Como una persona heterosexual, en sus 30, cuya máxima osadía pasa por tener sexo ocasional en el baño con su pareja estable, visitar la feria Sextasis (antigua Feria BDSM), me provocaba muchísima curiosidad. Y también un montón de prejuicios.
Sextasis reunió a más de 1.200 personas —y contó con el curioso apoyo de los ministerios de Turismo y Salud Pública— para poner sobre la mesa prácticas, códigos y formas de vincularse que todavía generan controversia
Como una persona heterosexual, en sus 30, cuya máxima osadía pasa por tener sexo ocasional en el baño con su pareja estable, visitar la feria Sextasis (antigua Feria BDSM), me provocaba muchísima curiosidad. Y también un montón de prejuicios.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEntrar al Radisson fue como meterse en un cuadro de Brueghel, donde decenas de personajes completamente diferentes conviven en una misma escena. Una pareja, mate en mano, se detenía frente a una serie de fotografías que haría desviar la mirada a más de uno. Ellos, en cambio, seguían imperturbables ante bocas que escupen dentro de otras, lenguas que lamen un plug anal y tetas estrujadas con palillos. A pocos metros, un hombre de minifalda llevaba con un arnés a otro, enmascarado y en cuatro patas, mientras unas chicas hojeaban libros en un estand de literatura queer, donde se podían encontrar títulos como Lo indispensable de unas lesbianas de cuidado, Nueva York gay y The Shibari Experience 2.
Los sex shops tampoco apuntaban al sexo vainilla. Arneses, velas de formas fálicas, fustas y objetos que parecían salidos de una cámara de tortura medieval componían una propuesta propia del universo BDSM. Destacaba, por sobre todo, una máquina de penetración automática (una especie de taladro adaptado con un dildo en el extremo).
Había otros espacios “más discretos” en los que uno podía recibir masajes, hacerse un piercing o tomarse fotos con un pene de peluche gigante. El rincón de Uruguay Fetish, por ejemplo, estaba para informar y, en definitiva, reclutar. La organización sin fines de lucro, fundada hace siete años por Master M, promueve espacios seguros para personas interesadas en el BDSM, el fetichismo y otras sexualidades alternativas. Además de encuentros sexuales, organiza clubes de lectura, cine y juegos de mesa en Montevideo con el objetivo de construir comunidad y derribar prejuicios. “Más allá de fetichistas, somos seres humanos”, resumió Eros, uno de sus integrantes.
Durante todo el fin de semana, la acción se concentró en el Centro de Experiencias, donde uno podía bajarse los pantalones y recibir nalgadas hasta decir “basta”, o dejarse suspender en el aire mediante una atadura de estilo shibari (método japonés para inmovilizar de forma segura) frente a decenas de curiosos.
Las reglas, sin embargo, eran claras: todas las prácticas eran 100% voluntarias, el consentimiento podía retirarse en cualquier momento y cada actividad debía desarrollarse bajo la supervisión de un moderador. Las fotos y los videos estaban permitidos, siempre que nadie manifestara lo contrario.
Allí, un pequeño círculo de espectadores seguía en silencio una demostración de shibari. Con movimientos pausados, Lily iba rodeando el cuerpo de Jais con cuerdas hasta inmovilizarla. Luego, con leves ajustes en las ataduras, la fue llevando progresivamente fuera de su zona de confort, provocándole una incomodidad cada vez mayor que, según explicaron después, forma parte de un tipo de técnica conocida como “predicamento”. “No es que un día agarrás una cuerda y atás a alguien; lleva un tiempo de formación”, dijo Lily, para desmontar la idea de que se trata de una práctica improvisada.
La demostración también sirvió para hablar de consentimiento, límites y confianza, pilares de una disciplina que, según aclaró, no necesariamente tiene un fin sexual. “Puede llegar a ser algo erótico, pero no es sexual”, señaló Lily, para quien el shibari es además una herramienta de expresión.
Para algunas personas el shibari representa un desafío físico; para otras, una experiencia emocional o una forma de desconectar del ruido cotidiano. En el caso de Lily, el atractivo está en la posibilidad de concentrarse por completo en el momento. “Tengo déficit atencional, pienso muchas cosas a la vez y, cuando estoy haciendo ese tipo de juegos, se me calla un poco el cerebro”, contó. “Tengo ciertas normas a las que les tengo que prestar atención y del resto se va a encargar la otra persona”.
Mientras transcurría la charla, en un segundo plano, una joven de unos 25 años con un chupete en la boca se bajaba los pantalones, dejando al descubierto una fina tanga, y se apoyaba contra una cruz de san Andrés. Su dominante se encargó de que sus nalgas quedaran rojas como tomates y, una vez terminada la escena, la abrazó y le entregó un enorme oso de peluche. Ella se sentó en el piso, abrazándolo, sin soltar el chupete en ningún momento. ¿Era solo un juego de roles?
Enseguida, la atención se desvió al hall central, donde tuvo lugar una demostración de pole dance, que no dejó nada librado a la imaginación. Kika Sativa, que trabajó como profesora de pole, silla y floorplay en Londres, se presentó con una rutina de “pole crudo”, ese que se baila en los clubes.
Diría que fue lo más impactante de la jornada, de no ser por Sin pedir permiso, una performance que volvió a poner a Lily en escena junto a Magda. Ambas abordaron el shibari como un lenguaje donde técnica y vínculo se complementan, incorporando también sus propias experiencias y miradas sobre habitar cuerpos gordos.
