Risso, periodista y docente, se quedó pensando que aquella era una buena historia para un libro, así que empezó a investigar y descubrió que el proceso tuvo “una impronta revolucionaria”; eso la terminó de convencer. En 2019 mantuvo las primeras charlas con la editorial, pero después “vino la pandemia y los planes cambiaron”, cuenta la autora. Cerraron museos y bibliotecas, y la investigación siguió en casa. “Empecé a leer mucha historia de aquella época porque me di cuenta de que del episodio Cerro Chato, en sí, no se hablaba mucho, no había demasiada información”.
Pasaron un par de años y reabrió el Museo Interactivo Casa de las Primeras Ciudadanas Sudamericanas, inaugurado en el sitio preciso donde las mujeres habían votado por primera vez, en un enclave que aún pertenece a los tres departamentos, y Risso fue: el libro seguía su curso. Conforme la pandemia iba quedando en el pasado, la investigación avanzaba de manera “muy pausada”. “De repente iba en las mañanas a la Biblioteca Nacional o al Archivo General de la Nación a mirar diarios y archivos de la época, y ahí me fui dando cuenta de que las familiares de esas mujeres que votaron por primera vez tampoco tenían tanta información de lo que había pasado, y que el plebiscito era solo una parte, era como el inicio de algo mucho más grande, que fue toda la conquista de los derechos de las mujeres a partir de la década del 20”.
El próximo año se celebran 100 años de aquel plebiscito histórico, y el trabajo de Risso Las primeras ciudadanas. 100 años del voto femenino en Uruguay invita a un recorrido por las distintas etapas de lo que fue la concreción del voto femenino en Uruguay.
Lo que sigue es un adelanto del libro, editado por Penguin Random House, que estará en librerías a partir del lunes 7 de setiembre.
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El día de la votación
En todas partes del mundo, en todos los continentes y bajo todos los climas, las mujeres se han lanzado a reclamar los derechos inherentes a las exigencias de la vida social contemporánea. Paulina Luisi, Buenos Aires, 1919
El frío cortaba la piel en la mañana del 3 de julio de 1927 en Cerro Chato. Era un domingo atípico, alejado del letargo de las mañanas camperas de los pagos chicos. Cerro Chato amaneció expectante, porque luego de meses de campaña, demoras y discusiones que involucraron a los nombres más encumbrados del gobierno nacional, se realizaría el plebiscito para definir qué departamento de Uruguay se adueñaría de la codiciada localidad: Treinta y Tres, Durazno o Florida.
Desde temprano había gente en las calles. Algunos paisanos llegaron a caballo, vestidos con sombreros de ala ancha, fajas y facones en la cintura. Por las veredas, donde unos perros callejeros todavía remoloneaban, caminaban señores trajeados fumando tabaco en pipas humeantes y mujeres con vestidos largos cubiertas de chales y gorros para enfrentar las bajas temperaturas. Algunos se saludaban radiantes, otros miraban alrededor con cierta desconfianza y también estaban los que preferían cruzar de senda para evitar encuentros no deseados.
Hermanas Coletta y Daría Costa. Las dos tuvieron un papel activo en el plebiscito y la imagen se encuentra en el Museo de las Primeras Ciudadanas.
Del plebiscito del 3 de julio se conservan solo dos credenciales, disponibles en el Museo de las Primeras Ciudadanas. Ninguna es de mujeres que hayan votado.
Simona Respeiro, otra de las mujeres que participó en la campaña. Su foto se encuentra en el Museo de las Primeras Ciudadanas.
En fogones improvisados armados a la intemperie, las calderas de hierro no paraban de llenarse y vaciarse en interminables ruedas de mate, a las que siempre se sumaba alguien más para la siguiente vuelta. Desde hacía semanas los pobladores estaban pendientes del domingo 3 de julio, aunque la expectativa real no tenía que ver con el resultado en sí. Florida no había querido pujar por Cerro Chato, porque sus autoridades no tenían interés en quedarse con el poblado. Los habitantes de la zona de Treinta y Tres decidieron abstenerse como forma de protesta, porque a último momento se había sumado al padrón electoral una localidad vecina de Durazno, que distorsionaba el número real de votantes. Por lo tanto, salvo un cataclismo, Cerro Chato iría a parar a manos duraznenses.
El interés por el plebiscito pasaba por otro lado: todos los mayores de dieciocho años, tanto uruguayos como extranjeros, que se hubiesen anotado ante la Corte Electoral estaban habilitados para votar. Eso incluía a las mujeres, que nunca habían podido hacerlo en Uruguay ni en América Latina.
Lo que sucedió en Cerro Chato el 3 de julio fue analizado en el Consejo Nacional de Administración, en el que por primera vez en la historia estaban sentados frente a frente José Batlle y Ordóñez y Luis Alberto de Herrera, representantes de las dos mitades del país, en uno de los momentos más álgidos de la relación entre colorados y blancos. Además, atrajo el interés de los movimientos feministas, con cartas enviadas por Paulina Luisi a las mujeres del lugar.
Fiesta en la oscuridad
Bajo la luz ambarina de las primeras horas de la mañana, Luis Soubiron salió de su casa, ubicada en Cerro Chato de Durazno. Se frotó las manos y se calzó el sombrero mientras cruzaba la calle hasta la Casa Soubiron, el local comercial del que era propietario, diseñado por la reconocida firma de arquitectos Apolo-Nocetti para que instalase la agencia de autos Ford. Soubiron era el titular de la concesionaria que competía con el local de autos Chevrolet instalado a pocos metros. La rivalidad mundial por el mercado de autos también había llegado al interior del Uruguay profundo.
