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    El fin de una era

    Después de más de 30 años, cierra el Video Imagen Club (VIC), uno de los últimos locales de alquiler de películas, y el más emblemático por el carisma de su fundador Ronald Melzer y por su clientela cinéfila

    Los datos de los 15.000 socios del Video Imagen Club (VIC) nunca se digitalizaron, pero Heber, el encargado de recomendar, entregar y recepcionar las películas, encuentra la ficha correspondiente en apenas unos segundos. La mía —como la de tantos otros socios que se mantuvieron fieles pese al cable primero y al streaming después— es de un cartón ya amarillento y guarda registro de lo que vi en todos mis años de socia.

    Ronald Melzer, contador, árbitro de fútbol, productor y crítico de cine, fundó el VIC en 1987 con la idea de que en su catálogo convivieran desde joyitas del cine mudo hasta la última superproducción de Steven Spielberg o James Cameron. Hace cinco años, el videoclub y toda su clientela se sacudieron con la muerte de Ronny. Para entonces, el negocio ya era menos redituable, y poco después se mudó de su local de Benito Blanco y Scoseria (antes había estado en Benito Blanco y Bulevar España, arriba del quiosco El Paquín) al espacio de Cinemateca Pocitos, donde también se aloja la Escuela de Cine del Uruguay (ECU).

    Históricamente, el mostrador del VIC ha tenido algo de confesionario y de barra de boliche. Un día cualquiera se podía escuchar allí desde una discusión sobre si la mejor película de Godard es Sin aliento, Masculino-Femenino o Una mujer casada, hasta una recomendación para alguien en busca de una comedia liviana para el sábado a la noche. La gran mayoría de los cineastas uruguayos pasaron por el VIC, charlaron con Ronny y se quedaron más tiempo del necesario, porque no en cualquier lado un cinéfilo se siente en casa. Muchos de ellos reconocen que el videoclub de Pocitos fue parte de su formación.

    Hace unos meses se supo que solo quedaba un local de Blockbuster en pie en Estados Unidos (en la ciudad de Bend, en Oregon), y quienes aún profesan la religión del VHS y el DVD de alquiler, se entristecieron. De alguna manera, era el último anuncio del fin de una era. Ahora, el VIC anuncia su despedida, y con él se va también la mística del videoclub. El concepto de cuponera, el pequeño esfuerzo de recordar devolver la película en el plazo establecido —y cuando todavía vivían los VHS, de rebobinar la cinta antes de devolverla—, hacía que la selección de una película fuera más meditada, y que el mirarla fuera más un ritual.

    Hasta este sábado 24 permanecerá abierto, recibiendo a sus socios como siempre, con su catálogo de más de 13.000 filmes. Después, la valiosa colección del videoclub encontrará un nuevo destino en alguna institución que se encargue de seguir haciendo disponibles esas películas para estudiantes, aficionados al cine y profesionales.

    Ronald Melzer, crítico y productor de cine, fundó el VIC en 1987. Al morir, en 2013, Gabriel Massa heredó la responsabilidad de llevar adelante el videoclub, que hoy atienden Héber Posada y Agustín Fernández.

    El don de recomendar

    En 2015, el periodista Tom Roston, autor de artículos para The New York Times, The Guardian y The Hollywood Reporter, entrevistó a un puñado de directores de cine pertenecientes a las generaciones que crecieron con la cultura del videoclub para que hablaran de la influencia que estos templos tuvieron en su infancia/adolescencia/adultez, y en su formación cinematográfica. Después, escribió I Lost It at the Video Store: A Filmmakers’ Oral History of a Vanished Era (Lo perdí en el videoclub: Una historia oral de realizadores sobre una era que desapareció). Allí, Quentin Tarantino relata cómo su vínculo con Video Archives, un videoclub ubicado en Manhattan Beach, Los Ángeles, comenzó de un lado del mostrador y terminó del otro. “Pensé que era el mejor lugar que había visto en mi vida. (…) Estaba intentando dejar mi trabajo en ventas porque iba solo a comisión. En 1985, el dueño del videoclub me preguntó si quería trabajar ahí. No se dio cuenta de cuánto me estaba salvando la vida. Por tres años fue maravilloso.

    Demasiado maravilloso, al punto que perdí toda mi ambición. Dejé de intentar actuar y dirigir”, contó. En esos tres años descubrió que tenía un talento especial para identificar el gusto de cada cliente, y para recomendarle, en función de eso, la mejor película posible, aunque él tuviera 24 y la clienta fuera un ama de casa de 54. Ahí, en esa interpretación del gusto del cliente y en ese consejo personalizado, está parte de la esencia del videoclub.

