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Cómo hacer frente al acoso callejero, la forma de violencia de género más invisibilizada y cotidiana

El acoso callejero persiste como la forma de violencia de género más naturalizada y cotidiana: entre la indiferencia y la ausencia de denuncias, las mujeres siguen implementando estrategias diarias para evitarlo

Editora de Galería

Luciana tenía 13 años. Conservaba algunas de sus muñecas preferidas y aún dormía con su oso de peluche. Por motivos prácticos y económicos, la ropa de su hermano mayor terminaba tarde o temprano en su placard. Por eso, los escasos momentos de salir a comprar ropa con sus padres eran todo un acontecimiento: elegía flores, tonos rosados, estampados con algún brillo; todo eso que le permitiera diferenciarse de sus hermanos y afirmar su identidad.

Aquella pollera fucsia con volados fue amor a primera vista. Le costó convencer a sus padres de comprarla, ya que costaba mucho más de lo que pretendían gastar.

Convertida inmediatamente en su prenda más valiosa, no dejó pasar ni un día para estrenarla. En plena tormenta emocional preadolescente, Luciana se sintió radiante. Hasta que salió a la calle.

Fueron dos segundos. Su hermano le sacaba una foto en la vereda de su casa cuando un joven se bajó de una bicicleta, metió su mano por debajo de la pollera rosada con volados, manoseó a la niña, tomó su bicicleta y siguió pedaleando.

Las piernas de Luciana, temblorosas, lo entendieron antes que ella.

La Ley 19.580 define el acoso sexual en el espacio público como “todo acto de naturaleza o connotación sexual ejercida en los espacios públicos por una persona en contra de una mujer sin su consentimiento, generando malestar, intimidación, hostilidad, degradación y humillación”.

Si bien la ley habla de la mujer como su principal víctima, la realidad es aún mucho más compleja y preocupante: el relevamiento de opinión pública StandUp. Contra el Acoso Callejero, realizado por la Usina de Percepción Ciudadana (UPC) para L’Oréal Groupe reveló que seis de cada 10 mujeres atravesaron alguna vez una situación de acoso callejero, y que el 63% de ellas lo enfrentaron por primera vez antes de los 17 años. Entre ellas, el 20% fue víctima antes de los 12 años, y el 35% lo atravesó por primera vez entre los 12 y los 15 años.

La historia de Luciana, entonces, es la de prácticamente todas las niñas y mujeres de Uruguay y del mundo.

Acoso callejero 1

La directora de la Asesoría para la Igualdad de Género de la Intendencia de Montevideo, Fiorella Buzeta, no tiene dudas: “El acoso sexual en los espacios públicos representa la forma de violencia de género más cotidiana y sistemática que viven las mujeres” en la calle, el transporte, las plazas, los espacios de esparcimiento. Apunta que si bien actualmente la violencia de género es comprendida —no sin dificultades— como cuestión pública y política, aún tiende a reducirse al ámbito privado.

Mientras tanto, siguen los silbidos, el toqueteo o beso sin consentimiento, la exhibición de genitales, la persecución y miradas obscenas, por mencionar solo algunas de las situaciones de acoso callejero más comunes, según el relevamiento de L’Oréal. “El dato más alarmante no es solo cuántas personas han sufrido acoso en espacios públicos, sino cuánto condiciona sus vidas. Según este estudio, una de cada 10 mujeres vive con miedo constante de ser víctima de acoso callejero. Como sociedad, es importante sentarnos a conversar sobre este tema”, afirma Cecilia Cardozo, gerenta de Asuntos Corporativos y Sustentabilidad de L’Oréal Groupe en Uruguay.

Otra característica del acoso sexual en el espacio público es que proviene generalmente de hombres desconocidos, según datos de una encuesta de violencia basada en género en espacios públicos realizada en 2019.

Todo esto, como es de esperar, impacta directamente en la forma en que las mujeres, desde niñas, aprenden a transitar por las calles e interactuar con el espacio público. A esto se refiere la magíster en Sociología y coordinadora de la Usina de Percepción Ciudadana, Micaela Cal: “Lo que las cifras del relevamiento —de L’Oréal— muestran es cierta concordancia con otros estudios y lo que la literatura dice: que el acoso es un fenómeno que está enfocado en mujeres, y en mujeres más jóvenes, y que lo que hace es limitar las formas en que acceden a la ciudad”.

El costo

Con el acoso como una posibilidad siempre latente, las estrategias para evitarlo son pan de cada día. El infaltable mensaje avisando que se llegó a casa, compartir la ubicación con personas de confianza, evitar lugares oscuros o con poca gente, cruzar la calle o elegir rutas alternativas y modificar la elección de vestimenta, entre muchas otras. “Las mujeres están cotidianamente tomando decisiones sobre qué hacer para no ser víctimas de acoso callejero”, apunta Cal, quien además, por si fuera poco, menciona el impacto económico de muchas de estas decisiones, como el gasto en taxis o viajes por aplicaciones por motivos de seguridad. El estudio La intersección del género y la edad en el uso del transporte compartido, publicado por la revista académica Transportation en agosto de 2025, sugiere que en China las mujeres tienen mayor probabilidad que los hombres de usar servicios de aplicaciones de transporte durante la noche, ya que proporcionan una mayor sensación de seguridad que el transporte público.

