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Martín Otheguy, escritor: “Estamos seteados casi que evolutivamente para narrar y escuchar historias”

En su último libro, Cuentos salvajes, relata las peripecias de algunas especies nativas del Uruguay amenazadas, en un trabajo que tiene mucho de divulgación

Editora de Galería

Martín Otheguy fue niño entre los años 80 y 90. Se perdió en bicicleta por las calles del barrio, jugó con amigos al caer el sol, leyó a Horacio Quiroga, Robert Louis Stevenson y Enid Blyton. Estudió Ciencias de la Comunicación, trabajó en diarios y entrevistó a ministros hasta que viajó a la Amazonia boliviana y volvió pensando en la fauna uruguaya amenazada. De esa inquietud nació su siguiente interés profesional: la divulgación de fauna y ambientes. “Empecé a hacer un poquito de eso en Montevideo Portal y arranqué con un proyecto de un libro que se llamó Mañana es tarde, que al final fueron dos libros y dos temporadas de pequeñas piezas audiovisuales. Arranqué por ahí, después seguí y ya no paré”, cuenta a Galería.

Además de dirigir Gigantes, el diario mensual impreso para niños editado por la diaria, ha escrito varios libros para público infantil y adolescente. Su última publicación, Cuentos salvajes, reúne cinco relatos protagonizados por animales nativos (zorros, culebras, tatúes); historias que encontró haciendo su trabajo de divulgación; historias que le habían parecido “increíbles” y que son el trasfondo para narrar las amenazas que sufren los animales. Lo que hace Otheguy en el libro ahora se llama xenoficción: un género en el que la voz narradora no es humana. Acá las historias las cuentan los propios animales.

En Cuentos salvajes confluyen el interés de Otheguy por la divulgación, la necesidad de relatar los problemas de los animales y las ganas de hacer algo actualizado en temas de conservación; todo orientado a personas a partir de ocho años.

Acabás de publicar el libro de relatos para niños Cuentos salvajes, pero tu interés por la fauna nativa viene desde hace mucho tiempo. ¿Cómo se dio tu inclinación periodística hacia esos temas?

Me pasó que en 2015 mi hermano me invitó a ir a un viaje a Bolivia, a la selva, con mi sobrina y la mamá. Quedé deslumbrado; fuimos en medio del Amazonas, había bichos por todos lados. Además, me llevé un libro que hablaba sobre dos personas que van a buscar animales amenazados por todo el mundo, y me quedé tan entusiasmado con el libro y con todo lo que vi que dije: “Quiero volver y ver qué pasa con la fauna de Uruguay, la fauna amenazada”. Eso me llevó por un mundo al que ahora me dedico. Me fascinó. Yo estaba medio cansado ya del periodismo en ese momento, llevaba muchos años trabajando en Montevideo Portal y en otros sitios también. Cubría de todo un poco; empecé cubriendo cultura, pero después cubría política y sociales. Esto me mostró un mundo que quería investigar, quería hacer periodismo de eso, porque me daba cuenta de que me daba mucha más satisfacción. Me iba a mi casa y al otro día me despertaba y quería seguir con la nota que estaba haciendo; tener que entrevistar al ministro tal, en cambio, no me producía nada.

¿Qué especies uruguayas te preocupa particularmente que desaparezcan?

Hay algunas que están especialmente complicadas, aunque no estén en el libro. El cardenal amarillo, por ejemplo, es un ave que por el canto y por el aspecto que tiene la cazan mucho. Por lo general, en Uruguay la caza es un problema, pero no es el principal; el principal es la pérdida de hábitat, y muchas veces la contaminación. Pero el cardenal amarillo es una especie que sí tiene un riesgo grande de desaparecer de Uruguay por la caza, porque se vende a 200 dólares. Después está el gato de pajonal, que es el felino más desconocido de Uruguay; se sabe muy poco de él. Justo esos no son protagonistas del libro, porque me interesaba hablar de algunos animales que son comunes pero que tienen mucha mala fama, como el zorro. De hecho, hace dos o tres semanas salió un video de unas personas que matan a uno, y hace tres o cuatro días salió una nota en San José con los productores quejándose de los zorros porque les comen los corderos y las gallinas. Como yo ya sé por las investigaciones que hay en Uruguay que la cosa no es tan así, que los zorros no son tan depredadores de los animales de corral como creemos, me parecía bien que los niños pudieran acceder a una visión un poco más equilibrada de eso, que entendieran por qué los zorros son importantes en los ecosistemas, que dispersan semillas y controlan ratones exóticos que son perjudiciales. Me interesaba contarles a los chiquilines que compartimos este territorio con otras especies, que nosotros acomodamos los ecosistemas para que nos provean de servicios, cosa que también es comprensible porque necesitamos comer y necesitamos espacio, pero eso ha significado un golpe brutal a la biodiversidad del país y del planeta en general. No tenemos conciencia de eso ni intentamos de alguna manera conciliar nuestros intereses productivos con los de los animales. Si esos animales se pierden, se van a perder también servicios ecosistémicos y un montón de cosas que todavía ni siquiera sabemos.

“A la hora de escribir pienso en una suerte de niño imaginario; es una mezcla de los niños que conozco con el niño que fui yo, sabiendo que va a ser imposible que les guste a todos. Hay niños a los que no les van a gustar mis libros o que no les va a gustar leer, pero apelo a un cierto tipo de niño curioso e imaginativo al que le pueden interesar las historias” “A la hora de escribir pienso en una suerte de niño imaginario; es una mezcla de los niños que conozco con el niño que fui yo, sabiendo que va a ser imposible que les guste a todos. Hay niños a los que no les van a gustar mis libros o que no les va a gustar leer, pero apelo a un cierto tipo de niño curioso e imaginativo al que le pueden interesar las historias”

Además de escribir libros infantiles dirigís Gigantes, el suplemento de la diaria para niños. ¿Te llama en particular este público?

