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¿Por qué los interiores de las casas se parecen cada vez más entre sí?

El fenómeno se ha extendido en los últimos años a impulso de los algoritmos, la moda rápida en el sector de la decoración y la inteligencia artificial

Editora de Galería

"Me gusta quedarme en una casa propiamente y no en un Airbnb sin alma”, publicó en sus redes sociales una creadora de contenido en un viaje por África. La imagen mostraba una biblioteca desbordada y algo caótica y, sobre ella, unos cascos de motocicleta. Una escena tan real como, probablemente, poco instagrameable.

Aunque puede parecer un simple comentario, sus palabras resumen un fenómeno que se ha extendido en los últimos años: la homogeneización o globalización de los interiores; en pocas palabras, que las casas se parezcan cada vez más entre sí, sin importar en qué parte del mundo estén. Tonos que van como mucho del beige al gris, mobiliario dispuesto de manera similar, ambientes que parecen siempre listos para una publicación de Instagram, Pinterest o TikTok. ¿En qué momento una casa en el Centro de Montevideo empezó a parecerse tanto a una de Seúl, Bogotá o Copenhague?

Un par de décadas atrás, entrar a una casa promedio se sentía casi como ser testigo de la historia de su habitante. Los espacios solían tener algún sillón heredado, una cortina rara vez a juego, retratos familiares, recuerdos de viajes. Basta con pensar en una típica casa de abuelos, tan acogedora como ajena a la idea de seguir la última tendencia.

El interior de aquellas casas solía perdurar años, incluso décadas, sin grandes modificaciones, y por una razón de la que seguramente ni sus dueños eran conscientes: lo que los rodeaba no era más que una extensión de su personalidad, sus hábitos o el momento de la vida que atravesaban.

Lograr ese nivel de autenticidad, sin embargo, se vuelve cada vez más desafiante entre personas que se inspiran en una misma burbuja algorítmica o, más recientemente, en imágenes creadas por la inteligencia artificial (IA), que, lejos de ser únicas, refuerzan la misma estética que luego se repite en las casas de todo el mundo.

En su ensayo The Aesthetics of Digital Intimacy, el investigador y docente de diseño de interiores en la Universidad de Edimburgo Dave­ Loder plantea el concepto de interior como imagen para referirse a la forma en que los espacios interiores se representan cada vez más como imágenes destinadas a circular en redes sociales. Según Loder, la estética de los interiores está determinada por los algoritmos, que premian ciertos estilos, lo que conduce a una homogeneización del diseño, ya que las imágenes más populares se convierten en las más visibles.

Es una realidad a la que se enfrentan día a día, también, los interioristas uruguayos, asegura la presidenta de la Asociación de Diseñadores Interioristas Profesionales del Uruguay (Addip), Leslie Novick. “Inicialmente se piensa en el interiorismo como una profesión bastante superflua, pero vamos mucho más allá de eso. Uno en los espacios genera emociones, dinámicas de movimiento; estudiás la circulación, quiénes viven, cómo viven”, explica Novick. No es lo mismo diseñar para una persona jubilada de 65 años que para una pareja recién casada o para una familia con hijos y perros. “Uno como profesional trata de guiarlos hacia esa autenticidad y a poder destacar ese espacio para que genere emociones positivas y permanezca”, sostiene.

Una percepción similar tiene Ernesto Figueroa, director general creativo de Estudio Toro. Para el arquitecto, la abundancia de referencias visuales hace que muchos clientes lleguen con aspiraciones casi idénticas, lo que dificulta la construcción de hogares con identidad. “Se repite mucho todo, con muchas soluciones que están de moda. Nosotros tratamos de corrernos un poco de ese lugar”, indica. Eso implica tratar de entender qué hay detrás de esas imágenes: qué es lo que realmente le gusta al cliente, cómo vive, qué cosas tiene, qué quiere conservar, cómo usa su casa, entre tantas otras cosas. “Para mí, el valor está en poder tomar todo eso, interpretarlo y devolverle algo que siga siendo muy suyo, pero que a su vez sea funcional, equilibrado”.

Esta es, sin embargo, una misión cada vez más desafiante en tiempos en los que el cliente promedio “pide la imagen de Pinterest, que es igualita a la de la casa de al lado” o incluso acude al interiorista con una imagen creada por la IA, subraya Novick: “Hay clientes que vienen y te dicen que ya armaron algo con la IA, y es más beige aún. Porque, por otro lado, el uruguayo es muy beige y cuesta muchísimo sacarlo de ahí. Es una lucha continua que tenemos los profesionales, poder darle un poquito más de personalidad y esencia a cada hogar”, comenta.

Más que una casa, un spot

Una persona ya no proyecta su casa solamente para quienes la habitan o visitan, sino también para quienes la miran a través de una pantalla, asegura Loder en su ensayo.

Para Novick, que un Airbnb presente una estética homogénea es lo esperable y está incluso fundamentado, ya que la plataforma busca dar respuesta a un viajero que se mueve por el mundo y no siempre está afín a la idea de hospedarse en una casa que se sienta como la de un extraño. Al igual que en un hotel, el anfitrión comercializa la estadía mediante fotos, y el camino seguro para obtener buenas reseñas suele ser optar por paletas de colores neutros y mobiliario que cumpla un rol estricto, sin objetos que sobren o que parezcan demasiado personales.

