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    jueves 11 de julio de 2024

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    Altruismo y empatía

    POR

    Sr. Director:

    “Por muy egoísta que pensemos que es el hombre, existen algunos principios en su naturaleza que lo llevan a preocuparse por la fortuna de los otros, haciendo de la felicidad de los demás algo necesario para él, aunque de ello no obtenga nada excepto el placer de contemplarla” (Adam Smith, 1759).

    “Los seres humanos tenemos intereses inmediatos como comer, beber agua, tener relaciones sociales, etc., pero también tenemos valores mediatos (justicia, colaboración, etc.). La ciencia intenta explicar por qué existe la cooperación entre los seres humanos, aun cuando esta acción no brinde ninguna recompensa directa o inmediata. El altruismo se refiere a aquellas conductas que promueven el bienestar de los demás sin una retribución o un beneficio personal” (Facundo Manes y Mateo Niro, Usar el cerebro, 1.ª Ed., Planeta, 2014, p. 322). La conducta altruista se observa en muchas especies, como las abejas, las aves y los mamíferos.

    Las interacciones sociales en los seres humanos hacen que las conductas altruistas sean más complejas. Se encontró una asociación entre altruismo y áreas cerebrales involucradas en la capacidad de percibir como valiosos las acciones de otros, la cognición social (Universidad de Duke).

    Jorge Moll y Jordan Grafman, de los Institutos Nacionales de Salud (NIH) de EE. UU., diseñaron un estudio para evaluar el proceso del altruismo (tomar decisiones que benefician a otros). Los científicos observaron que los actos altruistas activaban áreas del sistema de recompensa del cerebro, “ayudar resulta placentero” (Manes y Niro, op. cit., 2014, p. 323). Los científicos también observaron respecto a la activación cerebral que, cuando la gente dona dinero, se activan áreas de recompensa similar a cuando se recibe dinero, lo que resulta que ayudar a una causa resulta placentero (Facundo Manes y Mateo Niro, Ser humanos, Planeta, 2021, p. 352).

    • Empatía

    Las neurociencias denominan “teoría de la mente” a la capacidad de inferir los estados mentales de otras personas, incluyendo sus intenciones y sentimientos, constituyéndose en una habilidad universal que subyace en nuestra capacidad de actuar en sociedad (Manes y Niro, op. cit., 2021, p. 286). La “teoría de la mente” es un componente central de la empatía y, dado que es una habilidad que favorece la adaptación, se supone que ha evolucionado a partir de la selección natural. Las habilidades sociales facilitan nuestro sustento y protección, y aquellos individuos que son socialmente más adaptados tienden a ser más sanos y a sobrevivir más.

    La empatía puede definirse como la respuesta afectiva hacia otras personas, que puede requerir la posibilidad de compartir su estado emocional (Manes y Niro, op. cit., 2021, p. 287). También implica la capacidad cognitiva de comprender a los demás y regular nuestras emociones al respecto. La empatía ocurre cuando somos capaces de suspender nuestro foco atencional único en nuestra propia mente para adoptar un foco atencional doble, al tener en cuenta la mente de otra persona al mismo tiempo que la nuestra.

    El avance del bienestar social pasa por la teoría de la mente y la empatía, ya que, como observa Michael Gazzaniga (padre de las neurociencias cognitivas): “Lo que hacemos los humanos la mayor parte del tiempo es pensar sobre procesos sociales, es decir, sobre nuestra familia, sobre nuestros amigos, sobre cuáles son las intenciones de otras personas hacia nosotros. No estamos por ahí pensando problemas complicados”.

    Por tanto, la gracia de la armonía se logra no solo cuando se comparten ideas, sino cuando las posiciones son divergentes; ahí se requiere cualidad empática, que supone en conseguir hacer de la diferencia una virtud.

    Las conductas cooperativas juegan evolutivamente un papel relevante en el desarrollo de la cohesión de los grupos sociales. Los actos de cooperación humana activan áreas del cerebro asociadas a la recompensa y al placer. La cooperación en seres humanos es una verdadera suma de genética, biología, ambiente y cultura.

    • Cerebro versus cerebro

    “La muerte de la empatía humana es uno de los primeros y más reveladores signos de una cultura a punto de caer en la barbarie” (Hannah Arendt).

    El cerebro es lo que te hace ser tú mismo. Es más moldeable de lo que se piensa: se esculpe con cada una de tus acciones. Además, no solo tiene la capacidad de cambiar, sino que lo hace constantemente, según han confirmado investigaciones recientes. Cada experiencia vital moldea los detalles microscópicos de la esencia neuronal. Lo que haces altera lo que eres. Las dinámicas de grupo tienen un rol crítico en el cual una persona adopta valores y objetivos contrarios a procesos empáticos, incluso la desidentificación con quienes no pertenecen a su grupo. Su grupo les brinda pertenencia, identidad y empoderamiento, por tanto, los que no pertenecen a él, son vistos como enemigos.

    Entonces: “Te dicen que te explotan en tu trabajo, que se quedan con el resultado de tu esfuerzo porque eres de ‘otra clase’, un simple asalariado, ellos son los capitalistas, la clase dominante que se va a acabar cuando los proletarios tomen el poder, como indefectiblemente va a suceder”.

    Cuando las personas actúan de manera colectiva empeora su capacidad de razonar moralmente y, si además tienen la función de ejercer poder, pueden sentir el impulso de desenvolverse autoritariamente (Manes y Niro, op. cit., 2021, p. 61). Los seres humanos comunes se pueden volver crueles y agresivos en un contexto grupal, lo que significaría que estas estructuras colectivas son inherentemente peligrosas (ibídem).

    Con esta cultura, se limita la empatía. Una investigación realizada por Agustín Ibáñez (Manes y Niro, op. cit., 2014, p. 328) demostró que el cerebro detecta en 170 milisegundos si un rostro integra o no el propio grupo de pertenencia y lo valora en forma positiva o negativa antes de ser consciente de ello. Esta investigación demuestra que los procesos asociados a la discriminación y al prejuicio son automáticos y muchas veces pueden primar sobre otros mecanismos mentales.

    Sucede una “brecha de empatía” por el prejuicio y los estereotipos que operan como una red de asociaciones cognitivas, que se forman a lo largo de la vida, al formar conceptos y evaluaciones negativas o positivas, para actuar luego en función de ellas. La falta de empatía con otra persona se relaciona fundamentalmente con el grado de identidad con el propio grupo, al que se suele asignar características superiores y de separación con los demás, y exagerar las diferencias que tienen con ellos.

    La tiranía es un producto de procesos sociales, se da en grupos que tienen poder y que defienden valores opresivos (marxistas), circunstancias de profunda crisis con promesas de órdenes rígidos y jerárquicos, caldos de cultivo para lo peor.

    • “La solidaridad no es un gesto altruista, es una necesidad” (Fernando Savater)

    El carácter de la solidaridad es inmanente a los seres humanos y motiva a las personas y a las comunidades. Su falta lleva a reflexionar por qué se procede de esa manera dada la propensión de los humanos al bien común.

    En las grandes sociedades, la cooperación puede ser directa frente a un par o mediada a través de las instituciones.

    Lo que queda claro es que a la cooperación hay que ayudarla: “Como sociedad no estamos a la altura de la realidad que compartimos ni de lo que somos. Hemos perdido el sentido de la fraternidad y, sin embargo, nadie es capaz de mantenerse en pie por sí mismo” (Josep María Esquirol).

    Rafael Rubio

    C.I. 1.267.677–8