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El abanico es tendencia en Uruguay: despojado de viejos prejuicios, vuelve más democrático y diverso

Objeto utilitario y accesorio de moda, el abanico regresa con nuevos aires

Editora de Galería

Jueves 18 de diciembre, fiesta de fin de año de la empresa. Noche de verano, más de 30 grados de temperatura y unas 50 personas reunidas en un espacio en el que no corre el aire. Tres de ellas corren con ventaja: están armadas. Llevan un dispositivo poco habitual. ¿Anacrónico tal vez? Revolucionario, incluso, en una noche en que aceptar los sofocos parece ser el estado general. Hay inventos que no se superan con el tiempo y me atrevo a decir que esta pequeña pantalla a tracción humana generadora de viento es una de ellas: el abanico.

Pasó su temporada de crisis cuando se lo reconocía como un vestigio del pasado que solo utilizaban las abuelas. Los materiales más costosos del mercado con el que solían confeccionarse —sedas, encajes, bordados, nácar, brillantes— dieron paso a otros más económicos y a la mano, que le han devuelto la vida a una industria que comenzaba a decaer. Basta hacer una búsqueda rápida en Mercado Libre para tener un pantallazo rápido de la variedad de opciones disponibles.

El abanico hoy es más que olor a madera de sándalo, recuerdos de Loco Mía y tienda de baratijas chinas. Este accesorio utilitario retoma su función decorativa en las casas y en la moda. Se lo empieza a ver, en sus versiones de mayor tamaño, en fiestas de música electrónica; y en pequeño formato, básicamente como compañero fiel en cualquier sitio, si el calor acecha.

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Rossy de Palma y Sofía Reyes en la presentación de la colección Flamencaba, de Christian Louboutin.

Rossy de Palma y Sofía Reyes en la presentación de la colección Flamencaba, de Christian Louboutin.

James McAvoy Met gala 2023 AFP
James McAvoy en la gala del Met de 2023, en homenaje a Karl Lagerfeld.

James McAvoy en la gala del Met de 2023, en homenaje a Karl Lagerfeld.

Los primeros

El abanico es uno de los complementos femeninos más arraigados. Su uso se extendió en los ambientes cortesanos de mediados del siglo XVIII hasta finales del siglo XIX.

Pocos objetos han tenido tanto significado social y reflejan de manera detallada la evolución del gusto. Desde la antigüedad, todas las culturas han utilizado diferentes tipos de abanicos y, por lo general, eran un símbolo ceremonial y de estatus.

En contra de lo que pueda pensarse, es un elemento relativamente nuevo: solo tiene 5.000 años de historia. China y Japón se disputan su invención, inclinándose la mayor parte de los investigadores por este último país. Sin embargo, la creación del abanico plegable se les atribuye a los coreanos, que lo exportaron luego a China, donde ya existían los paipai (un abanico rígido de palma en forma de pala y con mango).

Los primeros testimonios sobre su uso se remontan a los encontrados por los arqueólogos en los bajorrelieves y pinturas egipcias. En ese entonces cumplía más de una función: se usaba para refrescar y también para espantar las moscas.

Se cuentan dos teorías sobre cómo el abanico plegado, el tipo más común actualmente, hizo su aparición en el viejo continente. Existe la creencia de que fueron los descubridores quienes los trajeron de sus expediciones a España, Italia y Portugal. Sin embargo, según los últimos estudios, habrían sido los misioneros de la Compañía de Jesús los primeros en traerlos.

Abanicos_3 EFE

En el siglo XVI los abanicos plegados fueron muy bien acogidos por las cortes europeas y la nobleza de España, Francia, Portugal e Italia. En Francia, la encargada de ponerlos de moda fue Catalina de Médici, quien popularizó entre la realeza y aristocracia un tipo de abanico de gran lujo y elaboración. Los más finos llevaban piedras y metales preciosos acompañados de sedas y tafetanes italianos.

Su uso se extendió por toda Europa en el siglo XVII y, poco después, también en América. El siglo XVIII fue su época de mayor esplendor: llegó a ser un complemento indispensable para las damas de aquel tiempo y de la burguesía, y se popularizó entre todas las capas sociales.

Hasta principios de siglo XX y después de la Primera Guerra Mundial, el abanico era un elemento imprescindible del ajuar femenino; un objeto de regalo por parte del novio a la futura esposa.

Piezas de joyería

En España y Latinoamérica hay constancia del uso de abanicos desde finales de la Edad Media, aunque son escasas las noticias sobre su fabricación hasta el siglo XIX. La mayor parte de los abanicos eran importados, procedentes de Francia, Italia y de Oriente.

Algunos investigadores han defendido la existencia de una escuela española, y no resulta extraño que así fuera por la popularidad que alcanzó este pequeño y original complemento. La vinculación del abanico con lo español tuvo su auge en el Romanticismo.

En Francia, durante los reinados de Luis XIV y Luis XV, llegaron a ser complementos y testimonio del mayor lujo. Papel de China, tafetán de Florencia, vitela y cabritilla española e, incluso, oro y diamantes realzaban el diseño de algunas piezas.

La manufactura de abanicos se hizo extraordinariamente especializada y refinada, alcanzando un alto grado de sofisticación en la manipulación de materiales tan delicados como el nácar, la madreperla, el marfil, las maderas preciosas, las aplicaciones de encaje o las sedas.

