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Vivir con un doble: ventajas, desventajas y enredos en cinco historias de hermanos gemelos

Cómo es vivir con un hermano gemelo o mellizo; una compañía para toda la vida que obliga a poner el ojo en los detalles

Redactora de Galería

¿Alquien podría saber cómo es llegar al mundo y ya tener un amigo, incluso antes de saber lo que eso significa? Los hermanos mellizos —fecundación de dos óvulos por dos espermatozoides diferentes— o gemelos —un solo óvulo fecundado por un solo espermatozoide que después se divide en dos, formando dos embriones— sí pueden. Aunque existan rivalidades y difícilmente puedan deshacerse­ de las comparaciones, dos personas idénticas, a veces genéticamente iguales, y que además en la mayoría de casos crecen y se desarrollan en los mismos entornos, guardan inevitablemente un profundo y curioso vínculo desde mucho antes de nacer.

Se habla de un compañero para toda la vida, pero lo más intrigante de esta situación es la manera en que cada uno enfrenta el desafío de construir una identidad propia, o si la existencia de uno se encuentra inextricablemente atada a la del otro. El título de un estudio de la Universidad de Psicología de Barcelona describe este último caso a la perfección: “¿Soy ‘yo’ o soy ‘nosotros’?”, y la situación cuasi doppelgänger (vocablo alemán para definir el doble fantasmagórico o sosias malvado de una persona) de las hermanas Belén y Pilar Batlle se encarga de ilustrarlo.

Verse exactamente como otro debe ser tan escalofriante como desafiante, y es que el desarrollo del yo en los gemelos y mellizos es complicado, parados en medio del fuerte apego y la amargura de ser percibidos como un bloque. Esto último en algunos casos es buscado, pero poco a poco las parejas de hermanos empiezan a ser cada vez más críticas con el tema y señalan en cuanto pueden que en su vínculo convive lo familiar y lo ordinario con lo ajeno y extraño, reivindicando la belleza de compartir y de diferenciarse.

Galería conoció la historia de cinco pares de hermanos casi idénticos, que de solo verlos en foto uno no puede dejar de preguntarse: ¿cómo sería vivir la vida con un doble? Ellos lo contestan.

Belén y Pilar

Hermanas Batlle, escribanas, 30 años

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Hermanas Batlle

Hermanas Batlle

Aniñadas y misteriosas, estas hermanas mellizas son un tándem para todo en la vida. Se sincronizan en el movimiento, tienen el pelo exactamente del mismo largo e intercambian miradas antes de dar una respuesta (exacto, una vibra a lo Stanley Kubrick). A veces hablan al unísono, pero suele ser Belén la que toma la palabra, hablando pausado, como con la garganta partida, y dejando a una silenciosa pero analítica Pilar —la hermana por un minuto mayor— atrás.

Esta singular estampa les abrió las puertas al mundo artístico y hasta tuvieron una aparición en la serie argentina El encargado, protagonizada por Guillermo Francella. Pero a pesar de estar incursionando en el mundo de la actuación y las producciones audiovisuales, las hermanas son introvertidas y reservadas: “Más de una persona en la calle nos dice que nos parecemos mucho a las hermanas que interpretamos en El encargado”, cuentan. Y es que Pilar y Belén transmiten ese algo enigmático y hasta incómodo más allá de la pantalla; un efecto hoy buscado por ellas para seguir ganándose un espacio en el ámbito artístico que tanto las atrae, pero que en realidad se da desde siempre: “Hemos tenido que lidiar con los prejuicios y cuestionamientos de otras personas que no toleraban nuestra decisión de querer parecernos”. Las divierte, dicen.

Sin embargo, en sus treinta años jamás jugaron a intercambiar sus vidas, como uno espera de casi todos los hermanos idénticos. Quizás en la vida real la idea no sea tan divertida como en las películas de comedia, pero Belén y Pilar dicen que si hubieran tenido la oportunidad no lo habrían hecho porque no les parece “correcto proceder de forma deshonesta”.

Siempre tuvieron facilidad y dificultad para las mismas materias en el colegio, nunca compitieron. Y aunque recuerdan haber tenido una infancia muy linda, entre Barbies, manualidades, dibujos y lecturas, no les gustaba tanto ser “regañadas” (se expresan como en lenguaje cartoon) por la conducta de una sola. Pero aunque no es algo justificable, puede ser sumamente entendible cuando el parecido es tanto y no solamente físico.

¿En qué les parece que se distinguen más?

B.: No sé, es difícil la pregunta.

