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    Por debajo de la intimidad

    La bombacha: usos y costumbres en el siglo XXI

    Hay un cajón, un estante, una caja, un espacio en la casa. Ahí está guardada la historia (y también el presente) de nuestra ropa interior. Y allí adentro está, tal vez, la máxima expresión de nuestra intimidad: la bombacha. Revolver ese caos de telas reducidas a un triángulo —más o menos pequeño, más o menos llamativo, más o menos arriesgado— es entender al menos un fragmento de la vida femenina. Quién es esa mujer; qué prioriza; en qué etapa de su vida está. ¿Es metódica, rutinaria, ecléctica, feroz, fundamentalista del algodón, cultora del consumo responsable, desprejuiciada, está en pareja desde hace décadas, acaba de ser madre; se separó hace tres días y se deshizo de todo lo que le recordaba a él; es práctica; viaja mucho o compra mucho online; no le presta atención al asunto; deportista obsesiva; cumbiera intelectual; fetichista de lo retro; fan de los superhéroes? Así se podría seguir hasta el infinito.

    La sociedad de consumo, la globalización, los viajes de trabajo o placer, Internet, el fácil acceso a lo que antes, evidentemente, no era tan fácil, el auge de las marcas de lencería, el desembarco de la ropa interior en las góndolas del supermercado y otras tantas razones más han hecho que haya una variedad inabarcable de bombachas. Y que, por ende, haya una importante masa de mujeres que le preste atención al asunto.

    La bombacha —inexistente hasta principios del siglo XIX, tal como la conocemos ahora— ha pasado a ocupar un lugar preponderante en nuestra vida moderna, donde deja de ser una prenda funcional para convertirse en una exposición de motivos. La ropa interior pasa de estar escondida debajo de la ropa, sale a la luz y tiene mucho para decir; forma parte de la conversación. En tiempos donde el concepto de Paul Watzlawick “es imposible no comunicar”, poniendo el énfasis en que todo comportamiento es una comunicación, está llevado a su máxima expresión, la bombacha no se queda atrás y, por momentos, nos habla a los gritos de lo que somos.

    Introducción a la bombacha. Tomo I. Tengo este recuerdo: verano en La Pedrera, principios de los 90, el clásico día lluvioso con su respectiva ida al Chuy. Después, la carretera, el tedio, el falta mucho, el mojón, el lado brasilero, el supermercado, los ticholos, los Garoto, algún shampoo. Más adelante, los championes sin marca, las remeras Hering de algodón, los joggings para el invierno, la promesa del suculento espeto corrido para calmar las ansiedades de los niños. Y en el medio de la jornada siempre estaba el momento “mamá tiene que ir a comprar bombachas”. Así que allá íbamos todos (mi padre, mis dos hermanos y yo) en busca de las célebres DeMillus que, hasta hoy, mi madre sigue declarando que eran espectaculares.

    Ese es, probablemente, mi primer contacto con el mundo de las bombachas en la adultez. Esto es: la elección, la lycra, la textura, el calce, el tan horroroso como necesario color piel. No sé qué vino después. Cuándo mi madre dejó de comprarme ropa interior. Cuándo lo empecé a hacer yo. Cuál fue mi primera bombacha deseada. Cuándo me empezó a importar. Sé, sí, que mi cajón de ropa interior de la adolescencia y posadolescencia era un horror. Sé también que en los 90 e incluso en los inicios de los 2000 las opciones eran pocas. Las mujeres de treinta y tantos ingresamos a la adultez sin saber mucho de qué se trataba todo este asunto de la tanga, el culotte, el boyshort, la hipster y las inagotables opciones que nos dicen que hay formas para todos los cuerpos, para todas las ocasiones, para todo lo que le queramos poner encima.

    Nuestra elección —al igual que la de todas las mujeres que vinieron antes— era el clásico bikini, hoy popularizado como vedettina, y a lo sumo se podía elegir entre encajes, estampados, telas. La gama se ampliaba un poco para las que viajaban a Buenos Aires, Estados Unidos o Europa o al Chuy, por supuesto. Las diferencias o sutilezas aparecían en casos como días de menstruación, ida al médico, depilación. O momentos más auspiciosos como posible encuentro sexual con potencial candidato. Había —aún las hay— bombachas especiales para determinados momentos. La diferencia está en que, por estos días, el cajón de la ropa interior probablemente esté mucho más surtido que hace unas décadas atrás.   

    Hace 15 años, Loreley Turielle creó Srta. Peel. Las primeras bombachas que diseñó eran pequeñas, de colores, divertidas, con los costados superfinos y de tela de traje de baño. Hay un grupo de mujeres, que se movían entre la Galería La Madrileña, la Ciudad Vieja y Pachamama, que pasaron su juventud comprando bombachas de Srta. Peel. Con el tiempo la marca creció mucho. Tanto que hoy sus prendas les hablan a muchos cuerpos y a muchas edades.

