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El retorno

Más de un siglo después de matar a Dios, después de 140 años de sustituirlo por nihilismo, consumismo, individualismo (…), hemos regresado a la casilla uno. A la vieja, obsoleta, cuestionable y llena de claroscuros creencia cristiana

Columnista

Hace unos años, seis o siete, calculo yo, fui testigo de una escena que me llamó la atención. Iba delante de mí en la calle una madre con una niñita de la mano cuando se cruzaron de pronto con una monja con toca y hábito talar. “¡Una bruja, mamá, una bruja!”, se aterró la niña abrazada al cuerpo de su madre mientras ella trataba de explicarle que solo era una monja. Me sorprendió tanto porque esta escena jamás se hubiera producido en mi infancia, tampoco en la de mis hijas. ¿Hasta tal punto se había secularizado la sociedad —me pregunté— como para que una niña de seis años no hubiera visto en su vida una religiosa? He recordado este sucedido al ver cómo los medios de comunicación se están haciendo eco de una inesperada tendencia, un giro hacia la espiritualidad, y más concretamente hacia la religión cristiana. Un regreso fácil de detectar en distintos ámbitos: en seglares que se reúnen en grupos para rezar y asistir a misa; en jóvenes a los que no les importa proclamar su fe, porque ser creyente ya no es de pringados y raritos, sino que es cool. Pero donde más se percibe esta tendencia es en el arte. Coinciden en el tiempo el lanzamiento de Lux, la última y deslumbrante producción de Rosalía; la serie La mesías, de los Javis; el éxito del grupo cristiano Hakuna; la película Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa, sobre una chica que quiere tomar los hábitos; el videojuego Yo soy Jesucristo; así como el lanzamiento estelar de diversas biografías de Jesús de Nazaret. Para alguien como yo, que lleva su vida entera buscando la trascendencia y tratando —como diría San Juan de la Cruz— de “dar a la caza alcance”, resulta fascinante el fenómeno. También es sumamente significativo observar cómo lo interpretan los escépticos. Hay quien tacha la tendencia de friki y argumenta que no es nada nuevo que artistas utilicen la simbología religiosa para provocar. Que ya lo hizo Madonna decenios atrás con su Like a Virgin, también los Rolling Stones con su Simpatía por el diablo o Marilyn Manson y Lady Gaga utilizando elementos cristianos de forma herética o iconoclasta. “El siglo XX fue la era del descrédito de lo cristiano. O quizá de su irrelevancia”, afirma Pedro Ortega Ventureira, historiador del arte, antes de añadir que “entonces lo cristiano se veía como rancio, ñoño y se buscaba la espiritualidad en otros ámbitos, como en el esoterismo o en las culturas asiáticas, etcétera”.

Lo que antes parecía caduco y obsoleto vuelve a cobrar significado. No como provocación, como ocurría en el siglo pasado, sino como necesidad personal.

Porque el ser humano siempre ha necesitado perseguir la espiritualidad y si no la encuentra en una parte la busca en otra desdeñando lo anterior. Por eso, el siglo XX se caracterizó por trasgredir y provocar a través de lo sagrado. Ahora en cambio el fenómeno es distinto. Lo que antes parecía caduco y obsoleto vuelve a cobrar significado. No como provocación, como ocurría en el siglo pasado, sino como necesidad personal. Ya sé que mucha gente dice que no necesita la espiritualidad para nada y que Dios y la religión son cuentos de viejas. Pero a ellos me gustaría recordarles las palabras del “asesino de Dios”. Hablo de Friedrich Nietzsche, que en 1885 dio forma a su celebérrima y profética teoría de que Dios había muerto. Él la argumentó diciendo que la moral cristiana ya no servía como fundamento absoluto de una sociedad moderna. A esto añadía que la pérdida de credibilidad de los valores religiosos para guiar a la humanidad explicaba el surgimiento del nihilismo. También apuntaba que, una vez muerto Dios, nosotros teníamos la difícil misión de convertirnos en responsables de nuestro comportamiento y de nuestra propia existencia. Esta es la parte que todo el mundo conoce de lo dicho por Nietzsche. Pero existe otra parte de su teoría igualmente reveladora y profética. Decía él que, una vez borrado Dios de la ecuación, el peligro era rellenar su vacío no solo con egotismo y autosuficiencia, también con una serie de creencias sustitutivas, algunas muy estúpidas. Lo que voy a decir ahora es de mi cosecha y completamente a la violeta, pero me da la impresión de que más de un siglo después de matar a Dios, después de 140 años de sustituirlo por nihilismo, consumismo, individualismo, también por otras creencias ajenas a nuestro acervo cultural como el budismo o el animismo , etcétera, hemos regresado a la casilla uno. A la vieja, obsoleta, cuestionable y llena de claroscuros creencia cristiana. ¿Cómo es posible?, ¿no habíamos quedado en que aquello era una filfa? Sí, pero la gente necesita una cierta espiritualidad en sus vidas y, al final, es más fácil vehiculizarla a través de la cultura, de los símbolos y de los ritos que nos son más cercanos y propios. Evidentemente esto no quiere decir que los jóvenes de ahora acepten todo el pack doctrinal que a nosotros nos tocó aprender de niños. Pero, en un mundo cada vez más lleno de incertidumbres e incógnitas, una vez más y Nietzsche dixit: “Tener un porqué para vivir hace soportar cualquier cómo”.

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