Exploración sin manuales
El juego es una actividad que, por su naturaleza, no necesita de grandes artilugios. Cuanto menos delimitada sea la función de un juguete, mayores son las posibilidades que puede abrir. De alguna forma, delimitar el uso de un juguete iría en contra del acto de jugar, ya que es el niño quien decide, en su imaginación, qué vida le dará a ese objeto, plantea Karen Kühlsen, magíster en Ciencias Humanas y una de las responsables de la investigación Juegos y juguetes en Uruguay (realizada entre 2019 y 2023): “Lo central es que quien le da vida al objeto es el niño. Es quien va a operar sobre ese objeto de manera simbólica, otorgándole determinada característica, lugar y vida a ese objeto que puede ser una piedra, un palito o un juguete muy sofisticado al que puede no darle el uso prescrito, sino que le otorga otros usos; lo destripa”, subraya.
Alcanza con remontarse al origen mismo del juguete para comprender esa idea. Kühlsen cita al filósofo Walter Benjamin, quien en su análisis profundo acerca del juego comparó a los niños con clasificadores: históricamente, los niños tomaban objetos abandonados por el mundo adulto, les encontraban valor y les daban una nueva vida a través del juego, una actividad que, para Benjamin, no es más que la experimentación y la liberación alejada de la utilidad y el imperativo de la producción capitalista.
Con el tiempo, el juguete entró en el universo de las mercancías y se estandarizó. Como prácticamente cualquier otro producto, la oferta se empezó a diversificar y a segmentar cada vez más; así como ya no existe un único tipo de leche, sino que hay casi tantas variedades como personas, los juguetes se dividieron cada vez más según las distintas edades, los géneros, las etapas, las habilidades y hasta los objetivos.
Los juguetes se sofisticaron, pero la esencia del juego no cambió.
Los juguetes se sofisticaron, pero la esencia del juego no cambió. En ese sentido, el psicólogo y docente especializado en educación Marcelo Aguirre parte de la base de que, al hablar de juguetes, “menos es más”, y que cualquier juego, sin importar su nivel de sofisticación, tiene funciones y fines “claves para el desarrollo”. Para explicarlo, plantea una escena muy recurrente: que a un niño se le regale un gran juguete y termine jugando más con su paquete o caja que con el objeto mismo. Un juguete, dice, “puede ser cualquier objeto” y “lo que importa es la función lúdica que se construye a través de eso”. “Los niños, sobre todo en la primera infancia, son investigadores, exploradores. Están todo el tiempo experimentando: ‘¿Qué es esto? ¿Cómo funciona?’. Lo mejor es generar las condiciones para que eso suceda. Eso lo hacen solos; nosotros no tenemos que intervenir tanto”, agrega.
Por eso, para Aguirre la hiperespecificidad presente en tantos juguetes actuales puede “recortar la imaginación” y, por lo tanto, la capacidad de jugar.
Transferencia adulta
Apenas empieza a caminar —o incluso antes— y el niño de hoy ya tiene gimnasio, teléfono de juguete bilingüe, juegos de memoria, libros educativos. El tiempo para jugar es cada vez más limitado, los espacios para jugar son cada vez más chicos y, al mismo tiempo, los “llenamos de objetos”, señala Aguirre. Como si ese tiempo tuviera que ser aprovechado de manera productiva.
El auge de las neurociencias tiene mucho que ver en todo esto, ya que a partir de sus investigaciones es posible conocer el impacto directo de ciertos estímulos en el cerebro y el desarrollo cognitivo del niño. Y su fusión con el marketing resultó determinante a la hora de diseñar productos que prometen optimizarlo todo. ¿Para qué solo jugar si un niño puede jugar y al mismo tiempo aprender a sumar o a recitar nombres de animales en inglés? “Hay un tema de mercado, sin duda. Parece que, si no adquirís el último juguete que desarrolla determinada cuestión, el niño no la va a desarrollar. Eso incluso muchas veces puede ir en detrimento del desarrollo esperado de niños y niñas”, sentencia el psicólogo e investigador en educación.
