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    Del país de los vivos al de los vikingos del dulce de leche

    A 35 años de El país de los vivos de Martín Rama: leída con datos y redes, la viveza criolla no es un defecto moral, sino la mecánica de un país que cambia todo el tiempo para quedar cada vez más igual

    Por Diego Vallarino*

    En 2006, en Ya no sé qué hacer conmigo, Roberto Musso puso a un personaje a hacer de todo, a probarlo todo, a cambiar sin descanso, para terminar descubriendo que seguía siendo exactamente el mismo. Es, quizás, la canción más uruguaya de El Cuarteto de Nos: retrata a alguien en movimiento perpetuo que confunde la agitación con la transformación, que se agota cambiando de piel sin cambiar nunca de fondo. Quince años antes, sin música y con econometría, Martín Rama había diagnosticado al país entero con ese mismo cuadro clínico.

    En noviembre de 1991, en las VI Jornadas de Economía del Banco Central, Rama presentó El país de los vivos: un enfoque económico, luego publicado en la revista Suma. Su hallazgo fue tratar la viveza criolla no como folclore, sino como conducta racional: detrás de cada picardía, un modelo. Rama identificó cuatro mecanismos. La incoherencia intertemporal, que racionaliza cambiar las reglas del juego. Los equilibrios no cooperativos, que explican apropiarse de lo público sin pagar. La búsqueda de rentas, que explica los corporativismos. Y los problemas de agencia en la delegación del poder ciudadano. Ensartar, colarse, garronear y currar: cuatro vivezas que, sumadas, dejaban al país atrapado en un mal equilibrio institucional del que costaba salir.

    La tentación, 35 años después, es volver a contar la historia conocida: Uruguay perdió terreno en el siglo XX, vivió crisis grandes y nunca terminó de despegar. Esa historia es cierta, pero no alcanza. Además, para hablar de la viveza criolla no necesitamos otro espejo externo, ni una carrera contra Australia o Nueva Zelanda, ni repetir que el país cayó desde su promesa batllista. Eso ya lo sabemos. Lo nuevo no está en demostrar que Uruguay se movió poco, sino en explicar por qué se mueve tanto para terminar casi siempre en el mismo lugar.

    Arquitectura de acoplamiento

    Hay algo, sin embargo, que en 1991 no se podía ver, porque la caja de herramientas aún no existía: no cuánto declina Uruguay, sino la forma en que ciertas perturbaciones se propagan. Rama describió un equilibrio, un punto fijo malo. La teoría de redes permite leer algo más inquietante: no un país quieto, sino una economía política en la que los nodos se potencian a través de los edges. La viveza deja de ser una suma de picardías individuales y pasa a ser una arquitectura de acoplamiento.

    Ese cambio de mirada importa. En una red, el efecto de una acción no depende solo de quién la ejecuta, sino de dónde está parado ese nodo, a cuántos conecta, qué tan redundantes son sus vínculos y cuánta centralidad concentra. Un mismo shock puede apagarse en un barrio de la red o transformarse en avalancha si entra por un nodo muy conectado. Por eso la pregunta relevante no es si hay vivos. En toda sociedad los hay. La pregunta es si la topología los vuelve anecdóticos o sistémicos.

    La figura no pretende probar empíricamente que Uruguay sea exactamente esa red. Hace algo más simple y, para esta columna, más importante: muestra el mecanismo. Con los mismos nodos, la misma regla de contagio y la misma perturbación inicial, una arquitectura desacoplada contiene el golpe; una arquitectura sobreacoplada lo amplifica. La diferencia no está en la moral de los nodos. Está en los edges.

    Ahí es donde las cuatro vivezas de Rama se vuelven más fuertes que en 1991. Ensartar —cambiar las reglas— no solo distorsiona precios: vuelve inestable el mapa de vínculos, porque nadie invierte en relaciones de largo plazo cuando el horizonte se reescribe cada pocos años. Colarse no es solo un evasor aislado: es una tecnología de contagio, porque cada deserción baja el incentivo del vecino a cumplir. Garronear —el corporativismo— es el mecanismo decisivo: arma conglomerados densos, coordinados y acoplados al Estado, que concentran centralidad. Y los nodos centrales son precisamente los que convierten un shock local en un evento sistémico. Currar, por último, afloja el monitoreo: la información sobre el estrés acumulado no sube a tiempo, y cuando llega ya no es señal, es derrumbe.