En un hogar permanente, sin embargo, el objetivo debería ser prácticamente el opuesto. “Vos diseñás para una persona y no para otra. Tiene nombre y apellido, tiene necesidades. Entonces, cuando esa persona a la que le decodificás un montón de cosas no se permite asimilarlo y aceptarlo, es hasta un poco doloroso. ¿Por qué no preservamos esta mesa de la abuela y la restauramos, en lugar de ir a la mesa de roble claro, lustrado, efecto mate?”, apunta.

En general, quien está diseñando su casa se aferra a la idea de que el color, la textura o la diferenciación le aburrirán al poco tiempo. Se inclinan por una estética homogénea bajo la creencia de que solo así perdurará. Pero la evidencia demuestra todo lo contrario. “En general piensan: ‘ya que invierto, quiero algo que me dure mucho tiempo’. Y cuanto más te identifiques con tu casa, menos te va a aburrir, más te va a gustar y emocionar ese espacio”, subraya la presidenta de Addip y directora de Típico Estudio.

En la literatura académica, esto se conoce como “apego al lugar”: disciplinas como la psicología ambiental o la neuroarquitectura han descubierto que un espacio muy personal garantiza que perdure en el tiempo, ya que se convierte en un refugio que resiste a las tendencias y, por ende, a la necesidad de redecorar­. “Cuando uno tiene la necesidad satisfecha, naturalmente ese estímulo que uno tiene a nivel de redes y de espacios comerciales baja, porque yo ya sé que no necesito más nada, porque el espacio da respuesta a todas mis necesidades y expectativas”, enfatiza.

Pero a veces ni siquiera los datos empíricos pueden con la fuerza del algoritmo.

El mayor villano

Que las casas se parezcan entre sí no es un fenómeno que se limite a la arquitectura o el diseño de interiores. Un artículo de British Vogue de diciembre del 2025 dice que detrás de esto se esconden las mismas razones por las que hay tanta gente que se viste igual, o se ve igual. El algoritmo llegó para uniformizarlo todo. “Es como el mercado de valores. Querés invertir tu dinero en lo último que está de moda mientras la tendencia va en alza, y luego prescindir de ello antes de que se ponga demasiado grimoso”, señaló a Vogue Hobbs Kyle Chayka, autor de Filterworld: cómo los algoritmos aplanaron la cultura.

Esta tendencia a la uniformización que alcanza a los hogares se ve potenciada, además, por compañías como Ikea y la irrupción de marcas de decoración dentro de gigantes de la moda, que se convirtieron en uno de los principales motores de la impersonalización al convertir el diseño de interiores en moda rápida, y ofrecer objetos visualmente instagrameables a precios accesibles tanto en Montevideo como en Madrid o Tokio.

La tendencia a la homogeneización de los espacios se ve impulsada por compañías como Ikea y la irrupción de marcas de decoración dentro de gigantes de la moda, que se convirtieron en uno de los principales motores de la impersonalización.

La tendencia a la homogeneización de los espacios se ve impulsada por compañías como Ikea y la irrupción de marcas de decoración dentro de gigantes de la moda, que se convirtieron en uno de los principales motores de la impersonalización.

Son tiendas que crean colecciones por temporada y que, por si fuera poco, priorizan la apariencia por sobre la durabilidad, lo que empuja a fin de cuentas a renovar el estilo de las casas cada poco tiempo.

“Las tendencias son un villano en nuestra profesión; no hacen a la identidad de las personas”, sentencia Novick. Quien apuesta al diseño de interiores como una inversión a largo plazo, en tanto, suele ser más cauteloso, como si apostar a un terracota o a una trama distinta fuese demasiado jugado para resistir al paso del tiempo. “Pero en realidad no es solo el color; es la identidad. Cuesta mucho encontrar clientes que se animen a ser diferentes al resto, más auténticos consigo mismos”.

Con ellos se hace un trabajo minucioso para crear confianza y que de a poco se vayan animando a un espacio más propio, y que cuente de alguna forma su historia. “Tenemos mucho de interpretar, de ser medio psicólogos. Vas sembrando la semillita y a medida que van cediendo, se van soltando”. Se empieza por un espacio pequeño para que vean el resultado y se avanza, luego, en los distintos ambientes. Con el tiempo, comprueban cómo aquellas decisiones de diseño de las que más dudaron al principio por ser “muy personales” se terminaron convirtiendo en las más valoradas, o en los espacios más habitados.

Ante un público que se presenta cada vez más con imágenes de Pinterest, Instagram o inteligencia artificial como referencias o aspiraciones, los interioristas y arquitectos se enfrentan al desafío de hacer un trabajo minucioso para que sus clientes se animen a crear espacios auténticos.

Ante un público que se presenta cada vez más con imágenes de Pinterest, Instagram o inteligencia artificial como referencias o aspiraciones, los interioristas y arquitectos se enfrentan al desafío de hacer un trabajo minucioso para que sus clientes se animen a crear espacios auténticos.

El objetivo no es que una casa sea extravagante ni que rompa con todas las tendencias. Según Figueroa, de Estudio Toro, “tiene que tener decisiones propias y contar algo de la persona que vive ahí”.

Cuando quien habita la casa se anima a dar un paso más, a buscar lo que necesita y cómo quiere vivir sus espacios, Novick siente que el interiorista “se gana la lotería”. Porque es así como empieza el camino a crear un ambiente que ya no sea para la pantalla o para gustarle a todo el mundo, sino simplemente para que quien lo viva a diario se sienta realmente en casa.