Pero nada de eso importaba aquel domingo 3 de julio: Soubiron concurrió al edificio con la tarea de abrir el local en el que se realizaría la votación del plebiscito. Colocó la llave en la pesada puerta de madera, que hizo un leve crujido al abrirse, y dobló los postigos de las ventanas que daban a la calle. Enseguida llegaron Emilio Rodríguez Brito y Américo Molinari, los funcionarios de la Corte Electoral que instalaron las urnas de los circuitos A y B, bajo la atenta mirada de Enrique Martínez. Todo tenía que estar listo para las nueve, cuando se habilitaría el horario de votación. De a poco comenzó a armarse una fila frente a las mesas. Se habían inscripto para sufragar 383 personas, de las cuales 186 eran mujeres. Martina Froz fue la primera mujer en votar en uno de los circuitos y Jacinta Sánchez en el otro.
Los cerrochatenses de Durazno no disimulaban el entusiasmo cuando se acercaban a la casona. Confiaban en que horas después pasarían a ser los dueños de la codiciada localidad, luego de haber sido partícipes de una intensa campaña electoral de varios meses.
Bernardina Muñoz fue una de las voces más representativas del plebiscito. Promovió la abstención de Treinta y Tres. En 1897 fue oradora de un acto del que participó Aparicio Saravia. Su foto está en el Museo de las Primeras Ciudadanas.
Carta enviada por la Alianza Uruguaya de Mujeres, presidida por Paulina Luisi, dirigida a las mujeres de Cerro Chato. El documento está disponible en el Archivo General de la Nación.
Evarista Palacio salió de su casa y fue con su madre, María Isabel Fernández, hasta la Casa Soubiron. Tenía diecisiete años, le faltaban unos meses para votar, pero no quiso perderse la oportunidad de acompañar a su madre a hacerlo. Cuando María Isabel Fernández salió del cuarto secreto, colocó el voto en la urna y entregó la credencial rectangular al funcionario de la Corte, que la firmó y le colocó un sello con la leyenda “Corte Electoral. Comisión Especial. Plebiscito Cerro Chato”.
Si bien Evarista Palacio no votó, su testimonio fue clave más tarde para establecer dónde se realizó el plebiscito, cuando se desempolvó el tema décadas después, luego de estar años adormecido.
Coleta da Costa de Alzugaray terminó de abrigarse en su casa de Treinta y Tres y llamó a Irma, su hija mayor. Le pidió que se ocupara de sus hermanos menores mientras ella estuviera fuera del hogar, porque tenía que ir a votar. En realidad, lo que Coleta da Costa de Alzugaray quería era demostrar su voluntad de abstenerse en ese plebiscito. En la primera oportunidad de ejercer su derecho al voto, ella y otras mujeres optaron por no hacerlo, porque estaban en contra de la inclusión en el padrón electoral de los habitantes de Pueblo la Victoria, un caserío vecino a Cerro Chato que por ubicación favorecía en cantidad de electores a los vecinos de Durazno.
La abstención había sido un arma que en varias ocasiones utilizaron los votantes blancos como forma de demostrar su descontento y quitar legitimidad a una elección, como hicieron en las presidenciales de 1910 y 1915 y en varias legislativas. Da Costa era una activa militante del Partido Nacional, a diferencia de su hermana Daría, que era colorada y estaba a favor de la anexión de Cerro Chato a Durazno.
Juana Caldas trabajaba como empleada doméstica en casas de la zona y, como se decía en aquellos años, “lavaba para afuera” la ropa de familias vecinas en arroyos que surcaban los campos. Sus hijos, a los que mantenía como lavandera, llevaban su apellido porque era madre soltera. El suyo fue uno de los dos votos que recibió Florida, pero la familia nunca se enteró de que había sido protagonista del plebiscito, a pesar de que llegó a vivir con sus bisnietos y murió pasados los noventa años. Su nieta Mirna Latorre Caldas conserva todavía un chal negro de lana y una cartera de cuero del mismo color que ella le regaló.
Sobre las cuatro de la tarde se cerraron las mesas de votación, a las que habían concurrido 357 personas. El resultado fue demoledor: de los 357 votos emitidos, 354 fueron para Durazno, dos para Florida y uno se anuló. Hubo 26 inscriptos que no concurrieron a votar. La fiesta duraznense se extendió hasta la noche, aunque buena parte de la celebración se realizó en medio de la oscuridad, porque el sector olimareño ordenó apagar los cinco faroles que alumbraban la calle principal a modo de protesta, mientras sus autoridades preparaban un documento para presentar ante el Consejo Nacional de Administración, con el que pretendían impugnar el resultado.
A la mañana siguiente, un grupo de mujeres y niños se concentró frente a la Casa Soubiron, delante de un depósito ferroviario, para tomarse una fotografía que inmortalizó la jornada de votación.
La imagen más conocida de las mujeres de Cerro Chato fue tomada al día siguiente del plebiscito, frente a la casona donde se realizó la votación.
La imagen, que muchos creen que fue tomada el 3 de julio de 1927, en realidad se captó al día siguiente, como forma de dejar plasmada para la posteridad la jornada histórica. Es una foto difusa, tal vez la más conocida del plebiscito, en la que se puede ver a una treintena de mujeres y a unos cuantos niños. Está en exposición en el Museo de las Primeras Ciudadanas y en ella se distingue a las mujeres mirando a la cámara en dirección al este; algunas sonrientes, otras achicando los ojos ante un sol que se levantaba de frente a sus rostros. Todas están abrigadas, al igual que los niños, y la mayoría tiene la cabeza cubierta con algún tipo de gorro o sombrero.