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    Democracia y resultados (falta autocrítica)

    Cuando los problemas que acucian a la ciudadanía no son adecuadamente procesados en libertad, cuando los gobiernos democráticos fracasan en la resolución de los problemas de la gente, tarde o temprano emerge la demanda autoritaria; y cuando esta demanda se manifiesta, a la corta o a la larga también aparece la oferta; esto ya lo vivimos

    Columnista de Búsqueda

    “La democracia está sobrevalorada”. “A la gente lo que realmente le interesa es que los gobiernos solucionen los problemas”. “China no para de progresar y no tiene democracia”. Escucho cada vez más frecuentemente frases de este tipo. Los reportes de algunas encuestas lo confirman. En el informe Latinobarómetro 2024 aparecen, por ejemplo, datos como los siguientes. Aumentó de 44% en 2002 a 53% en 2024 el porcentaje de encuestados que están de acuerdo con que “un gobierno no democrático llegue al poder si resuelve los problemas”. Crece también el apoyo a los presidentes “manos libres”: en 2024, el 35% de los encuestados manifestó estar de acuerdo con que “el presidente pase por encima de las leyes, el parlamento y/o las instituciones con el objeto de resolver los problemas”. Además, pasó de 21% (en 2013) a 32% (en 2024) el porcentaje de entrevistados que piensa que hay que deshacerse de las elecciones y del parlamento, y “dejar que los expertos tomen las decisiones por la gente”.

    Desde una perspectiva puramente teórica esta crítica no cabe. La democracia es un procedimiento para elegir libremente a nuestros representantes, y también para destituirlos sin necesidad de derramar sangre. La democracia es, en esencia, nada más y nada menos que eso: una regla de juego, un mecanismo de selección de personal de gobierno. Cuando se mira la cuestión desde este punto de vista, no tiene ningún sentido exigirle resultados. Pero, en términos prácticos, es perfectamente lógico que la ciudadanía se sienta más o menos satisfecha con la democracia, y confíe más o menos en ella, a partir de cómo vive. Aunque a la teoría democrática le rechine, la legitimidad del sistema depende en buena medida del nivel de bienestar de la ciudadanía. Nadie debería asombrarse del retroceso democrático si la economía no funciona, la gente no consigue trabajo y vive con miedo, o los niveles de pobreza y desigualdad son un escándalo.

    Cuando se incorpora la variable “resultados” en esta función, el asunto se complica. Para que la democracia, en tanto procedimiento, funcione, es preciso el imperio de la ley, la dispersión del poder, la vigilancia de la oposición y la incorporación de las minorías, es decir, el funcionamiento de un complejo sistema de garantías orientadas a limitar el riesgo de decisiones discrecionales. Pero para que la ciudadanía pueda creer en la democracia es necesario que los procesos legislativos no sean eternos, que exista la suficiente concentración de poder como para que el gobierno pueda tomar decisiones, que la oposición y las minorías no impidan la dinámica de las políticas públicas, y que las decisiones adoptadas logren efectivamente solucionar los problemas de la agenda pública. La democracia solo nace y vive en libertad, pero para sobrevivir requiere gobernabilidad. La democracia es un procedimiento de selección de gobernantes, pero necesita producir resultados contantes y sonantes. La democracia es sinónimo de competencia electoral, pero solamente persiste si los gobernantes son competentes.

    La democracia no está sobrevalorada. La democracia es absolutamente imprescindible. Hay que seguir explicando, una y otra vez, a quienes no vivieron la dictadura, la importancia de la libertad política. Pero, al mismo tiempo, es imprescindible que la democracia tramite de modo satisfactorio las demandas que continuamente emergen de la sociedad. Cuando los problemas que acucian a la ciudadanía no son adecuadamente procesados en libertad, cuando los gobiernos democráticos fracasan en la resolución de los problemas de la gente, tarde o temprano emerge la demanda autoritaria. Y cuando esta demanda se manifiesta, a la corta o a la larga también aparece la oferta. Esto ya lo vivimos. Ya nos pasó. Remite, obviamente, a fines de los sesenta y comienzos de los setenta del siglo pasado.

    Nuestros partidos conocen bien la importancia de la libertad política. El trauma de la dictadura y sus enormes costos está muy presente. También han mostrado, desde 1985 en adelante, estar comprometidos en la búsqueda de soluciones a los problemas existentes. Muchos gobiernos, de todos los partidos, han sido muy valientes a la hora de innovar. Pero, de un tiempo a esta parte, en temas demasiado importantes no lo logran. Hace años que nuestros dirigentes políticos no logran que la economía crezca al 3% anual, ni mejorar la formación de capital humano, ni aumentar de modo sensible la inversión en innovación, ciencia y tecnología. Sucesivos gobiernos no han logrado abatir a niveles aceptables la tasa de homicidios ni solucionar el hacinamiento carcelario. Nuestros partidos no están logrando evitar que una parte importante de los jóvenes mejor formados se vayan del país. Ni lo que hacen ellos (su forma de hacer política y de competir por el poder) ni lo que hacen con el país (las políticas públicas adoptadas) genera entusiasmo en los más jóvenes.

    Nuestros partidos han demostrado tener, a lo largo de su historia, una gran imaginación y mucho ingenio para diseñar instituciones políticas. A nuestros líderes nunca les tembló el pulso a la hora de experimentar soluciones novedosas y arriesgadas. Por eso, hemos sido campeones mundiales de reformas constitucionales. Pero esa tradición luce muy debilitada. Nuestros dirigentes políticos no se deciden a revisar sus propias reglas de juego. Hay mucho margen de mejora en diversos planos (nacional, departamental, municipal). Pero hay un desafío que es absolutamente clave, uno en el que nuestros partidos siguen en deuda: me refiero al problema de cómo financian sus actividades. Sin transparencia no hay confianza. Sin confianza, la democracia languidece.

    La política uruguaya es la más sana del continente. Podemos sentirnos orgullosos. Pero le falta autocrítica y ambición. Nos sobran discusiones triviales y nos faltan soluciones reales.

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