P.: Las caras son muy distintas.

Desde siempre están juntas y comparten el mismo grupo de amigos, dicen que las personas que las conocen saben diferenciarlas. “Nunca estamos solas. Sabemos que cada una tiene a alguien que la comprende y conoce exactamente cómo se siente, y con una sola mirada podemos entendernos”. En ocasiones, cuenta Belén, pueden estar pensando lo mismo al mismo tiempo.

Joaquín y Sebastián

Hermanos Ramos, licenciado en Comunicación y abogado, 40 años

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Hermanos Ramos

Hermanos Ramos

En algunas fotos de su infancia es imposible distinguir cuál es cuál. Hoy, se consigue gracias a que a primera vista tienen el pelo diferente, y no es por otro motivo que porque Sebastián es un poco más haragán que Joaquín para ir a la peluquería.

Su madre era muy cuidadosa con no vestirlos del todo iguales. La única persona de la familia que los confunde hasta hoy es su abuela, una española de 97 años, pero que lo hace desde que eran pequeños. “Cuando estamos juntos somos más distinguibles que cuando estamos separados”, observan estos gemelos, que cuentan que por separado sus alumnos —a ambos les fascina la docencia— siempre los saludan equivocadamente. Cuando eran chicos les molestaba un poco más que los confundieran, pero ahora ya maduraron, dicen: “No podés ser el amargo que se calienta por eso”. Además, antes eran bastante más competitivos, pero ahora se alegran de que las personas se arrimen a felicitarlos por algo bueno que en realidad hizo su hermano. “Sentimos un enorme orgullo de nosotros”.

“Es que no somos hermanos, somos mejores amigos”, aseguran, lo que les significa un problema gigante con sus otros hermanos (son los menores de cinco, cuatro hombres y una mujer, la “protegida”) y con sus amigos. Pertenecen al mismo grupo, que siempre está celoso del vínculo entre ellos. “Tenemos una incondicionalidad tremenda, entonces, ¿viste como en los grupos de amigos vos te aliás con uno o con otro dependiendo el caso? Bueno, en nuestro caso siempre estamos juntos y todos ya saben que no nos van a ganar una”, cuentan entre risas.

Jugaron al rugby mucho tiempo y en todas las prácticas los querían separados. En el colegio también, salvo en quinto Humanístico y sexto de Derecho, que fue la primera vez que compartieron clase. No cambiaba demasiado porque siempre tuvieron perfiles diferentes y sabían que su carrera no iba a ser la misma. Sebastián siempre fue más de sostener discusiones y Joaquín se inclinaba hacia las artes y la escritura. Solamente compitieron alguna vez por quién de los dos era el más rápido.

Lo más duro que les tocó vivir fue cuando a los 16 años se fueron de intercambio a Nueva Zelanda por un año y se tuvieron que quedar en casas separadas. Uno estaba en Wellington, la capital, y el otro en una ciudad de las afueras llamada Whakatane, y siete horas de distancia para ellos era muchísimo.

Hoy ambos son padres, y aseguran que lo que más deseaban era tener gemelos para que sus hijos vivieran “lo más grande que hay”. “Nunca te sentís solo, aburrido, siempre hay alguien para que te escuche, un consejo, y no importa lo que pasara, la cagada que te mandaras, vos sabías que había alguien para ponerte el hombro”, dicen estos hermanos que, está claro, se adoran. “Ojalá nuestros hijos tengan la relación que tenemos nosotros”.

El vínculo de gemelos es como un espejo que no solamente muestra lo que uno es, sino lo que puede ser. “Es una referencia permanente para buscar hacerse cada vez un poquito mejor”, reflexionan. Y la conexión entre ellos la definen simplemente como mágica.

En un momento mandaron al psicólogo a uno solo de los dos para que “se arregle un temita”. Se “arregló” para uno, para el que fue, y automáticamente lo hizo para el otro, que no fue a la sesión; “nos contagiamos los estados de ánimo, es hasta inconsciente”.

Con un perfil más divertido, Joaquín y Sebastián sí admiten haberse intercambiado en varias ocasiones. Salidas a bailar, documentos… Recuerdan que cuando eran niños venía una cocinera a su casa a hacer la comida, siempre había fruta y un solo día les preparaba postre. Ese día solo era cuestión de cambiarse de ropa para recibir doble porción y dejar al otro hermano sin chocotorta.

Sofía y Paula

Hermanas Cotelo, cosmetóloga y diseñadora gráfica, 29 años

Hermanas Cotelo
Hermanas Cotelo

Hermanas Cotelo

—De este lado, porfa, que es mi perfil bueno…

—¡Pero si tenés la misma nariz que yo!

