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¿Por qué se activa la sexualidad en verano y preferimos pasarlo solteros que en pareja?

Qué dice la ciencia y lo cultural sobre no vincularse afectivamente durante el verano; un fenómeno que revela las formas de relacionarse modernas

Redactora de Galería

La libido también tiene calendario. Por algo existe el “amor de verano” y no los romances de julio con gripe. De Grease (1978) a Call Me by Your Name (2017), el cine retoma una y mil veces la fantasía de encuentros fugaces que prometen intensidad y caducidad al mismo tiempo. Pero ese fenómeno no se da solamente en las películas.

¿Cuántas veces alguien se puso en pareja justo antes de emprender un viaje con amigos? Y son esos mismos amigos a los que se les escapa comentar: “¿justo ahora vas a ponerte de novio/a?”, como si el mandato de disfrute dejara completamente afuera la idea de compromiso. Así es como empieza a dibujarse la necesidad de una soltería estival.

Un concepto curioso pero nada nuevo. Hace tiempo que se habla del summer shading; la práctica de poner una relación en pausa durante el verano sin una ruptura formal, pero sí con menos mensajes y excusas para no verse. La relación queda suspendida hasta que termina la temporada —si es que vuelve a retomarse—, dejando muchas veces a una de las partes a la deriva entre la confusión y la expectativa (cuando no es algo acordado).

En el extremo opuesto está la cuffing season­: el invierno como tiempo de cucharita, cuando sube la necesidad de compañía. La biología tiene todo que ver. La testosterona no desaparece­ entre mayo y agosto —se mantiene dentro de los valores normales—, pero baja lo suficiente como para impactar en el deseo y en ciertos comportamientos. En cambio, el verano, con más horas de luz, pieles más expuestas­, más movimiento y más encuentros casuales, es como si desinhibiera a las personas hormonalmente. Entonces, la soltería estival es endocrinología pura.

Lo que la ciencia dice

Un estudio clínico realizado en Turquía y publicado por la National Library of Medicine —la biblioteca médica más grande del mundo— siguió durante un año a 80 hombres de Kars, la región más fría del este turco —las temperaturas promedio en pleno invierno rondan entre los -15 y -14 grados Celsius, y en verano entre los 25 y los 30.

El estudio no solamente midió hormonas, sino también algunas variables íntimas, como frecuencia de pensamientos sexuales y cantidad de eyaculaciones. Los resultados dibujaron una estacionalidad clara: en verano, la testosterona promedio subió de unos 360 en invierno a aproximadamente 524 nanogramos por decilitro, los pensamientos sexuales pasaron de 17 a 28 por semana y las eyaculaciones de 2 a 7.

Estos resultados tienen una explicación fisiológica válida tanto en hombres como en mujeres: el frío actúa como una fuente de estrés crónico para el cuerpo, que responde priorizando funciones vitales por sobre el impulso sexual. El hipotálamo–hipófisis–gónada —eje hormonal que regula la producción de testosterona— se retrae y reduce las señales de libido, fantasía y disponibilidad erótica. Es un reflejo de supervivencia compartido con muchas otras especies, en el que no congelarse está por encima del sexo en la lista de prioridades. En cambio, en verano, el frío no supone un problema, y queda energía de sobra para los bajos instintos.

¿Qué le pasa al deseo en verano?

Según explica el psicólogo y sexólogo clínico Andrés Couto, el verano predispone a experiencias más efímeras que duraderas, y a vínculos que privilegian la intensidad por sobre la proyección. No porque las personas se vuelvan súbitamente más irresponsables, sino porque las necesidades afectivas varían según la estación. Y eso es biológico, pero también cultural.

El verano está asociado a la libertad, la juventud y la aventura. Los horarios más flexibles, las vacaciones, la ruptura de la rutina y esa sensación de tiempo expandido favorecen la “improvisación”. Entonces, la idea de compromiso o de construcción de algo estable resulta poco compatible con la lógica de la temporada.

El buen clima favorece la circulación y la interacción con otros. La exposición al sol aumenta la producción de serotonina y dopamina —neurotransmisores asociados al bienestar, la motivación y el placer— y también­ los niveles de vitamina D, que se vinculan con una mayor activación del deseo. Con más energía disponible, el organismo busca estímulos que prometen ser más intensos, más gratificantes y más inmediatos, y también más impulsivos.

