Caudillos, autoestima y desconfianza

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Nº1975 - al de 2018
por Facundo Ponce de León

Mi pregunta fue: ¿qué tenían los humoristas uruguayos de Telecataplum que no podían encontrar ustedes en Argentina? La respuesta fue inmediata, como si él estuviera esperando ese momento desde hace un tiempo: “Eran la prueba irrefutable de que se podía hacer reír sin depender de un capocómico. Nunca habíamos visto que se construya desde la fuerza del elenco”. Parece un diálogo específico y técnico. Sin embargo, representa un aspecto al que Argentina sigue atado y va mucho más allá del humor.

Todo lo que sucede en el país vecino está interpretado en clave del caudillo que todo lo puede, todo lo sabe, todo lo tiene. En política, Perón. En humor, Olmedo. En entretenimiento, Tinelli. En literatura, Borges. En fútbol, primero Maradona y ahora Messi. Todo se explica desde ese liderazgo carismático que produce, controla y da sentido.

En ese marco, la llegada a inicios de la década de los 60 del elenco de Telecataplum representaba un cambio de paradigma. Era un equipo (un elenco en este caso) donde había roles específicos y no había una figura acaparadora, un líder omnipresente. El talento estaba desparramado, no en partes iguales, pero sí distribuido en el grupo, algo que para la sociedad argentina era raro porque para ellos el talento lo tiene uno solo y los demás idolatran, juzgan o rechazan.

Reconocer capacidades, establecer jerarquías, asumir responsabilidades específicas y colectivas al mismo tiempo, es lo que define una comunidad sana. Cuando en vez de eso se deposita todo en un líder carismático, sea político, futbolista o empresario, entonces vamos por mal camino.

Suele haber una gran confusión a este respecto. Se habla de la falta de liderazgo político de los tiempos presentes, como si faltaran aquellos políticos de antaño. Aquellos capocómicos, aquellos cracks. Es un tipo de razonamiento anclado en un caudillaje que no aporta nada. Lo que está faltando en las sociedades actuales no son liderazgos políticos fuertes, quizás eso es justamente lo que está sobrando e impidiendo la fluidez de relaciones más autónomas, colectivas y sostenidas en el reconocimiento recíproco más que en el carisma.

En Argentina, el caudillo sigue acaparando todo. Se gana porque Messi juega bien. Se pierde porque Messi juega mal. Todo lo que pasa se explica por Messi. Y cuando pierde la Selección hay que explicar por qué perdió Messi. No hay proceso, no hay equipo, no hay estructura política, no hay trabajo colectivo. Solo Messi, que justamente por eso está solo. (“Sabés que la gente te vino a ver campeón a vos”, le dijo el periodista argentino a Messi luego del agónico triunfo contra Nigeria en San Petersburgo).

Es cierto que enseguida de Messi se habla de la falta de liderazgo de la AFA, de que Tapia no da la talla, de que hereda la corrupción de Grondona. Es muy probable que todo esto sea cierto. Pero el problema es que aquí aparece el segundo defecto grave de los argentinos: una desconfianza total mezclada con gran autoestima.

Los que tenemos la suerte de cruzar el charco con frecuencia lo comprobamos en cada taxi, en cada charla de bar, en cada ojeada por la prensa, en cada reunión de trabajo. El argentino piensa que los argentinos roban, que detrás de toda declaración pública hay un engaño, que nada es lo que parece, que hay un interés mezquino y perverso en toda persona que declara no tener un interés mezquino y perverso.

El mecanismo de este razonamiento supone la inteligencia-viveza de quien lo profesa: es decir, el argentino que piensa que todos roban, que todos engañan, que todos ocultan, es alguien que a su vez se cree inteligente por haber descubierto el mecanismo. Su autoestima siempre está alta porque siente que lo que pasa en su país comprueba lo que él piensa. A veces da todavía un paso más y se siente el único argentino excepcional a esa regla. Imaginen el nivel de confianza en sí mismo de este vecino. Es posible que en su fuero íntimo se sienta un caudillo todavía no reconocido.

Esa autoestima alta es la misma que opera cuando a los pocos minutos de clasificar agónicamente a octavos, el diario argentino Clarín tituló: Cómo sería el camino a la final del mundo. A las 16:45 del martes 26 de junio, Argentina estaba afuera del Mundial en la fase de grupos. A las 16:53 se había clasificado a octavos, pero el periodista ya estaba compartiendo con sus lectores contra quién podrían jugar la final.

Si mezclamos el caudillaje con la alta autoestima y la total desconfianza, tenemos un cóctel explosivo del que no puede salir nada bueno. Nada. De aquello que traían los humoristas uruguayos no han aprendido la lección. Por suerte, Argentina tiene además la imaginación y el sentido del humor desplegado por entre su gente. Hay creatividad. La usina de cosas buenas que pasan en Argentina sucede al margen de esa tríada nociva de pensar en términos caudillescos, desconfiados y altaneros.

Cuidado, esta crítica no implica endiosar la medianía uruguaya, la grisura que atraviesa nuestro modus operandi, la falsa humildad de aquellos compatriotas que no arriesgan a pensarse de otra manera. No. Una cosa no implica la otra. Ojalá en algún rincón de este país y también de aquel, esté germinando otra idea matriz, otro espejo donde mirarse. Otros modos de hacer historia.

✔️ Una carta desde aquel París

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