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    Manos arriba, esto es un asalto

    Hemos pasado de la pistola al phishing, de la bolsa de arpillera al malware, y del “¡esto es un asalto!” al “haga clic para verificar su cuenta”

    Columnista de Búsqueda

    Solo cuando leí que habían asaltado el Banco República (BROU) caí en la cuenta del tiempo que hacía que no sabía de un robo a un banco. No me refiero a robos digitales y abstractos, los que hacen desaparecer nuestro dinero desde una pantalla en Kuala Lumpur o desde una habitación en La Blanqueada. Me refiero al atraco a la vieja usanza: enmascarados que irrumpen en un local, que gritan “¡manos arriba!”, reducen a empleados y clientes, que se llevan dinero en efectivo. Un delito con tutti i fiocchi: escenografía, actores, utilería, banda de sonido con gritos, una alarma sonando.

    Asaltar un banco fue una profesión con cierto glamour durante buena parte del siglo XX. No mucho glamour, convengamos, porque había que cargar bolsas, escapar en un auto y confiar en que la policía tardara lo suficiente. Pero había toda una narrativa: Bonnie y Clyde, Dillinger, los atracadores del Banco Río y toda esa familia de delincuentes que sabían que para robar dinero había que ir hasta donde estaba el dinero. El problema es que el dinero dejó de estar ahí, o mejor dicho, dejó de estar en ninguna parte. Hoy la plata vive en cuentas y aplicaciones, en servidores, nubes, algoritmos, en entidades de existencia dudosa que, sin embargo, consiguen cobrarnos puntualmente la cuenta de la tarjeta. Para ese dinero ya no precisamos una caja fuerte, alcanza con una contraseña.

    Si el viejo delincuente necesitaba una pistola, una media en la cabeza y un cómplice con el auto en marcha, a su nieto le alcanza con tener un dispositivo, conexión a internet y cierto desparpajo, que, en muchos casos, es su única habilidad profesional.

    El progreso tiene estas cosas.

    La digitalización, las cámaras de alta resolución, los sistemas de alarma silenciosa, las tecnologías de rastreo, en fin, medidas de seguridad cada vez más sofisticadas fueron convirtiendo al asalto bancario presencial en una actividad de bajo rendimiento. Vayamos a los números, que es como se analiza cualquier actividad económica. Según estimaciones internacionales, las tasas de captura policial en este tipo de delitos ronda entre el 60% y el 80%, una de las tasas de resolución (o clearance rate) más alta. Por otra parte, el botín no es tan cuantioso como fue en otros tiempos: la gente maneja menos dinero, las transacciones en efectivo han disminuido dramáticamente y ya es casi imposible encontrar bancos con muchos millones.

    Resumiendo: pocas ganancias, mucho riesgo y una alta probabilidad de que el episodio termine con el asaltante sentado frente a un juez penal explicándole sus decisiones de vida. Visto lo visto, no parece un gran modelo de negocios.

    El ladrón clásico, además, tiene una desventaja estética considerable: está obligado a exponerse aunque vaya enmascarado. Su rostro quedará registrado por diecisiete cámaras mientras entra, sale, corre, tropieza, amenaza, espera que le abran una puerta o se acomoda la máscara. Porque la cámara no se distrae, no tiene piedad y no necesita salir a almorzar.

    Sí, los riesgos a los que se enfrenta el ladrón clásico son demasiados.

    En cambio, el ciberdelincuente moderno comete el delito desde su silla ergonómica y sin despeinarse, no le importa si hace frío ni en qué país se encuentra su víctima. Así las cosas, hemos pasado de la pistola al phishing, de la bolsa de arpillera al malware, y del “¡esto es un asalto!” al “haga clic para verificar su cuenta”.

    Pero no nos dejemos abatir por la nostalgia, veamos el lado positivo: hay algo profundamente democrático en esta transformación. Antes, para asaltar un banco había que tener coraje, fuerza física, contactos, información, un vehículo, cómplices y hasta una cierta disposición a terminar preso o muerto. Hoy el delincuente puede ahorrarse la pistola, la máscara, hasta la nafta del viaje al banco. Le alcanza con hacerse pasar por quien no es y, con un engaño banal, consigue que le entreguemos la contraseña. Y sin gritos, sin violencia.

    También hay que darle al César lo que es del César, porque el viejo ladrón podía ser brutal, pero por lo menos se presentaba. Había una relación física entre el delincuente y su delito: uno sabía que estaba siendo robado porque el tipo le estaba apuntando con un arma. La situación podía ser aterradora, pero resultaba conceptualmente sencilla.

    Pero vayamos a Uruguay, a Pando, vayamos al robo del BROU.

    Decíamos que los expertos en seguridad han perfeccionado cámaras, alarmas, botones de pánico, protocolos y sistemas de vigilancia de forma que nadie pueda robar un banco sin dejar un tendal de pistas. Con el robo del BROU se consiguió exactamente eso: los asaltantes dejaron imágenes, testigos, un auto robado, fotos a cara descubierta.

    Pero no se vayan porque hay algunos detalles más.

    Algunos han observado que la bolsa que se llevaron los delincuentes no podía pesar más de cinco kilos, sin embargo, la suma faltante debía pesar cinco veces más. No es un dato menor que las autoridades del BROU hayan decidido sumariar y separar del cargo al gerente de la sucursal de Pando porque “les llama la atención donde estaba el efectivo y la cantidad, además de que los ladrones llegaron justo a tiempo, porque si lo hubieran hecho minutos después, ese dinero ya no debía estar ahí”. Entonces, ¿habrá sido simplemente un asalto?

    En cualquier caso e igual que sucede con otros delitos, los atracos a bancos que no se resuelven rápidamente tienen menos probabilidades de aclararse. Veremos qué pasa en estos días, veremos cómo se explican algunos hechos confusos. O habrá que preguntarse qué falló en una ecuación con muchas pistas desparramadas, pocos participantes capturados y un botín del que no hay noticias.