Ahora bien, ¿se puede usar al verano como una especie de paréntesis emocional, en el que se suspenden ciertas reglas de la vida cotidiana? El calendario habilita decisiones que en otro momento del año se postergarían; no es solo evitar iniciar vínculos estables durante esta época, sino que algunas parejas se toman un tiempo y otras hasta precipitan la separación.

La dimensión cultural del fenómeno legitima esto. El verano opera como una excusa socialmente aceptada para no comprometerse demasiado; no se trata necesariamente de un rechazo consciente al amor, sino de una evitación del vínculo profundo en favor de experiencias más livianas, exploratorias, y menos demandantes.

verano pareja sexualidad

A ese clima se suma la percepción de abundancia. Más salidas, más circulación, más cuerpos en escena generan la sensación de que hay más opciones disponibles. Y cuando el menú parece infinito, el compromiso pierde atractivo. Las posibilidades de hacer match con alguien (hasta sin quererlo) son estadísticamente más altas que en el resto del año.

El verano potencia, además, otros ingredientes de la vacación y el cambio de escenario, como la seductora ventaja de estar en un lugar donde nadie nos conoce. Salir del propio territorio flexibiliza las normas internas, habilita versiones más espontáneas de uno mismo y refuerza la idea de que todo puede ser transitorio.

Incongruencias de la temporada de verano

La misma temporada que expande el tiempo libre y la circulación social parece reforzar una necesidad de autonomía, libertad y distancia. Como conceptos tan asociados al verano, habilitan más lugar para el deseo y fortalecen también una fantasía de autosuficiencia. “No depender de nadie y no responder a nadie” como mantra en una época especialmente propicia para el encuentro. Allí aparece, paradójicamente, la resistencia a quedar atrapado en un vínculo.

El cuerpo toma más protagonismo en verano. Una mayor exposición de la piel activa una dimensión visual y comparativa: medir cuán deseables somos a partir de la validación externa. El compromiso, en ese contexto, puede sentirse como un límite: elegir a alguien implica renunciar a esa validación ampliada, a ese juego de posibilidades abiertas, explica Couto.

La tensión aparece entonces entre el mandato social de “aprovechar el verano” y los ritmos emocionales reales de cada persona, que no siempre acompañan esa exigencia en la que tanta libertad puede ser una nueva forma de ansiedad.

¿Soltería elegida o soltería defensiva?

El verano puede funcionar como el camuflaje perfecto. Lo que se presenta como amor a la libertad, disfrute del presente o deseo de autonomía puede encubrir —sin que la persona se dé cuenta— un miedo al compromiso o al riesgo emocional.

Ante la duda, el verano suele inclinar la balanza hacia la soltería. Si alguien siente ganas de conectar pero arrastra inseguridades o experiencias frustrantes, la temporada de estímulos, viajes y posibilidades abiertas puede reforzar la decisión de no involucrarse demasiado. Estar soltero se asocia a la idea de poder hacer lo que uno quiera, sin restricciones.

Ahí se cuela un supuesto muy cuestionable: estar en pareja implica necesariamente perder libertad. Según Couto, ese punto de partida ya revela un concepto de vínculo poco funcional, en el que el amor aparece como limitante y no como espacio de expansión. Si la autonomía solo parece posible en soledad, el problema no es el compromiso, sino el modelo de relación que seguimos imaginando.

El verano, con su sobreoferta, intensifica la lógica (moderna) más consumista del vínculo. Probar, descartar, no profundizar. Eso ¿genera más libertad o más ansiedad? Probablemente, dice Couto, ambas cosas al mismo tiempo. Hay personas que disfrutan esa dinámica y otras a las que les resulta emocionalmente agotadora.

Redes sociales, plataformas digitales y hasta series o videojuegos son hoy la cuna del deseo. Proveen microdosis constantes de dopamina que antes, asegura Couto, se buscaban en el encuentro físico, la fiesta y el roce social.

Hoy la soltería se habilita y se promueve. Antes estar soltero a cierta edad era vivido como un estigma, ahora la independencia afectiva se presenta como un valor aspiracional, incluso como un signo de éxito.

Estar soltero cotiza mejor que estar en pareja. Sostener un vínculo implica negociar, tolerar diferencias, frustrarse, ceder, escuchar y acompañar procesos ajenos. Una relación es, inevitablemente, un trabajo emocional, dice Couto. La empatía, la presencia y la disponibilidad afectiva se vuelven recursos escasos en una cultura saturada de estímulos e individualismos.

