Esa misma preocupación es compartida por la psicóloga Silvana Sottolano, que no tiene dudas de que “vivimos en una sociedad cada vez más individualista”, de “egocentrismo exacerbado y narcisismo absoluto”, en la que “se aplaude al que no necesita nada”. “La mirada del otro, que antes tenía un peso más grande, ahora está situada en otros lugares: en el éxito, la eficiencia, pero ya no en la entrega. El que necesita a otro se visualiza como carente”, manifiesta. Apunta que si bien parece que hubiera muchos proyectos comunitarios que se muestran a través de las redes sociales y otros medios, la realidad indica lo contrario. “Uno ve que muchos de ellos no se concretan, porque hay una necesidad de falso self —es decir, de presentarse al mundo con ciertas máscaras o fachadas—, que incluye la preocupación por el otro. Hay un doble discurso permanente. Me importa todo pero termina no importándome nada”.
Neoindividuos
Primero, lo primero: el individuo como tal no es una realidad empírica, sino una construcción cultural, explica el antropólogo social Nicolás Guigou. O sea que no nacemos individuos, sino que nos convertimos en tales según el contexto en el que nacemos y vivimos. En ciertas culturas, los humanos no se conciben como individuos aislados, sino como parte de su comunidad o su familia. “El individuo es una producción específica de las culturas occidentales y tiene que ver con la idea de autonomía en relación con los demás, y a cualquier orden trascendental. Posee racionalidad; por lo tanto, puede elegir, seleccionar, y es dueño de su propio destino”.
Por su parte, el filósofo Javier Mazza explica que el fenómeno del “individuo en el foco del desarrollo social” aparece en la modernidad tardía o posmodernidad: “Sobre todo a mitad del siglo XX, aparece muy marcada la idea de que quienes cinchan del carro de la cultura son los individuos, pensando en sus individualidades”. En ese período surge algo “un poquito más profundo que el individualismo”, que para Mazza es “una nueva visión de la responsabilidad del individuo como agente de cambio y motor de la cultura”. Esa cultura promueve la concepción de que cada una de las personas son relevantes para el desarrollo de un país, del Estado, del planeta, mientras que “en el gran esquema del mundo del pasado” predomina la idea de que una persona, para el mundo, es insignificante.
Ahora, las sociedades de individuos no han sido necesariamente individualistas. La libertad de elegir y la racionalidad se han acompañado siempre de ingresos a agrupaciones y estructuras sociales de diferente tipo: política, comunidades afectivas y espirituales, cámaras empresariales, sindicatos, clubes, explica Guigou. “Por ejemplo, universidades de Estados Unidos te suman puntos si hacés trabajo social. Eso no es contradictorio con el hecho de que sea una sociedad generadora de individuos”, apunta. Del mismo modo, la Revolución francesa o la Reforma inglesa, si bien generaron una mitología del individuo y de las libertades individuales, también lo hicieron con diferentes formas de fraternidad. En resumen, la construcción histórica del individuo “es la piedra angular de la democracia liberal”.
Sin embargo, considera que actualmente se vive un “individualismo extremo” que está socavando las bases sobre las que se construyó el individuo clásico occidental. “Le llamaría neoindividuo contemporáneo, que trata de salirse de esos compromisos sociales, de formas de fraternidad. Que está absolutamente autocentrado”.
“Caímos en excesos de autoritarismo, de hacer por deber y quedarnos en trabajos que no gratificaban. Y hoy por hoy, el compromiso escasea, así como el tiempo y la paciencia que lleva construir una relación, permanecer. Las resignaciones mínimas ya se viven con un peso imponente, con un ¿por qué?, ¿para qué?”, apunta Sottolano.
Tanto Guigou como Sottolano entienden que la pandemia aceleró un proceso que ya venía en marcha, relacionado con la revolución tecnológica. El antropólogo recurre a una imagen que bien podría haber inspirado un capítulo de Black Mirror o al futuro visto desde los años 60 en Los supersónicos: dice que es la primera vez en la historia de la humanidad que se percibe “un individuo urbanizado rodeado de una cantidad de prótesis, herramientas tecnológicas que hacen que en principio no precises mucho a los demás”. En esta era hiperconectada, las formas clásicas de fraternidad, de compartir con un vecino, un compatriota o directamente un contemporáneo se están desdibujando. “Por eso el mundo se está volviendo tan frívolo en relación a la destrucción. El nivel de afectación se reduce al mínimo”, indica. Y agrega: “La vulnerabilidad del otro no me afecta, y yo no me doy cuenta de que soy vulnerable también, porque vivo en una cápsula tecnológica y puedo transitar por la vida con niveles de previsión”.
En la misma línea, Sottolano habla del peso de la comunicación a distancia acelerado por la pandemia, al punto de tener consultas médicas por internet o trabajar desde casa, a veces sin intercambio presencial alguno con compañeros. “Creo que hay una crisis de proyectos comunes, desde el proyecto más chiquito de decirle a alguien ‘te escucho’ o ‘te cuento algo que puede ayudarte’ o ‘me importa lo que te pasa’. Estamos con esa dificultad”.