En varios países, además, estas aplicaciones ofrecen al público femenino la opción de viajar únicamente con conductoras mujeres. Si bien ese servicio no está disponible en Uruguay, las conductoras sí tienen la posibilidad de tomar pasajeras solo si son mujeres, muchas de quienes deciden tomar esta medida en la noche, aunque eso limite las solicitudes de viaje.

En definitiva, son las mujeres y disidencias quienes continúan asumiendo el costo —emocional, económico, logístico— de ser víctimas de acoso callejero.

Según la medición de L’Oréal, en los últimos 12 meses el 96% de las personas que fueron acosadas no denunciaron formalmente la situación. “Lo tenemos supernaturalizado. No solemos hacer la denuncia y tiene muchos costos para la mujer atravesar una situación así. O te arruina el día, o generás una estrategia o ruta alternativa, pero no acudimos a denunciar. Entonces es un fenómeno totalmente invisibilizado”.

Del relevamiento también se extrajo que seis de cada 10 no saben cómo denunciar (ver recuadro), mientras que un 79% respondió que nadie intervino para brindar apoyo o evitar la situación de acoso.

Cómo actuar

No hay una única vía para combatir el acoso callejero, sino que es una lucha que se aborda desde distintos frentes, como la educación, la comunicación, el urbanismo y la sensibilización.

En ese sentido, la Intendencia de Montevideo, con el apoyo de ONU Mujeres creó en 2017 el programa Montevideo Libre de Acoso, que lleva adelante distintas campañas de sensibilización. A partir de este programa, en 2019 se aprobó un decreto sobre prevención y abordaje del acoso sexual­ en espacios públicos, y se desarrolló un sistema de reporte que incluye la web (montevideo.gub.uy/reportedeacoso), el teléfono 1950 5050, WhatsApp al 099 019 500 con la palabra acoso y la aplicación Reclamos STM. La idea es brindar atención especializada y acompañamiento en caso de ser necesario.

Las campañas de sensibilización se difundieron tanto en medios de transporte y obras viales como entre cuidadores de coches y empresas de construcción que trabajan en la vía pública. En 2024, además, boliches de la ciudad se sumaron a la campaña.

Pero las políticas públicas, por sí solas, no son suficientes. A juzgar por los datos, no hay indicios de que el acoso callejero esté descendiendo. “Aunque nos cueste pensarlo por los avances del feminismo, el acoso callejero es una realidad aún hoy. Sigue siendo un problema para la mayoría de las mujeres, y para la mayoría de las mujeres jóvenes. En las cifras no vemos que haya habido grandes cambios”, apunta la coordinadora de la UPC.

Más allá de la iluminación de las calles y las demás iniciativas de los gobiernos departamentales, el desafío está en cambiar los patrones de socialización y reflexionar acerca del modelo de masculinidad que persiste detrás del acoso. Y, mientras tanto, dejar atrás la naturalización e indiferencia. “Lo más importante es no ser indiferente y poder intermediar para que eso deje de suceder, siempre cuidando la integridad de las personas involucradas”, sostiene Cal. En caso de ser testigo de una situación de acoso, la clave está en tomar acción: hablarle a la víctima como si la conociéramos, disuadir al agresor (de ser posible) y ofrecer asistencia a la víctima son algunos de los posibles caminos que contribuirán a que un buen día mujeres y hombres puedan habitar la ciudad en las mismas condiciones, con la misma libertad.

Formas de denunciar el acoso callejero:

  • vía web: montevideo.gub.uy/reportedeacoso,
  • vía telefónica: 1950-5050,
  • vía WhatsApp: enviando la palabra acoso al 099 019 500,
  • App de la Intendencia de Montevideo-Reclamos STM.

A partir del reporte, la persona puede acceder a atención especializada y se activa el procedimiento para el abordaje del caso.

Ellas hablan

“De adolescente, miré a un señor que me estaba mirando para saludarlo y vi que se estaba masturbando. Salí disparando cuando me di cuenta y me impactó mucho”.

“Iba caminando por la vereda, llevaba minifalda. Era una tarde de verano. Un hombre en moto venía por la calle de enfrente y al verme dio la vuelta, se subió a la vereda y desde la moto, cuando pasó al lado mío, me metió la mano por debajo de la pollera y me manoseó. Yo tendría unos 18 años”.

“Tenía 13 o 14. Venía caminando con unas amigas por el centro de mi ciudad. Pasó un grupito de adolescentes, vino uno y me tocó. Me sentí mal, pero no era la primera vez que me pasaba. Era parte de salir a los 14: andar como un pulpo ahuyentando manos que manoseaban. Pero esta vez fue diferente: abandoné mi pasividad y le dije algo, defendiendo mi integridad violentada. Entonces el gurisito pegó un frenazo, dio marcha atrás y me tocó entera adelante, rozándome la vulva como nunca antes había hecho un varón”.

“En un ómnibus, cuando tenía 15 años, un hombre me tocó por debajo del uniforme. Yo iba medio dormida y cuando vi su mano abajo de la pollera grité. Él empezó a gritarme: ¡loca, calmate! Y yo me sentí más observada que él”.

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