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El pasado 24 de setiembre, durante su discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, Benjamin Netanyahu calificó de “cobardes morales” a quienes abandonaban la sala cuando comenzó su intervención e incluso invitó a quienes todavía permanecían allí a retirarse.
Quince días después, al conocerse el Premio Nobel de la Paz otorgado a Navanethem Pillay, la oficina de Netanyahu declaró que el Comité Nobel había “perdido su brújula moral”. Dos expresiones, una misma pretensión: arrogarse la autoridad para establecer quién posee legitimidad moral y quién la ha perdido.
Los calificativos utilizados por Netanyahu no solo constituyen acusaciones morales de enorme gravedad; también plantean una cuestión inevitable: quien invoca la moral para juzgar la conducta de otros Estados, instituciones y delegaciones debería aceptar que sus propias decisiones, así como las de su Estado, sean sometidas al mismo escrutinio. Más aún cuando Israel enfrenta ante la Corte Internacional de Justicia un proceso por presuntas violaciones de la Convención contra el Genocidio y cuando una comisión internacional de investigación de las Naciones Unidas concluyó que Israel había cometido genocidio en Gaza.
Posteriormente, y en la misma ocasión, Netanyahu retomó su enfrentamiento con el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdoan, y vuelve a acusarlo, paradójicamente, de no reconocer el genocidio armenio. La paradoja resulta evidente: el propio Estado de Israel no ha reconocido formalmente el genocidio armenio hasta el momento de escribir estas líneas.
No pretendo esquivar la tragedia de los palestinos que están sometidos a atrocidades tan inhumanas como los que sufrió dos veces el pueblo armenio primero a manos de los turcos y luego por Azerbaiyán y Turquía con el apoyo del propio Estado de Israel. El propósito es centrar la atención en los discursos y las posturas sostenidas en la ONU por el primer ministro de Israel, así como en el uso político que ambos dirigentes hacen del término genocidio y de las acusaciones mutuas entre Erdoan y Netanyahu.
Cobardes morales y genocidio armenio
Pero ¿quién puede establecer semejante frontera entre los “morales” y los “inmorales”? Israel conoce perfectamente la importancia histórica, moral y jurídica del término genocidio. Su propia historia nacional está inseparablemente vinculada a la memoria del Holocausto y a la lucha contra la negación de los crímenes cometidos contra su pueblo.
Sin embargo, durante décadas el Estado de Israel evita reconocer oficialmente el genocidio armenio. No es porque faltaran documentos o testimonios. No porque la investigación histórica no hubiese establecido los hechos. Justamente fueron muchos los intelectuales judíos quienes aportaron varios de los mejores trabajos de investigación sobre el genocidio armenio (Henry Morgenthau, Franz Werfel, Raphael Lemkin, Israel Charny, Elie Wiesel y Yair Auron entre otros). Pero la cuestión siempre estuvo condicionada, en buena medida, por consideraciones diplomáticas y cálculos estratégicos relacionados con Turquía. Se impuso la Realpolitik frente a la Política Moral.
En 2016, el entonces presidente de la Knesset, Yuli Edelstein, afirmó que Israel no debía “ignorar, minimizar o negar” el genocidio armenio y reclamó que se diferenciara entre los intereses actuales y aquel oscuro capítulo de la historia. En aquella misma intervención reconoció que la cuestión había quedado sometida a las circunstancias políticas. También comentó que diputados israelíes reclamaron durante años que el Parlamento reconociera el genocidio, y la Comisión de Educación llegó a declarar que el reconocimiento “constituía una obligación moral”.
“Nunca es demasiado tarde para hacer lo correcto”
En junio de 2026 ocurrió algo que parecía modificar esta postura. El gobierno israelí aprobó una resolución para reconocer el genocidio armenio. El ministro de Relaciones Exteriores, Gideon Sa’ar, anunció la decisión ante la Knesset y pronunció una frase que merece ser recordada: “It is never too late todo the right thing.” (“Nunca es demasiado tarde para hacer lo correcto”). Sa’ar calificó el reconocimiento de un “deber moral e histórico”. Pero existe aquí una precisión fundamental a destacar: la propia comunicación oficial de la Knesset explicó que el gobierno había tomado la decisión de llevarla al pleno para una votación para su aprobación parlamentaria definitiva, sin embargo, esa votación nunca se produjo, según fuentes israelíes, debido a presiones del gobierno de Azerbaiyán, el nuevo aliado de Israel.
Como dice una antigua máxima, la justicia tardía es lo más parecido a la injusticia. Y cuando se trata del reconocimiento de un genocidio, más de un siglo de espera no es un detalle menor. Y aquí aparece una ironía particularmente dolorosa. Si “nunca es demasiado tarde para hacer lo correcto”, como dijo Sa’ar, ¿por qué durante décadas no se ha materializado?
Un Estado puede tener intereses estratégicos. Puede establecer alianzas. Puede modificar su política exterior. Puede incluso decidir cuándo y cómo establecer relaciones con otro país. Pero cuando se trata de la memoria de un genocidio, existe una diferencia entre la diplomacia y la verdad histórica.
¿Quiénes son los “cobardes morales”?
Por eso la frase de Netanyahu merece ser devuelta al terreno de la historia. Llamar “cobardes morales” a quienes abandonaron una sala puede ser políticamente eficaz. Pero la moral no se demuestra únicamente ante las cámaras, ni consiste solamente en exigir a los demás que adopten una determinada posición. También se demuestra cuando una verdad histórica resulta inconveniente para los propios intereses.
Si reconocer el genocidio armenio es, como dijo Gideon Sa›ar, “hacer lo correcto”, entonces hacerlo no debería depender de que Turquía sea amiga, enemiga o adversaria. La verdad de 1915 no puede variar según el estado de las relaciones entre Ankara y Tel Aviv. Porque la cuestión, finalmente, no es solamente qué ocurrió con los armenios en 1915. Es qué hacemos hoy con la memoria de aquellos que fueron brutalmente genocidados.
Si “nunca es demasiado tarde para hacer lo correcto” y es un “deber moral e histórico”, pero no actúas en consecuencia, ¿de quién es la “cobardía moral”?
Daniel Bedouny Mekhjian Keosseian