Reina Maxima - Casa Diego
La reina Máxima de Países Bajos con un abanico de Casa de Diego, la tradicional tienda de abanicos ubicada en la Puerta del Sol, en Madrid.

La reina Máxima de Países Bajos con un abanico de Casa de Diego, la tradicional tienda de abanicos ubicada en la Puerta del Sol, en Madrid.

Entre los abanicos más antiguos, la variedad de estampas representadas son numerosas: escenas alegóricas, mitológicas, de costumbres amorosas, galantes, pastoriles, literarias, musicales, políticas de acontecimientos históricos y efemérides, retratos y paisajes.

Los abanicos hablan

El abanico tuvo su propio lenguaje, un método de comunicación y flirteo muy habitual en épocas pasadas que en la actualidad se ha perdido. Las damas expresaban sus anhelos­ y frustraciones a través de este accesorio, protagonista de conjuras y encuentros. La orientación del abanico y la forma de sujetarlo revelaban a nuestros antepasados si eran correspondidos en sus sentimientos.

Mujer joven con abanico
Mujer joven con abanico, de Pietro Antonio Rotari (1750).

Mujer joven con abanico, de Pietro Antonio Rotari (1750).

En una época en que la capacidad de una mujer para entablar una conversación con un hombre era más que limitada si no quería provocar habladurías, el abanico se transformó en su medio de expresión más discreto. El movimiento del abanico se convirtió así en un lenguaje secreto que mostraba el enojo, la negativa, la promesa, la amenaza o el perdón. Pero el mensaje no se enviaba únicamente a través del movimiento: el color y la calidad también formaban parte del diálogo.

Para decir “sí” a algo, las mujeres apoyaban el abanico sobre la mejilla derecha, para decir “no” sobre la izquierda y, si estaba inquieta o impaciente, podía dar reiterados golpes sobre un objeto: si los efectuaba sobre su mano izquierda, estaba pidiendo “ámame”. Si no quería suplicar pero sí comunicar un “te quiero”, debía cubrirse los ojos con el paisaje del abanico; pero si además de los ojos se cubría el resto del rostro, podía estar intentando alertar al otro sobre la posibilidad de estar siendo espiados. Dependiendo del contexto, esta misma acción podía significar “sígueme cuando me vaya”.

En el código de este lenguaje amoroso, abanicarse muy despacio podía significar “me eres indiferente”. Agitarlo rápidamente, en cambio, habría querido decir “te amo con intensidad”.

Abrir y cerrar el abanico con ímpetu podía significar “eres cruel” y, si se dejaba caer al suelo, se entendía que la dama quería demostrarle al objeto de su amor que ella le pertenecía. En el caso de que el abanico no estuviera del todo abierto y lo apoyara sobre su boca, estaba autorizando al caballero a que la besara.

Los mensajes encriptados siguen: pasar el dedo índice por las varillas era “tenemos que hablar”, quitarse con el abanico cerrado lo cabellos de la frente era “no me olvides”, abanicarse con la mano izquierda “no coquetees con esa”, salir al balcón abanicándose era “saldré luego” y entrar en la sala cerrando el abanico significaba “hoy no saldré de casa”.

Arrojar el abanico era el equivalente a decir “te odio” u “olvidate de mí”.

Frescura para todos

El retorno del abanico parece querer involucrar (tímidamente) a los hombres. En las fiestas de música electrónica, no es raro verlos abanicándose con maxiabanicos que se diseñan expresamente para esas raves. Fuera de ese contexto todavía no es frecuente. Una nota reciente publicada en la revista de moda y tendencias masculinas Icon, de El País de España, citaba a Javier Llerandi, gerente de la famosa tienda de abanicos ubicada en la Puerta del Sol, en Madrid, Casa de Diego, cuando decía que “lo más normal es que los señores se lo quiten a sus novias o amigas cuando lo necesitan. Son puros estereotipos”.

Sin embargo, sí existen abanicos “masculinos” que recurren a materiales como el cuero y los diseños más sobrios en tonos tierra para desasociarlos de su carácter intrínsecamente femenino. Esta tienda en particular, que confecciona abanicos para reinas y princesas, fabrica también abanicos especiales para hombres, y los hace más pequeños, de 18 centímetros, para que quepan en el bolsillo de la chaqueta.

La marca de lujo Brokinez, también española, diseña y elabora abanicos premium para hombres. “Seamos astutos y llevemos un abanico a una boda”, incita la tienda en una publicación de instagram.

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Nalú abanicos.

Nalú abanicos.

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VDamiani.

VDamiani.

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Caos.

Caos.

Aunque más democratizado en su accesibilidad, el abanico sigue siendo en algunos casos un objeto de diseño, una pieza de arte. Aunque no dominemos los códigos de lenguaje antiguos del abanico, como todo accesorio que se suma a un outfit, el abanico dice algo.

En Uruguay, hay opciones de todos los precios y diseños. Desde los de 250 dólares que pueden encontrarse en tiendas de José Ignacio hechos en cuero, hasta los de varillas plásticas y motivos florales en tela sintética de 100 pesos. También hay personalizables en madera de sándalo a 220 pesos, y de encaje a 4.100; de madera a 950, con cuerina y bambú a 1.200, con brillantina a 250 y con estampas de Uruguay a 160. Algunos ofrecen la opción de adquirirlos con soporte de hierro o madera; una forma de lucirlos en modo estático.

A partir de EFE y otras fuentes

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