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Fernanda Rodríguez está cerca de convertirse en la primera jocketa profesional desde la reapertura del Hipódromo de Maroñas

Oriunda de Rocha, con 22 años, lleva ganadas 45 carreras de las 50 necesarias para obtener el título de jocketa profesional

Sobre las 9:30 de la mañana, Fernanda Rodríguez terminaba su última vuelta a caballo en la pista del Hipódromo de Maroñas. Su entrenamiento había comenzado, como siempre, a las 6:30. Entre todos los jinetes aprendices, se la distinguía a lo lejos por su casco rosado combinado con guantes y parte de la montura en el mismo color. Cuando se bajó, dejó ver el elemento más llamativo de su atuendo: un cinturón con una hebilla de fondo plateado y un caballo dorado en relieve, que relucía con los rayos de un sol de octubre que recién empezaba a dar calor.

Fernanda nació en Rocha hace 22 años y en 2019 ingresó en la Escuela de Jockeys de Maroñas-Codere. Cinco años después, está muy cerca de convertirse en la primera jinete profesional desde la reapertura del Hipódromo de Maroñas en 2003. Para alcanzar su objetivo, debe ganar 50 carreras, y hoy lleva 45.

Siempre madruga. La pista de Maroñas abre a las 6:30 y a Fernanda le gusta despertarse una hora antes. Se baña, desayuna, apronta el mate y sale para el hipódromo. De lunes a miércoles entrena allí, a veces hasta las 9:30, a veces hasta las 10. Otras veces incluso hasta las 10:30. Los jueves suele entrenar en el interior del país, los viernes en el Hipódromo de Las Piedras, Canelones; y los sábados y domingos, por lo general, tiene carreras en Maroñas.

Una vida a caballo

Fernanda pasó su infancia en el campo, la mayor parte del tiempo montada en ese animal que hoy reluce en la hebilla de su cinturón. Las primeras carreras las jugó contra sus hermanas, en caballos de andar, para ver quién llegaba primero a una meta acordada entre ellas. De más grande comenzó a participar en raides hípicos y a evaluar crecer en el rubro hasta dedicarse al turf a nivel profesional. Se enteró de la existencia de la Escuela de Jockeys de Maroñas por un compañero de Rocha y en seguida supo que esa sería su oportunidad. “Como pude y con gente que me ayudó, mandé­ mis papeles­”, contó a Galería­. Pero, por su edad, tuvo que esperar dos años para poder ingresar.

La generación 2019, a la que finalmente se integró, estaba formada por nueve alumnos: seis hombres y tres mujeres. Ellas siempre fueron minoría. Al principio, Fernanda sintió una desventaja notoria frente a sus compañeros del sexo masculino por las diferencias naturales en su fisionomía. “Tenemos menos fuerza, somos más frágiles”, dijo. Sin embargo, ella sabía que en la pista ni la mujer tenía menos condiciones que el hombre ni el hombre menos condiciones que la mujer.

“Hoy me siento igual que ellos, y ellos me hacen sentir así. Por ahí no tenemos tantas oportunidades como los hombres, pero nos vamos abriendo puertas”, aseguró la futura jocketa profesional. “Hoy me siento igual que ellos, y ellos me hacen sentir así. Por ahí no tenemos tantas oportunidades como los hombres, pero nos vamos abriendo puertas”, aseguró la futura jinete profesional.

“Hay mucha gente que apoya a la mujer en el turf. A mí siempre me hacen sentir como que puedo. Aunque todavía no soy profesional, desde que empecé en esta etapa de aprendiz me han ayudado un montón”, añadió.

La Escuela de Jockeys de Maroñas no solo la formó como jocketa, sino también como persona. “Ser jockey no es solo subirse al caballo y correr. Hay muchos que piensan eso y no es así. Debemos tener una formación, como, por ejemplo, saber administrarnos cuando empecemos a correr, y un montón de otras cosas. Y la Escuela de Jockeys se encarga de eso. Nos ayuda en nuestra formación como personas”, resumió.

Además, la joven aprendiz tuvo que mantener su peso corporal, llevar un estilo de alimentación saludable y balanceado y nunca dejar de entrenar. En su camino, algunas personas significaron un ejemplo a seguir, como los reconocidos jockeys uruguayos Julio César Méndez y Edinson Rodríguez, y la jocketa brasileña Josiane Gulart. Esta última fue su principal inspiradora: es mujer, es fuerte y es exitosa.

