Una revolución digital que ya está cambiando el orden político y económico que surgió después de la Segunda Guerra Mundial.
“El Estado social y democrático de derecho (...) está siendo alterado, desestabilizado, transformado y resignificado casi en tiempo real a partir de la Revolución Digital”, sostuvo. Y agregó que esta nueva tecnología se convirtió en “el elemento exponencial de cambio y de transformación al que se somete el mundo y, concretamente, la humanidad”.
Con ella, dijo, también están cambiando el trabajo, la economía, la política, el funcionamiento de las democracias y hasta la identidad de las personas.
Y como ejemplo, el mundo laboral. “El trabajo intelectual le está siendo disputado al ser humano por la inteligencia artificial”, lanzó.
“El impacto que esto tiene no solamente es un impacto en términos cuantitativos en la empleabilidad humana, que empieza a ser constatable, y los datos que se manejan a nivel internacional -empezando por la OCDE o el Banco Mundial, o recientemente en los informes de Davos-, también acreditan que irá desplazando al ser humano en la configuración tradicional del trabajo y también en las expectativas del trabajo futuro que la propia digitalización ha ido generando. Por lo tanto, hay un proceso creciente de marginación del protagonismo del ser humano en su relación con el trabajo, con todo lo que ello implica”, desarrolló.
Una vista general muestra a los asistentes a la feria frente a un letrero de IA en el Centro de Exposiciones de Shanghái durante la Conferencia Mundial de Inteligencia Artificial 2025 en Shanghái, China, el 27 de julio de 2025.
Ying Tang/NurPhoto/AFP
No hablaba solamente del reemplazo de trabajadores. También hablaba de qué pasa cuando una persona trabaja junto con un sistema de IA. “El trabajador que interactúa con una inteligencia artificial no es del todo dueño de la obra que resulta de su acción”, afirmó. Y agregó que, en esa relación, “no está claro lo que es mío, de lo que es suyo, de lo que es de otro y de lo que es de todos”.
Según explicó, esa incertidumbre hace que el valor de ese trabajo deje de quedar en quien lo realiza. Tampoco permanece en la empresa que usa la IA. Termina concentrándose en las grandes empresas que desarrollan los modelos y controlan la infraestructura donde funcionan.
"El modelo de plusvalía está subvirtiendo el fundamento apropiativo que sobre el trabajo intelectual tenía la clase media. Eso está desestabilizando el soporte social de la democracia liberal, lo que explica la propagación de los populismos y la crisis de legitimidad que tiene la democracia liberal. (...) La clase media, que históricamente había sido la aliada de la democracia, en estos momentos se convierte en la cuestionadora de la democracia liberal", afirmó.
Después llevó la discusión a los datos. Recordó que durante la Revolución Industrial el crecimiento económico dependió del carbón, del acero o del petróleo. Con la inteligencia artificial, dijo, la materia prima es otra. “La extractividad que alimenta la inteligencia artificial son los datos humanos”.
Cada búsqueda, cada conversación, cada foto, cada compra y cada click generan datos. “Nuestra propia identidad se descompone en datos y somos valiosos en la medida en que aportamos datos y generamos datos”, afirmó.
Para Lassalle, esa concentración de información explica buena parte del nuevo poder que acumulan las grandes plataformas tecnológicas.
El nuevo poder de las plataformas
Según explicó, el problema no es solamente que unas pocas empresas concentren cada vez más datos sobre las personas. También es que ese poder crece mucho más rápido que la capacidad de los Estados para regularlo.
“Tenemos un poder hipercentralizado alrededor de lo que algunos han denominado un nuevo tecnofeudalismo, que está desapoderando a los Estados de su capacidad soberana. ¿Para qué? Para garantizar la paz social sobre la redistribución de la renta que libera la nueva prosperidad”.
Cree que ese es un debate que todavía no llegó a la política. “Hay una tensión de fondo que nadie está siendo capaz de abordar (...). No está presente en la agenda de la política”, afirmó.
Recordó que durante décadas buena parte del debate público pasaba por los medios de comunicación tradicionales. “Esa realidad se ha roto”, dijo.
Hoy “son las redes sociales las que controlan los contenidos”. Ese modelo, agregó, busca “producir más datos, porque los datos son el fundamento, la materia prima sobre la que se asienta el capitalismo cognitivo”.
Para Lassalle, ahí aparece otro problema. “La polarización destruye el consenso. ¿Y qué consecuencia tiene la destrucción del consenso? La inviabilidad de la ley”.
Una mujer hace un experimento con dispositivo de magnetoencefalografía.
Universidad de Nottingham
De la perfección a los neuroderechos
Sentados alrededor de una enorme mesa de reuniones, los legisladores aprovecharon el turno de preguntas para plantear sus dudas a Lassalle, que fue secretario de Estado de Cultura y Agenda Digital de España y dejó la política en 2018 para dedicarse a investigar el impacto político y social de la IA.
El primero en intervenir fue el diputado Gustavo Salle. Aunque dijo sentirse identificado con muchas de las ideas que había planteado, cuestionó la confianza que el español tenía en el derecho como herramienta para frenar el poder de las grandes corporaciones tecnológicas. También insistió en el origen militar de la IA y en el papel de empresas como Palantir. Después se preguntó qué puede hacer una persona frente a un poder que, según dijo, ya condiciona a los Estados. “Me invade una emoción: la desesperación”, reconoció.
Lassalle respondió que el origen de la IA no puede explicarse solo por su desarrollo militar. “Nace con la idea de que las injusticias del mundo son consecuencia de que el ser humano ha pensado mal, y ha pensado mal porque tiene un soporte corpóreo y una psique que le llevan al error”, afirmó. Dijo que esa idea parte de la creencia de que la tecnología puede corregir los errores del ser humano. “La esencia es ser un producto determinista que pretende darle a la inteligencia humana su perfección. A mí eso, en el sentido literal del término, me parece inquietante”, sostuvo.
