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    La gestión cultural del gobierno del Frente Amplio II

    Sr. director,

    Estimado Sr. ministro José Carlos Mahía:

    Continuando con el análisis de la situación del arte en Uruguay, es mi percepción que para quienes organizan las actuales políticas y programas culturales, los artistas uruguayos no tenemos nada para decir, o no sabemos cómo decirlo. Nuestro arte es rústico, elemental, y debemos aprender lo que creen en Bard College que es el arte latinoamericano: políticamente correcto y estéticamente adecuado para encajar en el estándar del enlatado netflixiano de la globalización cultural. Es decir, hacer la misma obra que los artistas del primer mundo a un costo más económico, y que se note que es “una copia de”, porque así todos sabemos que los centros de referencia siguen estando en el mismo lugar. Por otra parte, los espacios que se suponen de experimentación para el arte emergente parecen sumergidos en un letargo inexplicable, donde no hay energía ni emoción para los artistas jóvenes.

    Nos avergonzamos del arte que no entra en los cánones del programa de Arte Latinoamericano del MoMA, la Tate o el Guggenheim. Entonces, se supone que debemos “descubrir” y “redescubrir” nuestro arte a través de la mirada de personas que ni siquiera conocen el arte nacional. También, los jóvenes artistas nacionales deben pasar su arte por el tamiz de personas que no tienen ni siquiera currículum, pero compraron en el exterior una regla para medir si lo que hacen se acerca o no a lo que han visto en Art Basel, o indicarles cómo ajustarlo para encajar en el cubo blanco del arte del primer mundo.

    Parece que estamos condenados a la homogeneización cultural, a la colonización eterna de los programas de “cooperación” cultural, en los que nos dictan hasta las palabras que debemos usar para hablar de las cosas que suceden en nuestras comunidades. Una cooperación a la que aportamos solo dinero, porque el resto nos llega libretado; somos meros receptores de políticas culturales que debemos asumir como nuestras.

    Nunca el sistema nos dará la receta para ser librepensadores; solo nos venderá un simulacro de rebeldía preaprobado. Recuperemos nuestra libertad de ser lo que queramos y de decir lo que sentimos. Si hay arte, pasión y pensamiento propio, todas las formas de la creación son válidas.

    ¿Por qué, si somos un país que ha dado grandes pensadores, músicos, escritores y artistas que fueron referencia internacional, debemos esperar que nos digan lo que tenemos que pensar, lo que tenemos que crear, cuándo podemos hablar y qué debemos decir? ¿Por qué resignarnos a consumir y reproducir el enlatado y la comida chatarra que nos envían? Por qué no ponernos la camiseta y meternos, como dice la canción, “al túnel del tiempo”, para recuperar nuestra convicción y valorar el aporte de nuestros artistas e intelectuales, que serán distintos a otros, y eso es lo que enriquece la cultura. ¿Qué riqueza puede haber en la homogeneización?

    En su libro Bocas del tiempo, Eduardo Galeano relata:

    “En algún lugar del tiempo, más allá del tiempo, el mundo era gris. Gracias a los indios ishir, que robaron los colores a los dioses, ahora el mundo resplandece; y los colores del mundo arden en los ojos de quienes los miran. Ticio Escobar acompañó a un equipo de la televisión que viajó al Chaco, desde muy lejos, para filmar escenas de la vida cotidiana de los ishir. Una niña indígena perseguía al director del equipo, silenciosa sombra pegada a su cuerpo, y lo miraba fijo a la cara, muy de cerca, como queriendo meterse en sus raros ojos azules. El director recurrió a los buenos oficios de Ticio, que conocía a la niña y entendía su lengua. Ella confesó:

    —Yo quiero saber de qué color ve usted las cosas.

    —Del mismo que tú —sonrió el director.

    —¿Y cómo sabe usted de qué color veo yo las cosas?”.

    Esta historia ilustra precisamente el peligro de suponer que existe una mirada universal y correcta, desconociendo la riqueza de las perspectivas locales.

    Me dirijo a usted para brindar estos aportes, señor ministro, porque es usted quien dirige y diseña las políticas culturales de nuestro país. Usted es quien va a marcar el camino institucional de la cultura (y en Uruguay la institucionalidad es un tema de mucho peso). No se trata de delegar toda la responsabilidad en personas que están construyendo su experiencia; el timonel debe marcar el rumbo, y ese es usted.

    Ricardo Lanzarini

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