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    ¿La IA podrá convertir el sueño socialista en realidad?

    La inteligencia artificial tiene el potencial tanto de reavivar como de acabar con el debate centenario sobre la planificación económica centralizada

    Comentarista económico europeo

    En medio de todas las especulaciones sobre lo que el futuro de la inteligencia artificial (IA) nos deparará, todos parecen estar de acuerdo en una cosa. En general, se da por sentado que, si la IA transforma nuestro sistema económico, lo hará en forma de más de lo mismo: un capitalismo más intenso. Dependiendo de tu perspectiva, eso puede ser para bien (mayor productividad) o para mal (más explotación del tipo “el ganador se lo lleva todo”), pero el debate se centra principalmente en qué tipo de soluciones, redistribución o regulación se necesitan como respuesta.

    ¿Pero podría ser todo esto una falta de imaginación? Cuando observamos los avances tecnológicos que estamos viviendo a la luz del gran desacuerdo centenario conocido como “el debate sobre el cálculo económico en el socialismo”, se nos presenta una posibilidad profundamente diferente. Si la IA cumple siquiera una parte de las promesas que se han hecho sobre ella, podría presagiar no una versión más intensa del capitalismo actual, sino una trayectoria de “regreso al futuro”: podría servir como la sierva de la economía planificada socialista con la que tantos soñaron en el siglo XX, pero que nunca fue ni remotamente realista, hasta ahora.

    El año 1989 marcó la victoria política del capitalismo sobre el socialismo. Pero en términos técnicos e intelectuales, la batalla ya se había librado y concluido mucho antes. El debate sobre el cálculo socialista, hoy prácticamente olvidado, alcanzó su punto álgido en el período de entreguerras entre los pensadores que comprendían más profundamente cómo funciona la economía. Y no se trataba de determinar qué sistema social era más justo, igualitario o libre. Más bien, se planteaba la pregunta más fundamental. Cuál era el más eficiente: si los mercados sin restricciones o las decisiones gubernamentales podían asignar de manera más racional los recursos económicos de la sociedad.

    Entre los economistas que se alinearon en el lado procapitalista de este debate se encontraban figuras destacadas de la escuela austriaca, como Ludwig von Mises y Friedrich von Hayek. Frente a ellos se encontraban, entre los más famosos, Oskar Lange, un economista y diplomático polaco, y Abba Lerner, un brillante, aunque excéntrico, teórico económico británico-estadounidense. Estos últimos argumentaron que la planificación estatal podía asignar recursos tan bien como (si no mejor que) los mercados, y demostraron cómo se podía lograr esto dentro del marco de la economía clásica.

    Desde finales del siglo XIX, los teóricos habían explicado cómo, a través del mecanismo de los precios ajustables, los mercados libres pueden converger en precios comunes y en asignaciones eficientes y estables de los recursos, siendo pioneros en la modelización matemática de la “mano invisible” de Adam Smith. Los pensadores a favor de la planificación, sin embargo, utilizaron estas teorías para demostrar cómo las agencias centralizadas podían imitar —y luego mejorar— los efectos de los mercados. (Una idea, por ejemplo, consistía en publicar borradores de planes de producción y permitir que los gerentes de las compañías estatales presentaran propuestas sobre suministros y volúmenes de producción a precios fijados centralmente, para luego ajustar el plan hasta que todas las propuestas fueran compatibles y se ajustaran a los objetivos de los planificadores).

    Pero para lograrlo en la práctica, un planificador central necesitaría cantidades enormes de información procedente de cada rincón de la economía. Ésa fue la idea fundamental del artículo de Hayek de 1945 titulado “El uso del conocimiento en la sociedad”, que marcó la pauta para el medio siglo que siguió a continuación. La genialidad de Hayek consistió en ver los precios de mercado no sólo como mecanismos para equilibrar la oferta y la demanda, sino como portadores de información. El conocimiento necesario para asignar bien los recursos —quién necesita qué y quién puede proporcionar qué y en qué condiciones— es tan local y está tan disperso que ningún planificador central podría aspirar jamás a recopilarlo. Pero, sostenía Hayek, el precio de mercado, en una sola cifra, transmite precisamente lo que se necesita para que las decisiones locales se ajusten a la asignación eficiente global del mercado. Y esta información, gran parte de la cual sencillamente reside en la mente de las personas, simplemente no existe en una forma centralizada y comunicable.

    Hasta finales del siglo pasado, éste fue un argumento ganador, subrayado por el lamentable fracaso de los regímenes socialistas para garantizar el bienestar material de sus poblaciones. Pero si el bando del libre mercado ganó en la práctica el debate sobre el cálculo socialista, el bando socialista se aseguró un punto de apoyo al demostrar cómo la planificación podía tener éxito en teoría. La conclusión hayekiana siempre se mantuvo contingente y sólo era válida mientras los gobiernos carecieran de la capacidad informativa y computacional necesaria para que la planificación centralizada superara a los mercados libres.

    La pregunta es si la IA puede cambiar las cosas. Cuando estudié el debate sobre el cálculo socialista en la década de 1990, se decía en broma que el comunismo se había derrumbado justo cuando la revolución informática hacía que las economías planificadas parecieran menos irremediablemente irrealistas.