Con ese diálogo Paula y Sofía se presentan solas. Hace apenas un año que comenzaron a vivir separadas, lo que comprobó que compran la misma ropa (o el mismo diseño con colores cambiados) y se visten iguales por pura casualidad. “Es que nos gusta lo mismo”, afirman. A veces se encuentran al final del día y se enteran de que estuvieron vestidas igual sin haberse visto.

De pequeñas las vestían con lo mismo, de distintos colores, pero ellas dicen que si tuvieran gemelos no lo harían así. “Cuando éramos más chicas nos remolestaba la comparación o que nos trataran como un bloque, como que éramos lo mismo. No éramos Sofi, Pau, éramos las melli”, dicen, sin desmerecer todas las ventajas que tiene tener un hermano gemelo, que para ellas no son otras que las de tener un hermano en términos generales. El tema lo abordaron bastante en terapia (fueron durante un tiempo, ahora no). “Si tu hermana iba a natación, vos también te ibas a anotar, aunque no te gustara”, aporta Sofía.

Hacían todo juntas, mismos horarios, hasta que en el liceo eligieron diferentes orientaciones. “Estábamos deseando que llegara ese momento de separación y hacer vínculos distintos”. Su grupo de amigas de toda la vida es el mismo, pero afortunadamente pudieron hacer otras en la facultad.

Pero todo esto también tiene una gran parte positiva; “yo nunca entré a un colegio y fui la nueva sola, porque siempre ahí estaba mi hermana, en la misma que yo. Si no hacíamos amigos, nos pegábamos entre nosotras”. También disfrutan mucho de atravesar las mismas etapas a la vez, están pisando el mismo momento de la vida.

Hoy se las confunden por separado. El problema es que Sofía no es muy agradable con las amigas de Paula si no las conoce, y termina haciendo pasar a su hermana por antipática. “Una vez una compañera de trabajo de Paula me encontró en el ómnibus y me dijo: ‘¡Ay, Pau! ¿Cómo estás?’, y me da así un toquecito en la rodilla. Yo no sabía quién era, ¿por qué me toca? Hasta que reaccioné que seguro era alguien que conocía Pau”, y se rieron las dos.

Cuando llaman o atienden el teléfono hasta su padre les dice: “¿Cuál sos?”. Pero ellas consideran que son fáciles de sacar la ficha. Hay una más activa, más animada, Paula, “que a la vez es la más caricúlica”, según su hermana, y Sofía es la que más “segundea” porque siempre le sirve cualquier plan.

Se conocen a la perfección. Si una está mintiendo, la otra enseguida se da cuenta:

—Pone una cara que yo me doy cuenta…

—¡Porque es la misma cara que ponés vos cuando estás mintiendo!

“Si me pasa algo, es a la primera que llamo, es la única persona a la que le cuento todo”, piensan de la otra.

Hoy sus rutinas son bastante poco intercambiables. Sofía odia la tecnología y Paula no sería buena cuidando la piel.

Magui y Uge

María Eugenia y María Magdalena Vola, oftalmóloga y dermatóloga, 45 años

Hermanas Vola
Hermanas Vola

Hermanas Vola

“Las melli” que en realidad no eran melli (recién a los 18 años se enteraron por un genetista que son gemelas) tienen todo igual, hasta los primeros números de la cédula. La primera vez que la sacaron vino con la foto de una sola de ellas. En facultad las borraban de las listas porque al llamarse ambas María y tener a un primer vistazo el mismo número de documento, los docentes pensaban que estaban repetidas.

Algunos familiares no las diferencian hasta ahora. De niñas las vestían igual por practicidad, con los mismos colores, y a ellas les gustaba. Hasta hoy les gustan las mismas cosas: el deporte, la medicina. “Nosotras somos iguales”, se asumen.

Las dos son docentes en la carrera de Medicina. Una es oftalmóloga y la otra dermatóloga, y algunos pacientes “se quedan locos” con eso: “Doctora, yo la vi como dermatóloga, ¿y ahora está como oftalmóloga?”, cuentan y se ríen. Son dos mujeres con muy buen humor.

De pequeñas les regalaban las mismas cosas para que no hubiera peleas. Nunca compitieron; “las comparaciones vienen de afuera”, señalan. Si bien disfrutaron mucho de hacer la carrera juntas, con la especialidad se separaron un poco para poder tener su espacio. No les gustaba ser comparadas: “Nuestro padre ponía un boletín al lado del otro”.