El verano, con su sobreoferta, intensifica la lógica (moderna) más consumista del vínculo. Probar, descartar, no profundizar. Eso ¿genera más libertad o más ansiedad? Probablemente ambas cosas al mismo tiempo.

Entonces, ¿la soltería estival es una elección consciente de bienestar personal o una defensa bien aprovechada frente al miedo a involucrarse? Según Couto, a veces es una cosa, otras veces la otra, y muchas veces un delicado equilibrio entre ambas. El psicólogo y sexólogo advierte que no hay respuestas universales y que hablar de tendencias no elimina la complejidad de los casos individuales. Lo importante es que cualquier decisión esté alineada con los intereses reales de cada persona.

La soltería es saludable cuando nace del deseo genuino de descansar, priorizar otros proyectos, reconectar con uno mismo, y no cuando funciona como estrategia evitativa. El indicador no está en la conducta visible —estar solo, no salir, no engancharse—, sino en la motivación que la sostiene.

Además, la soltería estival no necesariamente implica soledad. Hay amistades, está el vínculo con el propio cuerpo, con el entorno y la naturaleza, y todo un universo de circulación afectiva más allá del formato pareja.

verano pareja sexualidad

Couto distingue, además, entre soledad y solitud. La solitud es “la capacidad de estar solo y estar bien con eso, sentirse pleno, cómodo, en eje”. La soledad, en cambio, es “el sufrimiento por estar solo”.

Quedarse “solo” es “fácil” cuando el contexto social y los planes constantes amortiguan cualquier sensación de aislamiento. Pero ¿qué pasa cuando baja la temperatura y se achica la agenda? En su práctica clínica, Couto­ observa que muchas separaciones se postergan durante el invierno y se ejecutan recién en verano, o casos en los que se sostienen vínculos únicamente para no atravesar solos el invierno.

El calendario, entonces, determina decisiones afectivas, y el riesgo es quedar atrapado en el bucle. El deseo pide cosas, pero no todo deseo necesita ser actuado, explica el experto. Entender el deseo no implica obedecerlo ciegamente, sino escucharlo, interpretarlo y decidir qué lugar darle en la propia biografía. Un trabajo de lectura y regulación que no siempre es sencillo. “La clave no está en prohibirse sentir, sino en construir una relación más consciente con el propio deseo. Si la persona tiene claro hacia dónde va, puede reconocer el deseo sin quedar gobernada por él”, y la soltería estival deja de ser una reacción automática a las estaciones del año y se convierte en una elección tomada con mayor lucidez.

Intimidad sin proyecto

Puede haber vínculos con una proyección clara y también intimidades asumidamente acotadas, plantea Couto; como el clásico amor de verano. La diferencia con generaciones anteriores es que hoy hay mayor libertad para ponerle nombre a esos vínculos o transformarlos sin ningún peso moral o social.

Esto abre una serie de preguntas incómodas: ¿estamos frente a una mayor frialdad emocional o simplemente ante una reconfiguración de los vínculos? ¿Cambió la manera de entender la intimidad, el compromiso y la permanencia? ¿Estamos aprendiendo a relacionarnos con menos solemnidad, o desaprendiendo­ la capacidad de sostener procesos largos?

Couto observa que, por un lado, la soltería hoy está socialmente habilitada, y cuando algo se legitima culturalmente, también se aprende a practicarlo. Por otro lado, vivimos en una época marcada por un fuerte individualismo y cierto narcisismo cotidiano en la que la lógica comunitaria, familiar o de proyecto a largo plazo pierde centralidad frente a una narrativa más centrada en el yo. A eso se suma la multiplicación de opciones —reales y virtuales— que refuerzan la sensación de reemplazabilidad constante, y la idea de que siempre puede haber algo mejor a la vuelta de la esquina.

El deseo pide cosas, pero no todo deseo necesita ser actuado, explica el experto. Entender el deseo no implica obedecerlo ciegamente, sino escucharlo, interpretarlo y decidir qué lugar darle en la propia biografía. Un trabajo de lectura y regulación que no siempre es sencillo.

Todo este fenómeno, si bien tiene componentes propios de la estación, no puede leerse únicamente en clave verano. Hay una transformación cultural más amplia que atraviesa la manera en que nos relacionamos. “El verano también existía para nuestros padres y abuelos, pero las decisiones íntimas no quedaban expuestas, comparadas o validadas públicamente como hoy“, señala. En este sentido, el verano funciona más como un acelerador que como una causa; intensifica dinámicas que ya están presentes durante todo el año.