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El regalo más caro, que no cuesta nada

Mientras tratan de resolver las grandes interrogantes sobre cómo se educa en un mundo tan diferente al que crecieron ellos, los padres están pensando en qué regalarles a sus hijos en el Día de la Niñez; esa respuesta puede ser mucho más sencilla

Editora Jefa de Galería

En esta sociedad ultratecnologizada, cada vez nos queda más claro que los niños han desarrollado capacidades que sus padres no tenían a su edad. Incluso, aunque sus padres hayan nacido en la era digital, la tecnología que se usaba hace más de 30 años era bastante menos avanzada que la de hoy.

En aquel momento los niños no tenían acceso al celular, con suerte sus padres estaban incursionando en ese terreno. No había tablets, ni internet en casa, ni videojuegos en línea con otros amigos a distancia, ni drones, ni tarjetas de débito, ni autocajas en el supermercado o tótems en los restaurantes de comida rápida. Cuando los padres de hoy eran niños no se imaginaban que un día se iban a poder hacer los deberes utilizando una inteligencia artificial.

Puesto de esta manera, y pasando en limpio, se deduce que el cerebro del niño de hoy ha desarrollado algunas capacidades cognitivas y de percepción distintas a las del cerebro de sus padres en la niñez. En especial la percepción. Los niños de hoy perciben el mundo con la tecnología integrada a él como un rasgo natural. De hecho, son más cercanos al hábitat digital que al natural. Están más cerca de las pantallas que de la naturaleza.

He aquí el gran desafío que tienen los padres en la crianza de sus hijos. Suponemos que cada era de la humanidad habrá tenido sus dificultades, pero por lo que sabemos de la historia nunca la educación y el bienestar de los niños ocuparon el lugar que ocupan hoy, afortunadamente; y nunca el mundo había cambiado tan rápido como para que una generación quede casi perpleja frente a la siguiente.

Imagino las interrogantes que planean cada mañana o cada noche por la cabeza de los padres, tratando de resolver cómo se hace esto: cómo se educa y se enseña en un mundo tan diferente al que crecieron ellos. ¿Dónde están los peligros? ¿El peligro puedo ser yo dándole permisos que no debería dar? ¿Está bien que use IA? ¿Le hará mal? ¿Lo puedo evitar yo? ¿Cuáles son los límites que tengo que poner?

Sabemos muy bien el valor que tiene nuestro tiempo, y en qué estamos dispuestos a invertirlo y en qué no. Pues ese es entonces el regalo más valioso. Y es, sin duda, el camino que lleva a padres e hijos a ser felices juntos, mientras habitan este planeta tapado de bits y píxeles. Sabemos muy bien el valor que tiene nuestro tiempo, y en qué estamos dispuestos a invertirlo y en qué no. Pues ese es entonces el regalo más valioso. Y es, sin duda, el camino que lleva a padres e hijos a ser felices juntos, mientras habitan este planeta tapado de bits y píxeles.

No parece tarea sencilla criar niños en esta era que nos tocó vivir. Sin embargo, hay ciertos caminos que siempre llevan a Roma. El primero sería no renegar de la realidad, aceptar lo que la sociedad de la que formamos parte ha creado, e incorporarlo, pues resistir sería querer tapar el sol con un dedo.

Una vez asumidas estas circunstancias digitales, uno de los caminos que nunca falla es el de dejarse guiar por la intuición, lo que el ser interior nos dice. Pero para escuchar esa voz hay que detenerse un momento y reflexionar. A veces, en la locura de la semana y también de los fines de semana, no le damos tiempo a ese espacio de pensar y pensarnos. En ese ejercicio, un padre casi siempre encuentra lo que tiene que hacer.

Aplicar la sensatez y el sentido común es una máxima que debería marcar cada paso de nuestra existencia, y más cuando se trata de la educación de los hijos. Uno de los grandes errores que cometen los padres es el motivo por el que hacen las cosas. En una gran mayoría de las veces, las razones reales tienen más que ver con ellos mismos, con satisfacciones y frustraciones propias, que con el beneficio de los niños. ¿Por qué un padre le da todo a su hijo? No por generosidad o por amor. Por cubrir baches de su propia infancia, por sentir que así compra su cariño, por no soportar ni un ápice de malestar o mínima y efímera infelicidad del niño. Por no tener tiempo para dedicarle y suplirlo con cosas materiales.

En estas fechas, cuando se acerca el Día de la Niñez, los padres ya hace rato están pensando en qué regalarles a sus niños. Claro que ellos esperan regalos, y qué más lindo para chicos y grandes que recibir regalos. Los padres sopesan costos, cuánto sale esto o aquello, si será mucha plata o será medio poco. Hay cosas que necesitan realmente y es la oportunidad de que las tengan. Si el niño es deportista, no tiene bicicleta y ansía una, qué mejor momento y excusa para comprarle ese vehículo imprescindible para el desarrollo de todo niño o niña.

Pero si pensamos dos veces, ¿qué es lo más valioso que tenemos?, además de ellos mismos, claro. Es el tiempo. Nuestro tiempo sale muy caro. Nos pagan por él. A veces mucho, a veces no todo lo que creemos que vale. Pero sabemos muy bien el valor que tiene, y en qué estamos dispuestos a invertirlo y en qué no. Pues ese es entonces el regalo más valioso. Y es, sin duda, el camino que lleva a padres e hijos a ser felices juntos, mientras habitan este planeta tapado de bits y píxeles.

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