    “Yo era fanático de Eric Rohmer. Así que si venían y me decían: ‘¿Hay algo bueno?’, yo les decía: ‘Hay una película de Eric Rohmer’. Y ellos decían: ‘¿Quién es?’. Y yo les contestaba: ‘Bueno, es un director francés que hace pequeños relatos morales entretenidos, pequeñas parábolas que casi siempre protagonizan jóvenes que viven en París. Son ligeramente divertidas por la forma en que todo termina solucionándose. (...)’. Y eso funcionaba. Casi toda la gente a la que le dije que las mirara y las miró de la forma correcta, con las expectativas correctas, volvía a alquilar otras películas de Rohmer. Al poco tiempo, todas sus películas se habían alquilado 80 veces”, contó Tarantino.

    En el VIC, las recomendaciones están, todavía, a la orden del día, y hacen visibles películas pequeñas que de otra manera pasarían inadvertidas, o viejos clásicos. Entre las más alquiladas, incluso hasta estos días, están El padrino, El ciudadano, La naranja mecánica, Casablanca y Lo que el viento se llevó.

    Nostalgia en VHS

    “Conmovidos y con tristeza, queremos anunciarles el cierre definitivo del VIC a fines de este mes de noviembre”, escribió Gabriel Massa, responsable del videoclub desde la muerte de Ronny, en un comunicado que compartió en las redes sociales. Quedan otros ejemplares desperdigados por Montevideo, y otros salpicados en el interior del país, pero, aunque cueste aceptarlo, el hábito de alquilar videos, que se instaló en el mundo —y en Uruguay— entre los 80 y los 90, desapareció hace tiempo, mucho antes de que el favorito de los fanáticos del cine decidiera cerrar sus puertas.

    Inspirados en las escenas que presenciaron en el VIC cuando eran estudiantes de cine y producían junto a Ronny Rec (2012), su primera serie, Matías Ganz y Rodrigo Lappado escribieron El mundo de los videos, una sitcom que se pasó por TV Ciudad y que prevén que en breve vuelva a estar disponible en alguna plataforma digital. “Cuando conocimos a Ronny los videoclubes ya estaban dejando de ser un negocio, pero la gente que los tenía, los tenía con mucho amor. Una persona que tiene una pasión por algo que está yendo visiblemente hacia la decadencia nos parecía algo muy lindo de contar”, recordó Ganz. Ronny no llegó a ver la serie terminada, pero sí estuvo al tanto de la idea, y les dijo que un personaje inspirado en él le parecía “sumamente patético”, y que eso podía ser “muy divertido”.

    La visita al videoclub se ha vuelto vintage, anacrónica, una excentricidad de los que eligen aferrarse al pasado. Ya no se recorren góndolas, catálogos ni se piden recomendaciones; la elección de qué película ver ahora es solitaria y se hace desde el sofá.

    “Es una cosa cultural que se ha perdido. Y nada que valga la pena ha venido a sustituirla. Para ser honesto, no sé por qué se perdió. ¿Es porque la gente ya no quiere salir de su casa? ¿Es eso? ¿El progreso es no tener que salir de casa? Me gusta comer en casa, pero me gusta también comer en un restaurante, aunque tenga una cocina en mi casa”, le dijo Tarantino a Roston. También en esas entrevistas Darren Aronofsky, director de El cisne negro y Réquiem por un sueño, dijo sobre el video al que iba en Brooklyn: “Me acuerdo del olor. Siempre tenía el olor mohoso de la alfombra. O tal vez era de las cajas viejas”.

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    Ya no habrá olores ni habrá texturas, solo elecciones ascépticas entre portadas intangibles de películas que pueden ser vistas al mismo tiempo por una infinidad de personas solas a la vez. Tampoco habrá VHS sin rebobinar, es cierto, ni DVD tan rayados que el lector no pueda reproducir la película. Pero los verdaderos románticos no recordarán esto.

    “El paseo al videoclub ha desaparecido, y a la gente le gusta así. (…) Es como la escena de Casi famosos en que salen del ómnibus y caminan hacia el avión. A veces vamos tan rápido que no vemos el fin de cosas que fueron tan importantes para nosotros. Pero yo aminoré la marcha para ver el fin de los videoclubes, porque dije: ‘Ahí se va todo mi estilo de vida. Todo lo que conocí se fue’. Es como ver a Krypton explotar desde la Tierra. Eso es todo. Mi hogar se ha ido. Nunca volverá a suceder”. Así lo definió Kevin Smith, director de Clerks y Dogma.

    “Se hicieron esfuerzos hasta último momento y no llegamos a una solución para continuar con esta aventura”, escribió Gabriel Ma-ssa. “Nos despedimos con nostalgia, pero con la alegría de haber formado parte de un proyecto que fue siempre un espacio de formación y de resistencia”. La batalla se libró, y eso será lo que recuerden los románticos.