En sus primeras carreras en los grandes hipódromos del país, Fernanda cargaba con cierto nerviosismo. Ahora, asegura que dejó atrás esa mochila. “Sé que puedo ganar y no me da nada de inseguridad”, dijo. En lo que queda del año, espera poder ganar las cinco carreras que le faltan para convertirse en profesional. Una vez que se reciba, aspira a buscar oportunidades en el exterior. Siente que en Uruguay ya hizo su “base”, pero que el turf en el país tiene cierto “techo”. Australia o Brasil son los destinos que tiene en mente.

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La escuela

En 2014 ingresó la primera generación de jóvenes a la Escuela de Jockeys de Maroñas-Codere. La formación continuó hasta 2019 y los dos años siguientes se suspendió debido a la pandemia de Covid-19. Retomó en 2022 y sigue hasta la actualidad. En esos nueve años lectivos, pasaron por la escuela 123 alumnos y egresaron 75. Pero de ese total, solo 17 fueron mujeres.

Las inscripciones se abren cada año entre enero y febrero. En marzo se realiza una prueba de selección y entre abril y noviembre se lleva a cabo la formación de los futuros jjockeys. Los requisitos de ingreso son: tener entre 16 y 22 años, haber aprobado el primer año de liceo o UTU y saber andar a caballo. Además, los aspirantes deben cumplir con una estricta relación entre su peso y su edad. Con 16 años, el peso máximo permitido son 46 kilogramos. Con 17 años, 47; con 18, 48; y así hasta 22 años y 51 kilogramos.

Además de las condiciones físicas, se realizan talleres con el plantel docente de la escuela y entrevistas personales con psicólogos. “Es un filtro para asegurar que los chiquilines no solo sepan andar a caballo, sino que también estén en condiciones, que puedan madurar e insertarse en la actividad”, dijo a Galería­ el coordinador de la Escuela de Jockeys, Agustín Menéndez. “No solo queremos jockeys, queremos personas que trabajen como en la vida misma. Disciplina, esfuerzo, sacrificio, no marearse en las victorias ni sentirse mal en las derrotas”, agregó. “No solo queremos jinetes, queremos personas que trabajen como en la vida misma. Disciplina, esfuerzo, sacrificio, no marearse en las victorias ni sentirse mal en las derrotas”, agregó.

Entre abril y fines de noviembre, los futuros jockeys entrenan todas las mañanas en los hipódromos de Maroñas y Las Piedras con un tutor hípico, que es un exjockey y que los acompaña durante toda su formación. Además, tienen entrenadores que los guían en lo físico y deportivo. En las tardes, de lunes a viernes tienen clases teóricas, que también se dictan en los dos hipódromos.

Entre 80% y 90% de los que se presentan cada año para ingresar a la Escuela de Jockeys vienen de distintos puntos del interior del país. Para quienes llegan sin conocer a nadie y sin un lugar donde alojarse, el Hipódromo de Las Piedras cuenta con un internado. Allí se les provee un dormitorio y alimentación sin costo. Tampoco tiene costo alguno la formación en la escuela: todo está cubierto por Maroñas-Codere, en su afán de promover y enriquecer la actividad hípica.

Cuando los jockeys aprendices empiezan a correr en los hipódromos, entran en un mundo en el que se juega mucho. Hay dinero, hay apuestas, hay expectativas y fanatismos. Ellos lo saben. Según Menéndez, tienen la información de si el caballo en el que van a correr es un favorito o no, si tiene posibilidades o no. Existe, entonces, cierta presión, pero es algo a lo que se acostumbran. Deben hacerlo.

La meta de Fernanda es la de todos los jockeys aprendices: ganar las 50 carreras para pasar a la categoría profesional. Para ilustrar el proceso, Menéndez se sirve de una metáfora: “Cabeza de ratón, cola de león”. Las primeras carreras no son demasiado difíciles de ganar, porque compiten con otros aprendices. Pero, a medida que avanzan, son cada vez menos los que quedan. Y esos pocos cuentan con experiencia, y cada carrera se vuelve más reñida.

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