En Sextasis convivieron actividades para quienes ya conocen los códigos del BDSM y para los visitantes que se asomaban por primera vez. La programación combinó actividades abiertas con talleres privados, arancelados y de cupos limitados, que requerían inscripción previa.
Se desarrollaron propuestas de distintos niveles, desde una introducción al puppy play (práctica de rol inspirada en el comportamiento de los cachorros) hasta un taller de shibari adaptado para personas con obesidad, además de instancias sobre anatomía básica para bottoms de cuerdas, humillación erótica, switching —la alternancia de roles entre dominación y sumisión— y herramientas para una dominación consciente.
En la sala de conferencias me ubiqué detrás de un hombre que besaba a su novia mientras acariciaba con ternura el cabello de la chica que estaba sentada a su otro costado. La escena, que en otro contexto podría haber llamado la atención, parecía formar parte de una dinámica aceptada dentro de ese espacio.
Hubo una charla que despertó especialmente mi curiosidad: “Más allá de los estereotipos”. Fue un panel de experiencias donde integrantes de la comunidad BDSM compartieron sus recorridos y los prejuicios que todavía rodean a estas prácticas. Participaron Manu, varón trans, pansexual, panromántico, practicante de BDSM y autista de altas capacidades; Shonna dela Tahonna, artivista que aborda su experiencia viviendo con VIH; Cami, mujer trans, pansexual y practicante de BDSM en una relación swinger; Cami Bajita, mujer cis, pansexual, con trastorno de déficit de atención e hiperactividad y switch con tendencia dominante; y Diego, hombre cis, bisexual y pansexual, libreamante y swinger. La paradoja fue que, en una charla sobre romper etiquetas, hubo casi tantas como formas de vivir la sexualidad.
Me quedó resonando en la cabeza algo que dijo Cami Bajita. Sin saberlo ya practicaba BDSM e incluso de niña ya coqueteaba con el dolor, “jugando” a quemarse la mano con la cera caliente de una vela. “Antes no tenía idea cómo poner límites, pero con la comunidad me sentí muy protegida. Para el que es nuevo, creo que está bueno que hable con los coordinadores y los conozca, porque es una comunidad muy amorosa. Ante cualquier consulta, duda o problema, siempre van a estar. Son muy protectores y me ayudaron un montón”, contó.
El testimonio de Manu, por su parte, despertó las risas del público. “Siempre digo que tuve que salir cuatro veces del clóset: como adolescente pansexual, como varón trans, cuando hubo que explicar que aunque era varón seguía siendo pansexual y, la cuarta, cuando empecé con el BDSM. Vivo con mis padres, y si a mi madre se le da por abrir mi placard, encuentra fustas, látigos y cuerdas”.
Diego, que decidió abrir su matrimonio tras 20 años, se sintió identificado y soltó: “Yo tuve una salida del clóset que fue tremenda. Pobre mi suegra. Le dijimos ‘Fulana, sentate’. Ella preguntó qué había pasado e inmediatamente imaginó una separación. Le explicamos que éramos poliamorosos y que habíamos decidido abrir la pareja. Y, cuando todavía estaba procesando eso, le dijimos que además yo era bisexual”, relató.
“¡Con la tuya, contribuyente! Entrenamiento para pertenecer a la casta de Epstein” y “Menos mal que la prioridad eran los niños muriendo de hambre” fueron algunos de los comentarios que se desataron en redes sociales cuando se anunció que la feria Sextasis contaba con el apoyo de los ministerios de Turismo y Salud Pública.
Quizás parte de ese respaldo se explique por iniciativas como la de Asepo (Asociación de Ayuda al Sero Positivo), uno de los espacios más celebrados entre los presentes, donde se realizaron tests rápidos, anónimos y gratuitos de VIH y sífilis, además de brindar orientación sobre prevención y tratamientos.
Para los kinksters, término utilizado para referirse a quienes practican formas de sexualidad no convencionales, los prejuicios siguen siendo frecuentes. “Existe un estigma importante, incluso dentro de la comunidad gay, donde todavía persisten ciertos prejuicios hacia el BDSM. Si bien hay una mayor apertura, el BDSM estuvo históricamente asociado al ámbito de la pornografía”, señalan desde Uruguay Fetish.
Por eso, la organización de Sextasis optó por darle mayor visibilidad a la feria y trasladarla nada menos que al Radisson, con entrada libre y gratuita. Más de 1.200 personas se hicieron presentes, aunque la falta de sponsors implicó que los costos de esta edición fueran asumidos por sus responsables.
De cara al próximo año, ya trabajan en estrategias para acceder a fondos que permitan sostener la iniciativa. “Vamos a seguir haciendo Sextasis porque es importante y hay que sostenerlo”, afirmó Veronika Sulbaran, más conocida como Lady Kali, una de las impulsoras del evento junto con Adolfo Dercein Merino y Luna Prado.
BDSM. Sigla en inglés de bondage y disciplina, dominación y sumisión, sadismo y masoquismo.
Kinky. Término utilizado para referirse a prácticas o preferencias sexuales que se apartan de lo convencional.
Vainilla. Forma de referirse a prácticas sexuales consideradas convencionales.
Shibari. Arte japonés de atar el cuerpo con cuerdas, que puede incorporarse a prácticas BDSM.
Switch. Persona que puede asumir tanto el rol dominante como el sumiso dentro de una dinámica BDSM.
Bottom. Persona que asume el rol receptivo o subordinado.
Puppy play. Práctica de rol en la que una persona adopta comportamientos asociados a un cachorro.