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Edad: 47 • Ocupación: Actor, músico, guionista y humorista • Señas particulares: Trabajó en un videoclub; siempre vivió en Sayago; nunca le gustó estudiar
¿Cuándo empezó a hacer imitaciones? Empecé en Teledoce. Hace 14 años necesitaban a alguien que imitara a Jorge Lanata y yo había escrito la canción de la cortina de su programa. Estudié cerca de dos meses y cuando llegué me salió muy bien. Ahí se abrió un territorio nuevo para explorar.
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¿Su vínculo con la música empezó con el Carnaval en Sayago? Esa fue mi cuna. Cuando era chico iba al tablado con mis vecinos porque a mi padre no le gustaba mucho el Carnaval, y a los ocho años empecé en la murga. No estaba bien visto. El Carnaval es un género que, como el tango, viene del bajo mundo, y el murguista del barrio siempre era el más borracho. A mi padre no le gustaba que hiciera eso, pero cuando empecé cambió el concepto que había sobre nosotros. La murga fue evolucionando y haciéndose algo de todo el público.
¿Su padre no sabía que iba a ensayar con una murga? No, se enteró por un vecino. Mi padre tenía un supermercado y un día un cliente le dijo que me había visto en la murga y que le había encantado. Pero él no lo podía creer. Cuando tenía 15 años quería salir en Carnaval y necesitaba el permiso de menor pero mi padre no me lo quería firmar. Lo terminó haciendo, pero fue un proceso tremendo. En setiembre estrené 78 revoluciones, una película que tiene esas vivencias con mi viejo.
¿Cómo surgió el proyecto? La película surgió gracias a un armenio que era tendero de la Villa del Cerro y que en 1949 se compró un sonógrafo para grabar a los conjuntos del barrio. Los contenidos quedaron en un ropero, pero hace cuatro años otro armenio me llamó y me dijo que tenía algo para mí. Cuando lo vi me dio 19 archivos de la misma época, un tesoro para la música nacional porque casi no hay registros. En la película se mezcla la música armenia con la uruguaya. Es la forma que encontré de conciliar esas dos partes tan importantes en mi vida.
¿Qué peso tiene ser armenio en su vida? Tiene un peso enorme. Fui a la escuela armenia, al club armenio y soy militante de un partido político armenio. Y aprendí valores que trato de transmitir a mis hijas para que no se pierdan nunca. También tengo la ventaja de vivir con una dualidad: por un lado vengo de una cultura milenaria y por el otro, estoy en Uruguay y soy murguista. Son dos cosas que en mi adolescencia se chocaron mucho en el ámbito armenio, pero que logré que convivieran.
Hace 20 años que está con su señora. ¿Cómo la conoció? Nos conocimos en el tablado de Sayago, en el Carnaval de 1998. La murga Contrafarsa había ganado y al otro día me vino a felicitar. Me acuerdo que estaba con sus ocho sobrinos y yo le pregunté si eran suyos. Cuando me dijo que no, le pedí el teléfono. Estamos juntos desde entonces, pero nunca nos casamos.
Y su padre, ¿se concilió alguna vez con el Carnaval? Nunca se concilió del todo, pero pudo entenderlo. Antes de irse, unos años antes, me dijo que estaba orgulloso de lo que hacía. La música y el humor, aparte, lo heredé de mi padre. En la sobremesa siempre se ponía a cantar y a improvisar con tenedores, cuchillos, ollas y los platos como si fuesen instrumentos. Pero a la hora de hablar sobre mi futuro no quería que estuviera en ese mundo. Y para decir la verdad, yo tampoco aporté nada para que fuese fácil. Quería joda, tocar los tambores y no estudiar.
¿Nunca le gustó? No. Mi padre me mandó a todos los liceos privados que pudo, pero yo siempre me escapaba. Me acuerdo que me iba del liceo en Sayago a pasear en tren y saludaba a todos los vecinos. Fui un tipo difícil en ese sentido.
Su padre hasta puso un videoclub para que trabajara. Sí, en el año 89 pusimos juntos un videoclub. Yo no estudiaba ni hacía nada. Me levantaba a las seis de la tarde, miraba el informativo y tenía un auto antes de sacar la libreta. Era una vida insostenible. El videoclub lo tuvimos por veinte años. Iba a trabajar tres o cuatro horas, para salir del paso, pero no era lo mío. A mí me gusta cantar; ahora hago lo que me gusta.¿Heredó de su padre la pasión futbolera? Claro, no jugaba de forma profesional pero siempre me dijeron que lo hacía muy bien. El fútbol era el 80% de su vida y lo mismo me pasó a mí.
Pero también le trajo complicaciones. Es que todas las peleas o enemistades con alguien o con un poder es por Rampla.
¿A qué se refiere con “un poder”? Por Rampla estoy enemistado con Tenfield y con los jueces (que lo denunciaron por dichos en Twitter), que son tipos con poder que tratan de hacerte daño. Lo de los jueces fue a la Justicia y perdieron como en la guerra, eso es importante decirlo también. Si vos elegís esa profesión te tenés que aguantar, los dichos no son personales. En mi caso pasa lo mismo: no me puedo calentar si una persona después de ver mi sketch me dice: “Qué país generoso”.
¿Y con Tenfield por qué sigue enemistado? Por el problema del fútbol uruguayo, y lo que han hecho con Rampla. Tenfield es Cerro y nosotros somos Rampla. Se tuvo que elegir una votación muy importante cuando se votó entre Puma o Nike: Tenfield ofrecía 5 millones de dólares y Nike, 25. La mitad de los cuadros fueron y votaron en contra de ellos mismos por estar alineados y hacer mandados. Yo podría estar haciendo más cosas, mucho más. Pero me la banco de verdad. Voy a seguir diciendo lo que quiero porque es una forma de ser militante de las cosas que siento.