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Nueve de la mañana, panadería en la Ciudad Vieja. Doy los buenos días mientras entro a pedirme la promo de café con leche y bizcochos. Espero el café y veo que detrás de mí entra más gente: una mujer que pide una rosca de chicharrones, un padre que le pregunta a su hija qué quiere y la niña contesta “una Coca-Cola”. Entra también un hombre veterano, flaquito y vestido con ropa gastada, con pinta de estar en situación de calle. Como todos antes, saluda al entrar. “Buen día, Julio”, contestan casi al unísono las muchachas que atienden desde atrás del mostrador. “¿Qué vas a llevar?”, pregunta una de ellas. “Quería 25 pesos de bizcochos”, dice Julio. Saco la cuenta y pienso que eso son, como mucho, dos bizcochos.
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Efectivamente, la muchacha pone un par de bizcochos en una bolsa transparente, los pesa y se los da a Julio, quien le paga directamente a la chica en vez de pasar por la caja. Intuyo que algún cruce debe haber tenido con el dueño, que es quien labura en la caja (y bajando cajones de verdura y haciendo lo que venga, cuando es necesario). “Esperá, Julio —dice precisamente el dueño—, no te vayas”. Va hacia la parte de adelante, le pide a Julio su bolsa con dos bizcochos y empieza a agregar otros que va eligiendo del mostrador. Margaritas, rellenos de jamón, de queso, de membrillo. No para hasta que la bolsa está llena. “Servite”, le dice a Julio, que agradece bajito y se va. No pasó nada y pasó todo.
Mientras veo la escena, mi cabeza se traslada a La Teja en los 90, al viejo bar Don Martín, en Carlos María Ramírez y Agustín Muñoz. Mientras el bar estuvo abierto y durante muchos años, los armenios, como eran conocidos los dueños, servían un desayuno de cocoa y bizcochos a todo chiquilín que lo precisara. Todas las mañanas, los pibes del barrio acudían a las mesas del fondo, en donde una olla inmensa tenía chocolate con leche, caliente en invierno, frío en verano. También una bandeja llena de bizcochos que elaboraba cada mañana el propio bar.
De los desayunos del Don Martín no me enteré por la prensa. Fue de rebote una mañana que estaba desayunando en el bar y vi olla y bandeja llenarse y vaciarse durante un par de horas, en las que desfilaron decenas de niños. “Ahí sí, los armenios siempre le dan el desayuno a pila de gurises”, fue la respuesta rutinaria que recibí del amigo que desayunaba conmigo. Nada extraordinario, simplemente les daban una mano a los que la necesitaban sin pedir nada a cambio. Se le puede llamar de muchas maneras, espíritu de barrio, sentido de pertenencia. Y también se le puede llamar, simplemente, humanidad. Y mientras pensaba en los armenios y en sus abundantes y establecidos desayunos barriales de entonces, pensaba en que es un problema de todos que existan los niños sin desayuno y los Julios en situación de calle. Y que mientras ese problema no se solucione a través de una política pública, menos mal que existe gente que les da bizcochos y chocolate con leche.
Pensaba también que es irónico que vivamos inmersos en teorías de todo tipo (teorías sociales, digo) que son buenísimas tratando de explicar el desastre, pero son incapaces de registrar lo bueno, que es precisamente aquello que nos hace humanos: la capacidad de dar una mano, de ponerse en los zapatos del otro. Aunque sea solo por un rato y aunque sea solo para completar una bolsa de bizcochos o arrimar una taza de chocolate con leche. Es como si la ciencia social fuera una ciencia del fracaso, una que en los últimos tiempos nos viene considerando a los humanos la peor cosa que le pasó al planeta e incluso a los humanos mismos. Entiendo que es fácil caer en esa mirada antihumanista, después de todo somos unas máquinas contaminando y explotando de manera desquiciada el planeta. Y es verdad que una teoría, o, más específicamente, una política pública que se nutra de una teoría dada, tiene como misión corregir cosas que están mal o que funcionan mal.
Pero una mirada que no contemple la capacidad que siempre hemos tenido de colaborar unos con otros y que, en buena medida, explica cómo hemos logrado al mismo tiempo ser un peligro para el planeta, va a ser siempre renga, va a mirar siempre una parte del asunto y no el todo. Digamos que, si no se entiende cómo es que somos tan buenos colaborando y cómo eso nos ha fortalecido como especie, nunca lograremos comprender cómo ese éxito ha llegado a convertirnos en los estupendos depredadores planetarios que somos. Una teoría que resuma todas las relaciones posibles entre humanos a una teoría de la explotación o del poder no explica la cooperación, la colaboración y sus razones. Una colaboración que, en los dos ejemplos que mencioné, se produce de manera desinteresada y sin esperar un beneficio a cambio. O mejor dicho, con la convicción de que esos actos tienen algo de restitución, de recomposición de un orden que no debería haberse roto. Un orden en el que la gente en situación de calle y los niños sin desayuno no deberían existir. Un orden que también es moral, como moral es la idea de justicia. La justicia no existe en el orden natural, es una creación humana, profundamente humana.
¿Esos dos ejemplos mencionados solucionan el problema en su conjunto? ¿Solucionan siquiera la situación estructural de aquellos a quienes dan una mano? Obvio que no. Y es claro que iniciativas aisladas de ciudadanos de a pie difícilmente puedan concentrar los recursos y la complejidad que se necesita para resolver problemas que son de mucho más calado. Pero sin duda que solucionan el momento critico por el que esos niños y Julio están pasando cuando reciben la ayuda. Es como si esos ciudadanos que toman las riendas que pueden tomar al respecto, seguramente sin tener la menor idea de cuáles son las ideas de moda entre académicos y jerarcas encargados de ejecutar las políticas públicas, nos recordaran que no todo es conflicto ni relación de poder, en el sentido esencialmente negativo que se ha vuelto habitual entre nosotros.
Porque ese es uno de los problemas derivados del uso y abuso de las teorías posmodernas que son hoy moneda corriente: un pensamiento que, hace 30 o 40 años, reivindicaba su “blandura” frente a las ideologías fuertes de entonces (el positivismo extremo y las grandes utopías con sus millones de muertos) es hoy una apisonadora que, tal como hicieron las teorías que en su momento criticó, no admite el menor disenso y filtra la realidad por una única criba: las relaciones de poder como explicación exclusiva de toda la vida social. Relegada queda la colaboración que es, en mucho mayor medida que la imposición, lo que ha guiado la naturaleza humana. Relegada la mirada que busca el encuentro en vez de enfatizar la distancia. Todo esto en nombre de la inclusión y la diversidad, por supuesto.
La colaboración y el apoyo mutuo es lo que, como especie, casi siempre nos ha salvado del abismo. Ojalá la blandura de quienes dan una mano sin consultarlo con la teoría sea lo que prevalezca. Los Julios del mundo y los pibes sin desayuno de La Teja lo agradecerán, mientras esperamos la llegada de otra teoría infalible que esté segura de explicarlo todo y que al final de cuentas termine por no servir para casi nada.