La psicóloga entiende que este individualismo surgió, en parte, como reacción a viejos modelos de relacionamiento o “deber ser”, aunque no se traduce en “construcciones novedosas”, sino más bien en autoexigencia y en una fantasía de poder con todo. “Caímos en excesos de autoritarismo, de hacer por deber y quedarnos en trabajos que no gratificaban. Y hoy por hoy, el compromiso escasea, así como el tiempo y la paciencia que lleva construir una relación, permanecer. Las resignaciones mínimas ya se viven con un peso imponente, con un ¿por qué?, ¿para qué?”.
Como consecuencia, dice Sottolano, en el espacio terapéutico aparece “una gran soledad”; esencialmente, a la hora de construir una nueva realidad sostenida en el individualismo. “Hay mucho temor a perder la chacrita de uno, como si relacionarte con otro fuera una amenaza a lo logrado por uno”.
Para bien o para mal
Si bien el individualismo es innegable, para el filósofo Javier Mazza, cabe hacerse dos preguntas. Primero: ¿es este el único fenómeno sociocultural emergente relevante? Segundo: ¿tiene necesariamente una connotación negativa? “No te puedo decir si hay más o menos egoísmo, pero que esté preocupado de cosas que me conciernen a mí no quiere decir que me despreocupe de las cosas que le conciernen al otro”, indica.
Por otra parte, asegura que “lo que sí hay es un espacio público que genera un predominio de las expresiones de las individualidades”. Basta con abrir Instagram, TikTok, Twitter, para “asistir a un concierto de expresiones individuales”, cada una preocupada por expresarla. “Lo que emerge es un mosaico de expresiones que te hablan de muchas personas distintas que dicen cosas distintas. Lejos de haber una mirada, hay 5.000 miradas”. Ahora, esto se complejiza cuando se suman los algoritmos y sus filtros por gustos y afinidades. “Matemáticamente se privilegia que vos veas esas individualidades que son muy afines a la tuya”, subraya.
La propia dinámica de pensar la salud mental en términos individuales puede no considerar las dimensiones que trascienden al individuo. A esto se refiere Guigou: “Otra enfermedad del individualismo es pensar la solución por los problemas que afectan al individuo, cuando muchos de estos problemas, aunque sean individuales, están construidos de diferentes órdenes”.
De todas maneras, entiende que este cultivo de individualidad convive con preocupaciones por dilemas y búsqueda de soluciones colectivas. Un ejemplo, dice, es un influencer que, preocupado por determinada causa, cultiva su perfil individualista y tracciona su marca personal, al tiempo que vierte preocupación sobre temas que le incumben a un colectivo de personas.
Desde el punto de vista de Guigou y Sottolano, el impacto del individualismo actual parece estar claro, y no tiene tintes necesariamente positivos: desde la falta de compromiso y entrega y la consecuente soledad hasta la desafiliación de la democracia y prescindencia de estructuras políticas que, explica Guigou, “costaron tanto sufrimiento y luchas a la humanidad”.
Pero también deja en evidencia otros problemas estructurales: la propia dinámica de pensar la salud mental en términos individuales puede no considerar las dimensiones que trascienden al individuo. A esto se refiere Guigou: “Otra enfermedad del individualismo es pensar la solución por los problemas que afectan al individuo, cuando muchos de estos problemas, aunque sean individuales, están construidos de diferentes órdenes”. Como ejemplo, menciona el suicidio, que si bien es una decisión individual y multicausal, al indagar los casos aparecen determinantes sociales, culturales, familiares y grupales.
Para el antropólogo, urge en la actualidad preguntarse por la necesidad del otro, sin precisarlo en términos de utilidad. “Somos seres gregarios que hemos vivido millones de años los unos con los otros. Hemos hecho guerras, nos hemos matado, pero también hemos cooperado muchísimo, si no, no hubiéramos salido adelante como humanidad”.
A pesar de observar el impacto, Guigou confía en los recursos de la humanidad para equilibrar este fenómeno. “Con los avances que tenemos, podríamos llevar una vida mucho más tranquila, menos tensa”.
Mazza entiende que no se trata necesariamente de desinterés por asuntos colectivos, sino de nuevas expresiones y modos de preocupación. “Sería rarísimo ver este ecosistema nuevo pero expresarte de la misma manera de hace 50 años”. Dice que si existe únicamente un fenómeno de preocupación por la individualidad, “estamos fritos”. Pero no cree que así sea.
Para lo comunitario, dice Sottolano, se necesita un hueco, un espacio cada vez más difícil de encontrar entre tanta autoexigencia. “No hay mucho lugar para ese hueco que implica conectar con otro. Se construye en grupo. Tenemos que seguir creyendo que se puede en común; hay que volver a apostar al compromiso: con la palabra, con el dolor del otro, con la alegría, el compromiso de compartir”, indica.
Mientras creemos que podemos con todo, tal vez el mayor desafío —o la verdadera revolución— sea, justamente, encontrar ese hueco que, valga la redundancia, nos encuentre con otros.