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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLos malabares para llegar a fin de mes están a la orden del día para el consumidor; la sensación de que el sueldo no alcanza es muy frecuente, incluso entre aquellos que tienen trabajo formal o quienes son jubilados.
Un dato alarmante arrojó el cierre del año pasado: el índice de morosidad en tarjetas de crédito aumentó, como también los préstamos que los consumidores han obtenido de los bancos. Sin duda alguna, en Uruguay, el endeudamiento de los consumidores continúa en aumento. En el 2025, durante los últimos meses después de la reestructura de los bancos, se sumaron 150.000 deudores más, volviendo a ingresar a la categoría 5 del BCU.
Un estudio del BCU también nos muestra que más del 40% de los jóvenes deudores son considerados irrecuperables debido a su dificultad en la capacidad de pago, de acuerdo a un informe sobre endeudamiento entre personas de menos de 30 años. El relevamiento, que toma datos de la Central de Riesgos Crediticios (CRC) del BCU, muestra además que la mayor parte de los deudores jóvenes con dificultades tienen deudas de crédito al consumo con empresas administradoras de crédito.
El mismo año se volvió a incrementar en 1,1% el endeudamiento de los consumidores en relación con sus ingresos según el Reporte del Sistema Financiero del BCU y, particularmente, llega a un 10% de aumento en el último año. Los bancos en el pasado año otorgaron más créditos a los consumidores, esto es préstamos, pero obtuvieron menores ganancias, incluso alguno pérdidas. El incumplimiento de los pagos comienza a ganar cada vez más protagonismo. Un informe de Investigaciones Económicas Sectoriales (IES) alertó que "el crédito destinado a las familias presentó una irregularidad de 10,1% al 30 de septiembre de 2025 (+6,4 puntos respecto del registro de septiembre del 2024), cifra más alta desde 2006". El último Informe sobre Bancos del Banco Central respalda esa afirmación. La morosidad en los hogares creció desde el 6,6% al 7,3%, máximo desde que el organismo comenzó los registros, en enero de 2010. Se trató del onceavo incremento consecutivo en el ratio de irregularidad de los créditos.
Lo que genera preocupación es el crecimiento de la cantidad de usuarios/consumidores que solo pagan el mínimo, lo que genera una espiral de deuda que limita el crédito disponible y obliga a las familias a organizar sus finanzas mes a mes. La morosidad está aumentando muchísimo, sobre todo la mora de consumo de las personas, en lo que tiene mucha influencia la pérdida del poder adquisitivo. Las tarjetas de crédito fueron hechas como un “alivio” para solventar los gastos a largo plazo de las familias. Y en un estudio reciente, de acuerdo a datos de Fiserv, vemos que los uruguayos han aumentado este año en un 20% el uso de la tarjeta de crédito, ya sea para compras de supermercados, combustible, salud, y lo realizan en cuotas. Es decir, apuestan a compras domésticas, pesando los gastos esenciales. El uso de las tarjetas de crédito sigue en alza y se afianza como la herramienta financiera más utilizada por los hogares para cubrir los gastos del mes.
Cada vez más familias se ven obligadas a endeudarse para cubrir gastos básicos, principalmente la compra de alimentos, en un contexto de pérdida sostenida del poder adquisitivo. Las familias recurren a algún tipo de deuda para llegar a fin de mes, mientras que otras mantienen dos o más deudas activas de manera simultánea, una realidad que expone la fragilidad económica de amplios sectores de la población. En general, los clientes realizan más de un pago por visita a los Abitab o Red Pagos y cancelan varias facturas a la vez del mismo organismo. También muchos optan por el beneficio que dan algunas tarjetas de crédito de abonar la contribución o la patente en cuotas. Creemos que esto responde a la imprevisibilidad de los ingresos: las personas buscan asegurarse de tener el dinero disponible en su cuenta antes de pagar o, en su defecto, de que les quede algo disponible por cualquier eventualidad. Aunque con todo este uso la tarjeta continúa en aumento.
Lamentablemente, el dinero ha dejado de ser una herramienta de proyección para convertirse en una fuente de presión constante. Ya casi no se pide crédito para un viaje o un electrodoméstico; las personas se están endeudando para pagar comida, servicios o salud, o mismo otros préstamos o tarjetas de créditos.
Y tenemos los créditos informales, que se expanden entre personas sin acceso al sistema financiero. Funcionan sin regulación, imponen condiciones abusivas y pueden derivar en situaciones de violencia. Una triste realidad, como el fenómeno de los préstamos “gota a gota”, es una modalidad de usura que se ha multiplicado en un escenario de creciente morosidad, sobre todo en personas sin acceso al crédito formal.
Todo esto no es solo estrés financiero, la ciencia muestra que, cuando sentimos que “no alcanza”, el cerebro entra en modo supervivencia y gasta más energía mental, cuesta más concentrarse, planificamos peor, tomamos decisiones impulsivas y nos sentimos agotados todo el tiempo. Incluso, si el ingreso no cambió, la percepción de escasez ya afecta el rendimiento cognitivo. Entre los 24 y 36 años, cuando decidimos el trabajo, vivienda, proyectos o pareja, esta sobrecarga puede complicar todo.
No es falta de disciplina. Es fatiga mental. Entenderlo también es salud.
El estrés financiero es una forma de tensión emocional asociada a dificultades económicas, como la imposibilidad de afrontar gastos básicos o el temor a no cumplir con obligaciones financieras, según organismos internacionales de salud.
Esta situación puede originarse por la pérdida de empleo, ingresos insuficientes, deudas acumuladas o el aumento del costo de vida. Se trata de un fenómeno global que puede afectar a personas de todas las edades y niveles socioeconómicos. A diferencia de otros tipos de estrés, el financiero suele ser persistente y prolongado en el tiempo. Las preocupaciones económicas atraviesan distintos aspectos de la vida cotidiana y dificultan su resolución a corto plazo. Un estudio publicado por la Clínica Mayo, basado en el análisis de más de 280.000 adultos, indicó que el estrés financiero puede acelerar el envejecimiento cardiovascular, incluso por encima de factores de riesgo tradicionales.
Los especialistas advierten que esta presión sostenida activa procesos fisiológicos que afectan la salud del corazón y los vasos sanguíneos, posicionando al estrés financiero como un factor relevante de salud pública. Y en cuanto a los rangos etarios, un estudio identificó que la mayoría de las personas en la Central de Riesgos del BCU son adultos mayores de 25 años. Los jóvenes, en proporción, también presentan dificultades para cancelar sus compromisos. Sin lugar a dudas, es un tema que se debe tratar y que debe de preocupar y ocupar a las autoridades y no debe olvidarse de que somos todos consumidores, la sociedad toda, y los que mueven el país. El consumidor empezó el 2026 con esperanza, pero, para que se traduzca en consumo, las empresas enfrentan a un consumidor más exigente, que prioriza no solo el precio, sino la confianza en un mundo que percibe cambiante y hostil. El sistema financiero tendrá como meta principal recuperar a los clientes en situación irregular.
Adriana Besso
Consultora Int. en Derechos del Consumidor