    Turielle entiende perfecto cuál es el vínculo entre las mujeres y sus bombachas. “Hay todo un simbolismo en la bombacha. En las diferentes etapas de la vida tiene un peso distinto. Hay momentos en que es pura funcionalidad. Te descuidás y no importa la bombacha. Cuando volvés a prestarte atención a vos, cambiás la ropa interior. Hay una renovación simbólica que viene por el cambiar la ropa interior. Después, por ejemplo, cuando pasás a la adolescencia las bombachas tienen detalles sutiles que demuestran que estás creciendo. Además de algodón pueden tener una puntilla, que es lo único que diferencia tus bombachas de las de tu hermana menor. En los pre 30 tener una buena bombacha es todo. Porque es cuando empezás con la experiencia de tener otro tipo de ropa interior. Y es el momento en el que estás más buena, cuando explorás el cuerpo. En tiempos de maternidad la bombacha es el sostén. Pero más allá de todo, la clave de la bombacha es que sea cómoda y que te acompañe en el momento que estás viviendo”, asegura Turielle.  

    En Srta. Peel las bombachas más vendidas son las clásicas. Turielle las llama vedettina. No es ni ancha ni less y sus costados miden de 2,3 a 3 centímetros. Para la creadora de Peel es “amigable”. Después vienen las tangas o las colaless y al final los culottes.

    De un abanico de más de 50 mujeres consultadas que tienen entre 22 y 42 años, la tanga aparece mencionada en la mayoría de los casos sin importar la edad. Después surge la vedettina y bastante por debajo el culotte. Pero hay respuestas que se repiten una y otra vez: que sea cómoda y que no se note. Y ahí es cuando se evidencia el furor por la ropa interior cortada a láser que son el concepto siglo XXI de lo invisible. Porque si hay algo que obsesiona por estos días a las mujeres es que la bombacha exista pero los ojos no la perciban. Y así, repiten hasta el hartazgo, “sin costuras”, “detesto que marquen”, “es como no tener nada”, “ni la siento”.

    En una nota de The New York Magazine, la diseñadora de vestuario de Hollywood Alison Freer escribió la siguiente reflexión: “En una época trabajé con una estrella de las sitcoms de los 90 que solo usaba bombachas de algodón y no le importaba nada la línea de la ropa interior. Una vez me dijo esto: ‘La verdad es que me gustan. ¿Te imaginás si la gente piensa que no uso bombacha?’ (...) Ninguna otra prenda de ropa genera tanta discusión entre las estrellas y el resto de las ciudadanas como qué deberíamos usar, si es que deberíamos usar algo, debajo de un pantalón ajustado, un vestido al cuerpo o las calzas para el gimnasio”.  

    Es paradójico, pues la necesidad de que la ropa interior sea imperceptible convive con el protagonismo de la bombacha en el universo de la moda internacional. Calvin Klein lo ha hecho durante décadas y en la era del regreso de los logos volvió a poner en el ojo de la industria en 2015 una campaña de underwear protagonizada por Kendall Jenner y Justin Bieber. En una de las tantas imágenes, Jenner aparece vestida de jeans y la línea de la cintura de la bombacha aparece por debajo, dando cuenta de que ella usa CK. Mucho más arriesgada y transgresora, como es habitual, Rihanna apareció en 2014 en Los Ángeles con una pollera de Simone Rocha de tul transparente con bordados en blanco y por debajo un par de panties rosadas.

    Las fundamentalistas de la tanga. Ellas dicen: “Desde que probé la tanga no uso nada más”, “La recomiendo”, “¿No usás tanga? No sabés lo que te perdés”, “No sé cómo no la había descubierto antes”, “Tanga siempre, todo lo demás me incomoda”, “De encaje arriba y algodón abajo, sin costuras. Me parecen muy cómodas. No me aprietan y además me estilizan”, “Tanga de encaje sin costuras ni elásticos”, “Tanga al 100%”, “Si la tanga te incomoda es porque no era una buena tanga”, y así la palabra tanga se repite una y otra vez frente a la pregunta: “¿Qué tipo de bombacha usás?”

    Todas estas mujeres y los millones que usan estas bombachas pequeñísimas (que también tienen decenas de opciones que van desde un colaless más recatado hasta el llamado hilo dental) que dejan las nalgas al descubierto deben darle las gracias a Rudi Gernreich, el diseñador estadounidense que forma parte de la galería de la fama de la moda internacional. Él fue el creador del osadísimo traje de baño que dejaba al descubierto el pecho de la mujer y se destacaba por su profundo cavado. Eran los años 60 en Los Ángeles, y Gernreich decidió reaccionar a la prohibición de nadar desnudos en espacios públicos. Ese fue el inicio de la tanga tal como la conocemos hoy. De hecho, en 1974, la periodista Anne Hollander escribió en The New York Magazine que con este nuevo estilo “en lugar de topless iba a ser colaless” y además elaboró la hipótesis de que la tanga “puede llegar a regenerar nuestro un tanto marchito sentido del misterio sexual”.