    Puestos juntos, los cuatro mecanismos no dejan simplemente a la economía en un mal equilibrio. La empujan hacia la criticidad: ese estado en que durante años parece que no pasa nada y, de pronto, un shock moderado deja de producir un ajuste local y recorre toda la red. Es el montículo de arena al que se agregan granos de a uno. Cada grano parece irrelevante; cada excepción parece manejable; cada privilegio parece menor. Hasta que la pendiente deja de ser una pendiente y se vuelve una avalancha.

    Por eso la viveza criolla es tan resistente a la prédica moral. El vivo no es, en este marco, un monstruo ético; es un agente racional que explota una posición de red. Si el retorno privado de colarse, garronear o renegociar reglas es alto, y si los costos se distribuyen por toda la red, el sistema premia la conducta que después condena en público. La hipocresía no es un accidente cultural. Es el equilibrio comunicacional de una arquitectura que privatiza beneficios y socializa fragilidad.

    El reencuadre cambia la palanca de política. La respuesta habitual ante la viveza es educativa o moral: nos faltaría civismo, habría que reformar las cabezas. El diagnóstico consuela, pero desorienta, porque trata como problema de carácter lo que es un problema de arquitectura. Si el país de los vivos es una red sobreacoplada, la palanca no es predicar más fuerte. Es rediseñar los acoplamientos: reglas creíbles que devuelvan horizonte, competencia que impida que unos pocos nodos se vuelvan sistémicos, agencias con información suficiente para detectar estrés antes de que se vuelva crisis, y un Estado que arbitre en vez de integrarse a la coalición que está llamado a disciplinar.

    Dicho de otro modo: no se trata de tener menos Estado o más Estado en abstracto, sino de qué topología produce el Estado que tenemos. Un Estado que abre puertas laterales a cada corporación aumenta el grado de los nodos capturados. Un Estado que fija reglas generales y las cumple reduce la centralidad de la viveza. Un presupuesto puede ser expansivo o prudente; una reforma puede ser gradual o ambiciosa. Pero la pregunta de fondo es otra: ¿desacopla la red o la vuelve más pegajosa?

    Viscosidad

    Ahí aparece el dulce de leche. Uruguay muchas veces se piensa a sí mismo como país vikingo: pequeño, audaz, navegante, capaz de salir al mundo con una épica desproporcionada para su tamaño. Y algo de eso tiene. Pero cuando la épica entra en una red demasiado densa de permisos, excepciones, vetos cruzados y rentas pequeñas, los remos se mueven y el bote no avanza. No faltan brazos. Sobra viscosidad.

    El Cuarteto tituló uno de sus discos Habla tu espejo, y ahí está, quizás, la moraleja. El país de los vivos lleva un siglo mirándose sin decidir qué hacer consigo: cambia de gobierno, de moneda, de relato, de humor —se mueve todo el tiempo— y sigue, estructuralmente, cada vez más igual. La tradición de El Cuarteto, hija de la murga y del carnaval de la posdictadura, siempre supo que la ironía es la forma uruguaya de la autocrítica; que reírse del vivo es el primer modo de empezar a no serlo.

    Treinta y cinco años después, la conclusión de Rama sigue en pie, pero conviene darla vuelta. No estamos administrando una colección de picardías. Estamos administrando una red que decide si cada picardía queda local o se vuelve sistémica. La solución no es esperar una conversión moral del Uruguay: es cambiar la cancha. Emparejar la cancha, un Estado que arbitra en vez de acoplarse, reglas que devuelven horizonte, competencia que impide que unos pocos se vuelvan imprescindibles, no es una cruzada ética. Es ingeniería de incentivos. Es la única forma de que los vikingos del dulce de leche dejen de remar con todas sus fuerzas para quedar, otra vez, en el mismo lugar.

    *El autor es asesor del Directorio Ejecutivo del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y de BID Invest.