Después explicó por qué esa idea le preocupa. “Creo que el ser humano aprende desde el ensayo y el error”, afirmó. Para él, equivocarse también forma parte del aprendizaje. Por eso sostuvo que le preocupa más “ese ADN que está en la lógica de la inteligencia artificial” que su posterior desarrollo militar.
La diputada Nicolle Salle llevó la conversación a la educación. Recordó el Plan Ceibal y preguntó cómo veía el uso cada vez mayor de herramientas digitales e IA en las aulas. Durante su intervención también habló de la recolección de datos de los niños. “Ahora apuntan a recabar datos cognitivos del aprendizaje infantil”, advirtió. Como madre, dijo que le preocupaba que esa información se utilizara para entrenar sistemas de IA.
La comparecencia de José María Lassalle reunió a legisladores de distintos partidos en la Comisión Especial de Futuros
Departamento de Fotografía del Parlamento del Uruguay / Fernanda Aramuni
Lassalle evitó pronunciarse sobre el caso uruguayo. “No conozco el Plan Ceibal. Por lo tanto, sería bastante aventurado por mi parte darle una respuesta precisa acerca de su contenido”, aclaró. Pero aprovechó la pregunta para hablar de los neuroderechos, que buscan proteger la privacidad del cerebro frente al avance de las nuevas tecnologías. Dijo que ese debate ya empezó en países como Chile y en Europa. Como referencia mencionó al neurobiólogo español Rafael Yuste, profesor de la Universidad de Columbia e impulsor de ese concepto.
Para Lasalle, el desafío es preservar “un ámbito de privacidad muy profunda”, vinculado con la manera en que las personas piensan.
“Todo lo que tenga que ver con la cultura de los neuroderechos es un ámbito de investigación y de trabajo que debe nutrir al legislador, forma parte de un ámbito de seguridad jurídica que tiene mucho que ver también con la protección de los datos. No sé si uno debe ser dueño de sus datos, lo que en sí tiene que verse garantizado es en su privacidad y la anonimización que los datos tengan”, enfatizó.
Explanada de la Universidad de la República.
Mauricio Zina / adhocFOTOS
La Universidad frente a la IA
Las respuestas también lo llevaron a hablar de la Universidad. Para Lassalle, tiene mucho para aportar. “Es un espacio que no está separado en el sentido malamente elitista del término de la sociedad. No se podría entender la Universidad sin la experiencia de comunidad con la propia sociedad, y es el lugar idóneo para afrontar como un lap la reflexión sobre el conocimiento que en estos momentos las sociedades necesitan.”, afirmó.
Dijo que la Universidad sigue siendo uno de los pocos lugares donde todavía hay tiempo para pensar estos cambios. “La Universidad tiene que ser un espacio de cooperación, de reflexión y de pensamiento (…) si la inteligencia artificial es algo que quiere ser alguien consciente, pero sin conciencia, el ser humano tiene que aportar la conciencia que la inteligencia artificial no tiene, el sentido del límite que la inteligencia artificial no tiene. La Universidad tiene que reforzar su capacidad para transmitir ese conocimiento”.
También sostuvo que ese desafío no pasa solamente por incorporar más tecnología a las aulas. “Un ingeniero no puede ser solo ingeniero”, dijo. Y enseguida explicó por qué. “Necesita filosofía, necesita historia, necesita literatura, necesita ética”.
El presidente de la Cámara de Diputados, Rodrigo Goñi, escucha la exposición de José María Lassalle sobre inteligencia artificial.
Departamento de Fotografía del Parlamento del Uruguay / Fernanda Aramuni
El lugar de la política
El senador Daniel Borbonet recordó que otras tecnologías también despertaron miedos cuando aparecieron. “Tantas cosas se pueden hacer bien con el fuego, con manipulaciones genéticas (...) La medicina nuclear salva vidas, la bomba atómica, no”, señaló.
Lassalle respondió que el problema no pasa por quién desarrolla la IA, sino por el propósito con el que se la utiliza. "No está en la propiedad de los datos, está en que las aplicaciones sirvan al bien común", afirmó.
El último en intervenir fue el diputado Gabriel Gurméndez. Dijo que había llegado a la comisión “pesimista” después de leer la noticia sobre OpenAI y que, tras escuchar la exposición de Lassalle, seguía sintiéndose igual. Si los ciudadanos podían hacer algo limitando los datos que entregan y la Universidad tenía un papel importante, preguntó, ¿qué les tocaba hacer a los políticos?
Para Lassalle, buena parte de la sociedad siente que algo está cambiando, pero todavía no sabe cómo explicarlo. “Creo que la gente percibe que su relación con lo digital está desestabilizando su mundo, pero todavía no sabe poner la etiqueta de quién es el responsable de que esa desestabilización se esté dando”, dijo.
Por eso, la respuesta tiene que venir desde la política. “Alguien tiene que decir dónde está el bien común que acompaña a la tecnología”, afirmó. Después resumió la idea en una pregunta. “Identifiquemos cuál es el propósito de la inteligencia artificial: para qué la queremos Eso lo tiene que decidir una sociedad democrática”.
Una semana después de la comparecencia de Lassalle, otra empresa de IA volvió a ser noticia. Anthropic informó el viernes 31 de julio que, durante unas pruebas internas, tres de sus modelos accedieron sin autorización a los sistemas informáticos de tres organizaciones debido a un error en el sistema donde estaban siendo probados.
La empresa dijo que suspendió esos ensayos mientras investiga lo ocurrido.