    En un texto publicado a propósito de la exposición que el museo londinense Victoria & Albert dedicó a la historia de la ropa interior se dice que hoy la tanga está más asociada a la sobreexposición y para evitar el VPL. Esta sigla, muy frecuente en las páginas especializadas en moda o en las revistas femeninas, responde a Visible Panty Line (línea visible de la bombacha). Esto demuestra que la obsesión del que no se vea, no se note, es un asunto que se reitera —al menos— en el mundo occidental.

    El furor de la tanga, claro, tiene todo que ver con la moda y con lo que está de moda. Los pantalones hiperajustados, la permanencia de las calzas, el sportswear para la calle hacen que sea de extrema necesidad usar ropa interior poco visible. Y ahí la tanga gana terreno. Aparecen reflexiones como “Yo las odio, pero no tengo más remedio” o el terrible razonamiento: “Lamentablemente, a los hombres les gustan”.

    Habría que pensar qué tan responsables son de estas ideas, de estos nuevos gustos y obsesiones, las celebridades que se exhiben con estas bombachas diminutas en sus redes sociales o en las revistas del corazón (mención aparte merecen las flamantes madres de la farándula argentina que tres días después de paridas se calzan la tanga como si su cuerpo no hubiese quedado transformado); aquel fragmento dantesco de Marcelo Tinelli en que le cortaba la pollera a las mujeres que bailaban en su programa y las dejaba todo lo desnudas que se pudiera; el show mundialmente observado de Victoria’s Secret con todos sus ángeles que, por supuesto, no son de este mundo y no pueden ser aspiracionales para nadie; y, por supuesto, el sinfín de canciones que vanaglorian esta creación y que vienen acompañadas de videoclips que reafirman que para ser sensual no queda otra que mostrar todo lo que tenemos para mostrar.  

    Sin embargo, parece que todo tiene su lado B, y en el Norte hay algunos movimientos de mujeres jóvenes que decidieron decir “basta”. En un artículo de The New York Times de 2015 que se titula Las jóvenes les dicen no a las tangas, el texto hace referencia al auge de las tan poco marketineras bombachas de la abuela y cita a la analista en temas de vestimenta de la firma Euromonitor, Bernadette Kissane. “Entre grupos de consumidoras millennials e integrantes de la Generación Y es considerado cool usar ropa interior grande, que te cubra buena parte de la cola. Las tangas han tenido su momento”, explicó Kissane. En la misma nota se da cuenta de un estudio de la encuestadora NPD que explica que, en 2014, en Estados Unidos, las ventas de tangas bajaron en 7%, mientras que las de bombachas de más amplia cobertura crecieron en 17%. En una nota de 2016 del diario británico The Guardian, que también analiza si aún se siguen comprando las tangas, la directora de diseño de lencería de Marks & Spencer explicó que se ve una reducción en la compra de esta forma de bombachas. “Menos de una de las diez bombachas que vendemos es una tanga”, dijo Soozie Jenkinson.

    En Estados Unidos, hace tres años, dos amigas en sus 20 fundaron la marca de ropa interior Me and You. La firma de Julia Baylis y Mayan Toledano fue furor entre las mujeres de su generación y su mayor hit es una bombacha blanca de algodón —lo suficientemente grande como para cubrir toda la cola— con la inscripción Feminist. “La mayoría de la lencería está diseñada para agradarle al hombre. Para nosotros eso ni siquiera está en consideración. Esta ropa interior es para que la uses solo vos. Tal vez nunca nadie la vea o tal vez subís una foto en Instagram para compartirla con todo el mundo que te conoce”, dijo Baylis en The New York Times. De hecho, así sucedió, pues la belfie (la selfie de la parte de atrás del cuerpo) de las bombachas estilo abuela de Me and You se popularizó en las redes.

    El auge de la ropa interior feminista aún no ha llegado al Sur. Habrá que ver si aquellas bombachas que nos remiten a nuestras abuelas y por ende nos parecen lo menos atractivo del mundo calan hondo en nuestra cotidianidad y desbancan a la tan celebrada tanga.

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    Hay un razonamiento recurrente entre las integrantes del sexo femenino de cola grande o más suculenta de lo que querrían: cuanto más la tape, mejor. Pues no. Dicen las que saben, Loreley Turielle, de Srta Peel entre ellas, que las bombachas grandes (los culottes, por ejemplo) generan que haya más tela y eso, evidentemente, abulta más. Por ende, la cola luce más grande todavía.

    Hay que prestar atención también a la curva de la parte trasera de la bombacha. “Visualmente, la curva hace que la cola te quede más redondita”, dice Turielle. Igual que los costados más finos. Esto es para aquellas que se niegan a usar tanga, que, aunque cueste asumirlo, es lo que beneficia más. Beneficia también a las mujeres que tienen poca cola. Y el culotte que suele ser ese aliado de la comodidad termina siendo beneficioso solo para las mujeres que tienen la fortuna de contar con esas colas que todas envidiamos.

    Para las más bajitas, lo ideal es un modelo cavado que no tiene por qué ser ni una colaless ni una tanga.

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    2017-06-29T00:00:00