Me interesa la curiosidad de los niños, esa sensación de maravilla ante las cosas que los deslumbran, porque yo la tuve también y la intento recrear a través de la lectura. Leyendo libros tengo todavía esa mirada un poco infantil y curiosa sobre las cosas; por eso me dedico a lo que me dedico. Además, los niños te dan un feedback increíble. Me encanta trabajar con niños porque en el periodismo, particularmente ahora que está la cosa tan brava, es como que te refrescás, te sentís renovado cuando laburás con chiquilines. Tienen una mirada muy inocente de las cosas y te devuelven mucho lo que hacés, incluso si no te conocen. Si vas a una escuela a dar una charla, capaz que no saben quién sos, pero son supergenerosos con su tiempo, su atención y te diría que hasta con la admiración hacia alguien que no conocen pero que viene a hablarles a la escuela. Todo eso me da mucha satisfacción. Haber podido tener un trabajo fijo como el que tengo, donde estoy todo el tiempo hablando con chiquilines que me cuentan sobre las cosas que les interesan y que me guían un poco en lo que tengo que hacer, haciendo contenido para ellos, es buenísimo. Me devolvió la fe en el periodismo, que la tenía medio cascoteada, porque se puede hacer periodismo para infancias y se puede hacer periodismo de divulgación que no sea exclusivo para ellos, que te permita hablar con investigadores y contar las cosas que se hacen en Uruguay. Todo ese terreno me parece que está subexplorado; no da mucho dinero y no hay mucha gente dispuesta a invertir en eso, pero me parece que es una apuesta linda.

¿Tenés facilidad para ponerte en los zapatos de un niño? Lo hacés en El final de todas las cosas, tu novela anterior, donde el protagonista es un adolescente de 13 años.

A la hora de escribir pienso en una suerte de niño imaginario; es una mezcla de los niños que conozco con el niño que fui yo, sabiendo que va a ser imposible que les guste a todos. Hay niños a los que no les van a gustar mis libros o que no les va a gustar leer, pero apelo a un cierto tipo de niño curioso e imaginativo al que le pueden interesar las historias. Las historias funcionan o no funcionan, independientemente de que sean en la pantalla o en los libros, desde hace 20.000 años, cuando nos juntábamos alrededor del fuego en las cavernas. Estamos seteados casi que evolutivamente para narrar y escuchar historias, entonces siempre van a funcionar. El tema es hacerlas de tal modo que le resulten atractivas a un niño.

Cuentos salvajes. Aventuras de animales nativos, de Martín Otheguy. Editorial Loqueleo, 176 páginas, 720 pesos.

Cuentos salvajes. Aventuras de animales nativos, de Martín Otheguy. Editorial Loqueleo, 176 páginas, 720 pesos.

¿Qué leías de chico?

Leía a Quiroga porque me parece que en la escuela lo teníamos que leer, pero leía muchas novelas de aventuras. Agarraba también libros viejos: El escarabajo de oro de Allan Poe, La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson. También la saga de Alfred Hitchcock y los tres investigadores, o la saga de Enid Blyton. Algunos eran libros para niños de otros sectores del mundo y los otros no eran específicamente para niños, pero estaban asociados a los chiquilines porque era lo que tenías para leer. Yo leía eso y me fascinaba. Después, cuando tenía 11 años, descubrí la ciencia ficción y eso me cambió por completo. Cuando ya agarré los primeros libros de (Ray) Bradbury, de Arthur C. Clarke o de (Isaac) Asimov me di cuenta de que la literatura podía ser otra cosa.

¿Sos de los que añora la infancia de antes o te gustaría haber sido niño en estos tiempos?

Soy nostálgico. Me parece que había una libertad que hoy no hay. Pero también tenía un montón de cosas malas, obviamente. Me gustaba estar en la calle, andar en bicicleta por cualquier lado y que mis padres no estuvieran al tanto 100% de dónde estaba todo el tiempo, cosa que no pasa ahora. Pero, por otro lado, entiendo perfecto que los tiempos cambian y que no se puede pretender tener la misma infancia repetida a lo largo de todas las generaciones. Estas generaciones tendrán una infancia menos libre en ese sentido, pero probablemente será mejor en otros aspectos; accederán a muchas cosas a las que yo no pude acceder y eso las hará más ricas probablemente.

¿Encontrás en tu infancia alguna semilla de lo que terminó siendo tu vida adulta?

Tengo una muy específica. Cuando era niño y estaba en la escuela —creo que era en sexto— fue un autor a charlar: Alejandro Paternain. Ahora, cuando encuentro un libro de Alejandro Paternain lo compro y me lo quedo, porque me parece un autor que ha desaparecido y es un genio. Él había hecho Crónica del descubrimiento, que era la historia, en vez de los europeos llegando a América a conquistar, imaginando a los pueblos nativos de Sudamérica que llegaban y conquistaban Europa, o sea, descubrían Europa. Era esa mirada inversa que se da mucho en el humor, y era muy gracioso. Él nos alentó mucho a escribir; decía que, si a nosotros nos gustaba escribir, la literatura, que nos animáramos. No me olvidé de eso. Escribí durante un tiempo, lo dejé mucho tiempo antes de volver, pero siempre tenía esa imagen de Paternain diciéndome eso.