Tampoco les gusta que las traten como una entidad y que “dé lo mismo” cuál de ellas está, pero admiten que son iguales y padecen no estar juntas. Cuando María Eugenia se fue a vivir a Brasil, los primeros meses no la pasó demasiado bien: “Nadie quería hacer lo que yo quería y, claro, estaba acostumbrada a tener siempre una hermana con quien hacer las cosas. Esa es la parte más increíble”.

Las Vola son un equipo; en época de facultad vendían tortas para hacer algunos pesos y mientras una cocinaba la otra decoraba. Siempre que para una cosa una era mejor que la otra se generaba “una sintonía relinda”.

En su caso no abusaron del intercambio gemelar, que era bastante difícil porque una es zurda y la otra diestra, pero recuerdan haberse intercambiado una vez en uno de sus primeros trabajos cuando una de ellas no pudo despertarse tras haber vuelto de una fiesta en un estado “poco feliz”.

Sus rutinas son muy parecidas; entrenan y atienden pacientes. Con los últimos de sus hijos quedaron embarazadas a la vez. Ambas adoran ser madres y tías.

¿Consideran que su hermana gemela es la persona que más las conoce en el mundo?

No. Somos cinco hermanos, estamos hace más de 10 años con nuestros maridos… Ellos también cuentan.

Paulina y Julieta

Hermanas Álvarez, estudiantes de Comunicación Audiovisual, 22 años

Hermanas Álvarez
Hermanas Álvarez

Hermanas Álvarez

Se combinan los championes y se intercambian los anillos pero utilizan el mismo reloj, remera, tienen el mismo corte de pelo y la misma buena onda. Las dos estudian Comunicación Audiovisual, solo que Paulina se dedica a la imagen y Julieta al sonido. Y son gemelas. Una campaña publicitaria de hermanos idénticos con el despliegue de cámaras y producción las llevó a decir: “Nosotras queremos estar ahí atrás”.

Nacieron y crecieron en San José. Desde pequeñas hacían todo juntas, el colegio, ballet, patín, acrobacias en tela; era mucho más cómodo para que sus padres luego las vayan a buscar, pero siempre les preguntaban primero; y genuinamente a las hermanas les gustaba lo mismo y no es que una le copiara a la otra. “Está bueno estudiar lo mismo porque no le tenemos que hablar a la pared o a mamá, que no va a entender nada”, cuentan.

Nunca les preguntaron a sus padres por qué de niñas las vestían de la misma forma, aunque piensan que debe ser porque a ellos les parecía gracioso. Después empezaron a elegir su propia ropa, pero por lo general la compran juntas. Total, comparten armario y outfits. El problema es cuando quieren usar la misma prenda el mismo día. “Si un día pinta nos vestimos igual; si no, no y no pasa nada”. Lo que sí hacen mucho es combinarse. “Nos divierte confundir a la gente”.

Lo bueno de tener a alguien con las mismas complexiones físicas es que es como tener un probador personal sin necesidad de hacer fila. Usan un anillo con sus iniciales y se los intercambian solo para molestar a sus padres y compañeros de clase, pero la mentira tiene patas cortas, porque sus personalidades son muy diferentes. Juliana es un poco más “chill” y Paulina algo más explosiva. Además, Juliana escribe y Paulina dibuja como hobby, y a una le da “cosita” hacer la actividad de la otra.

Para las chicas, en realidad ese es un problema “más de la gente”, que al no reconocerlas las tiene que identificar como “la que dibuja, o la que escribe, y la otra es la otra”. “La gente tampoco se esfuerza. A nosotras nos gusta ser gemelas, pero llega un punto en que ya te molesta entrar a un lugar y que no te reconozcan por ser vos. Nos reconocen por no ser la otra”.

Una hermana ya sabe lo que va a decir la otra, entiende lo que le pasa con solo verle la cara y sabe cómo actuar. “A veces nos peleamos, no todo es color de rosas. Porque sabemos tanto de la otra que así como sabemos perfectamente qué decirle para que se ponga bien también sabemos qué decirle para hacerla enojar”, dicen, y se ríen cómplices.

Y es que son “clones”, como dicen ellas; una es la alarma de la otra cuando alguna se duerme, hace 22 años que viven juntas, al punto que les cuesta relacionarse o romper el hielo sin que alguien les señale lo parecidas que son. “Por eso en realidad es relindo ir a todos lados con ella, porque ahí somos nuestra mejor versión”.

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