    Pensemos en los enormes avances que se han logrado en tecnología de la información (TI) en las últimas décadas. En la época de Hayek, la información sobre los precios y las cantidades locales sólo podía recopilarse mediante trabajadores humanos equipados con portapapeles. Hoy en día, con tanto comercio en línea, los precios pueden “extraerse” de manera exhaustiva de Internet. Un proyecto pionero fue el acertadamente llamado “proyecto de mil millones de precios”, una iniciativa de investigación de Harvard y el MIT lanzada en 2008 por los economistas Alberto Cavallo y Roberto Rigobon para recopilar precios en tiempo real con el fin de mejorar las estadísticas oficiales. Lo mismo ocurre con las cantidades: los inventarios, las carteras de pedidos y los volúmenes de ventas están todos digitalizados y, en principio, son accesibles para un planificador gubernamental.

    Si a esto le sumamos el Internet de las Cosas, la cantidad de información recopilada, procesada y almacenada se multiplica aún más. Hasta hace poco, esa información podría haber sido inutilizable en su forma sin procesar. Pero si hay algo que la IA claramente puede hacer, es organizar información no estructurada. En definitiva, el reto práctico de recopilar, organizar y procesar datos ya no puede considerarse una limitación ni remotamente plausible para la eficiencia de una economía planificada.

    Y eso no es todo. La IA ofrece la promesa de ir más allá de la información sobre precios al predecir quién quiere, necesita o puede producir qué y a qué costo, de una manera más precisa de lo que los precios de mercado podrían reflejar jamás. Los algoritmos de comportamiento, especialmente en la publicidad, ya están haciendo un buen trabajo en este sentido: todos conocemos esa extraña sensación cuando los motores de búsqueda y las redes sociales nos muestran un anuncio que parece demasiado acertado. A juzgar por los ingresos publicitarios de las grandes compañías tecnológicas, los productores de todo tipo de productos consideran que los algoritmos de colocación de anuncios valen la pena.

    Imaginemos, entonces, una superIA que tenga acceso a todos los datos que permitimos que nuestros dispositivos registren en cada transacción que realizamos, y mucho más, además. Una IA así sin duda enterraría a Hayek.

    De hecho, una gran motivación para el debate sobre el cálculo socialista fue que los precios de mercado se equivocan en muchas cosas. La gente no siempre sabe lo suficiente para elegir los mejores bienes; se vuelve adicta, es víctima de fraudes o termina en bancarrota. El consumo y la producción tienen efectos indirectos en terceras partes —“externalidades”— que las decisiones de precios no captan; por eso tenemos contaminación, agotamiento de recursos y daño climático. Los ajustes de precios no estabilizan la macroeconomía; por eso tenemos ciclos económicos, burbujas y crisis. Estas deficiencias del mecanismo de precios fueron fáciles de comprender tras la Gran Depresión. Es posible que ese mismo entendimiento esté cobrando fuerza nuevamente, dado el desencanto con el capitalismo expresado por tantos jóvenes en particular.

    En este contexto, resulta difícil creer que, si alguna vez se le pidiera a una superIA que asesorara sobre la asignación de recursos, ésta se limitara a seguir el resultado de las ofertas más altas en los mercados libres, en lugar de calcular por sí misma las asignaciones más eficientes que pudiera encontrar. ¿Por qué demonios los agentes de IA renunciarían a la planificación centralizada?

    Este experimento mental plantea más preguntas de las que responde. Difícilmente prueba que la IA vaya a traer consigo el socialismo. Pero sí muestra que la IA elimina uno de los argumentos más sólidos del siglo XX —quizás el más sólido— en contra de la planificación centralizada. Y sugiere que, en la medida en que tanto el sector público como el privado adopten la IA para guiar la toma de decisiones —¿cuánto invertir?; ¿en qué?; ¿cuál es la mejor forma de gravar para lograr los resultados de política pública deseados?— nuestras economías se verán cada vez más planificadas y cada vez menos determinadas por el mercado.

    Esto plantea algunas cuestiones políticas enormes. ¿Apoyarían los actuales líderes del desarrollo de la IA —casi todos libertarios acérrimos— que la asignación de capital la decidieran planificadores basados en IA en lugar de los mercados financieros libres, dado lo mucho que estos últimos los favorecen? Por el contrario, ¿podrían ganarse al público en general —cuyo escepticismo hacia la IA está aumentando actualmente— mediante una toma de decisiones económicas más “racional” que les ofrezca más beneficios que nuestra forma actual de capitalismo? Sobre todo, ¿podría una economía en la que la IA influyera en la mayoría de las decisiones superar los conflictos de interés y los problemas de coordinación que siempre han frenado la productividad en nuestra economía tal como existe en realidad, incluyendo todo tipo de tragedias de los bienes comunales y dilemas del prisionero? (Consideremos, por ejemplo, si una superIA con el poder de asignar recursos toleraría nuestro ritmo tan lento de descarbonización.)

    En otras palabras, no sabemos si las capacidades sobrehumanas de los agentes de IA lograrán liberarse de las limitaciones, los incentivos y los intereses tan propios de los humanos. Los lectores tendrán que juzgar si eso es motivo de decepción o de alivio.

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