a cómo vivir mejor.