Para Kühlsen, por su parte, la especificidad actual de los juguetes no responde solo a estrategias de mercado, sino que viene acompañada de una creciente mirada pedagógica y psicológica sobre la infancia, que clasifica sus necesidades y capacidades según su edad. La industria, a la vez, toma ese conocimiento científico para justificar las funciones de cada uno de sus productos. “Hoy se ve eso exponenciado. Entramos a una juguetería y tenemos una distribución de juguetes para unos meses, un año, hay cada vez mayor segmentación, lo que a nuestro juicio tiene cierto carácter ilusorio. ¿Por qué no podría un niño leer una novela?”, añade la especialista.
Como es lógico, el mercado de los juguetes se construye para agradar o atraer a los adultos antes que a los niños, y tanto el auge del neuromarketing aplicado a este sector como la demanda creciente de juguetes muy especializados hablan mucho más del mundo adulto que de los niños que reciben estos objetos.
Muchos padres piensan en los juguetes cada vez más como una inversión; el niño “juega” y, de paso, va adquiriendo las habilidades que serán cruciales para su futuro, tanto escolar como laboral, una lógica que abre un debate sobre la crianza moderna en tiempos de hiperproductividad. Muchos padres piensan en los juguetes cada vez más como una inversión; el niño “juega” y, de paso, va adquiriendo las habilidades que serán cruciales para su futuro, tanto escolar como laboral, una lógica que abre un debate sobre la crianza moderna en tiempos de hiperproductividad.
Por un lado, muchos padres piensan en los juguetes cada vez más como una inversión; el niño “juega” y, de paso, va adquiriendo las habilidades que serán cruciales para su futuro, tanto escolar como laboral, una lógica que abre un debate sobre la crianza moderna en tiempos de hiperproductividad. Para Aguirre, “pareciera que cada vez más tempranamente es necesario que la actividad o el tiempo sean productivos, que tengan un fin específico”, lo que plantea el riesgo de “acortar la infancia”, al presentarse objetos que ni siquiera son realmente juguetes, y que se orientan a las necesidades del mundo adolescente o adulto.
Además, imponer a los niños que jueguen con un fin determinado prácticamente arruina la esencia misma del juego. El juguete debería ser un mediador del juego, “una apoyatura para darle más rienda suelta a la creatividad, o a la imaginación”. En ese sentido, a la hora de elegir uno es válido preguntarse “cuánto abre o cuánto cierra” ese juguete a la imaginación inherente a la infancia. Luego, por más funciones que tenga, será el niño quien decida cómo y cuándo jugar con él, mientras que el adulto se limitará a desarrollar las condiciones para que esto ocurra, o sea, a darle tiempo y espacio. Este es, sin embargo, uno de los mayores desafíos. Si los cuidadores tienen baja tolerancia a la frustración y al aburrimiento, si les cuesta poner atención al momento presente y les resulta imposible darse espacio y tiempo a sí mismos, posiblemente terminen trasladando estas dificultades a la crianza. “La frustración pareciera ser un problema para el mundo adulto, o el aburrimiento, cuando en realidad es una función supernecesaria para desarrollar la creatividad, la atención y nuevos sentidos. Los adultos estamos teniendo una dificultad con eso, y lo trasladamos a las infancias”, sostiene Aguirre.
La idea de “menos es más” no solo aplica al nivel de sofisticación y especificidad de los juguetes, sino también a la cantidad, propiciada por un mercado de juguetes cada vez más accesibles y que, por ende, pueden asumir el estatus de “descartables”, plantea Kühlsen: “Antes, una muñeca era mucho más cuidada, conservada. Podríamos pensar en cómo se establece una relación con objetos que toman ese carácter (de descartables)”.
Al final, todo es mucho más simple de lo que el mundo de hoy parece plantear. Mientras el mercado bombardea con juguetes bajo la premisa de ser “necesarios” para el desarrollo el niño, los especialistas abogan por recuperar el valor insustituible que tiene el juego libre, que muchas veces ocurre cuando el adulto menos lo espera: en una sala de espera un niño puede transformar una revista en un avión; en un apartamento lleno de juguetes, el niño encuentra justo en una olla la batería que estaba necesitando para su concierto ante espectadores imaginarios, y en cualquier jardín será capaz de convertir un arbusto en un palacio. “El aburrimiento puede generar las condiciones para hacer algo posible, inventar”, dice Kühlsen.
Y así, sin planteárselo, se desarrolla lo que ningún juguete educativo puede replicar, desde la regulación emocional ante el aburrimiento y la frustración hasta la autonomía y la ilimitada creatividad de hacer un paréntesis en el mundo real y adentrarse en cualquier fantasía.