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La estafa amorosa no es un vulgar phishing destinado a convencer a alguien de una mentira absurda, se trata de detectar una necesidad auténtica y de construir una ficción adaptada a ese caso; (...) estos estafadores no venden solo amor, venden atención, un oído atento a los problemas; venden el milagro de hacer creer que alguien tiene tiempo para oírte y darte consuelo
Cuando uno lee que una jubilada envió 180.000 euros a un supuesto militar estadounidense destinado en Siria o que un empresario colombiano transfirió sus ahorros a una modelo sueca que nunca existió, la primera reacción es una mezcla de incredulidad y superioridad moral. ¿Cómo pudo creer semejante disparate? Y sí, la pregunta tiene algo tranquilizador: divide el mundo entre los inteligentes, nosotros, y los idiotas, ellos. Nos permite dormir con la tranquilidad de saber que la estupidez siempre está en el otro. La pregunta confortable, complaciente, se plantea desde un pedestal y muestra un profundo desconocimiento de la realidad. Porque esas personas no fueron estafadas por ser ingenuas, sino por ser humanas.
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Uno escribe en el buscador “cómo sacar una mancha de vino” y aparecen mil tutoriales; escribe “se enamoró de un estafador nigeriano” y descubre otros miles. Es tan tranquilizador comprobar que existe una categoría para todo.
La estafa amorosa no es un vulgar phishing destinado a convencer a alguien de una mentira absurda, se trata de detectar una necesidad auténtica y de construir una ficción adaptada a ese caso. Una ficción hecha a la medida de cada víctima. Para que vayamos entendiendo: estos estafadores no venden solo amor, venden atención, un oído atento a los problemas; venden el milagro de hacer creer que alguien tiene tiempo para oírte y darte consuelo. Comercializan un bien que hoy es escaso: alguien dispuesto a escuchar durante 20 minutos.
Vivimos en una época extraña, una gran paradoja. Nunca fue tan fácil hablar con miles de personas y nunca fue tan difícil estar o sentirse acompañado. Tenemos aplicaciones para conocer gente, algoritmos que prometen compatibilidad emocional, redes sociales donde todos parecen felices, deseados y fotogénicos. Sin embargo, las cifras de soledad crecen año tras año en una gran parte del mundo.
La paradoja no debería sorprendernos: la tecnología multiplicó los contactos, pero no necesariamente la cantidad o calidad de los vínculos. Es en ese terreno fértil, el campo de la soledad, donde prospera una industria multimillonaria, porque el estafador no inventó la soledad, hizo algo más inteligente: encontró la manera de monetizarla. Ya no hace falta falsificar cheques ni vender objetos inexistentes: basta con fabricar un personaje convincente. Unas cuantas fotografías robadas por ahí, una historia suficientemente dramática y una paciencia infinita.
Los buenos estafadores van paso a paso, no tienen apuro. Preguntan cómo estuvo el día, recuerdan el nombre del perro, se interesan en saber si mejoró aquel dolor de espalda. Así, el vínculo se estrecha, crece y, gradualmente, se transforma. Al final, cuando ya conocen las grietas de la futura víctima, cuando está a punto de caramelo, aparece una urgencia económica perfectamente razonable. La primera transferencia de dinero no suele ser muy grande, se trata de ir de a poco, de inaugurar la estafa.
Lo verdaderamente extraordinario es que estas operaciones no explotan la codicia del estafado, como las viejas promesas de hacerse rico en dos semanas. Aprovechan algo mucho más elemental y extendido: la necesidad de importarle a alguien.
Y nosotros, con un optimismo conmovedor, seguimos creyendo que nunca caeríamos en semejante tontería. Nosotros, el mismo ciudadano inteligente que entregó todos sus datos personales a una aplicación para saber qué personaje sería de Los Simpson, estamos convencidos de que detectaríamos a un sofisticado delincuente internacional. Una fe inquebrantable en nuestro detector de mentiras, una alarmante falta de sentido crítico de nuestra propia inocencia, de nuestras vulnerabilidades.
Todos somos menos racionales de lo que imaginamos. No compramos productos, compramos historias; no votamos ideas, votamos relatos. No elegimos parejas con una planilla de Excel que compara virtudes y defectos, las elegimos porque nos hacen sentir de tal o cual manera. Los estafadores lo entendieron antes que muchos psicólogos.
Quizá el estafador no sea una anomalía de internet, sino un producto coherente. Después de todo, llevamos 20 años entrenando algoritmos para que aprendan nuestros gustos, nuestros horarios, nuestras obsesiones y nuestros miedos. ¿Por qué nos sorprende que alguien use esa información para enamorarnos Mientras tanto, seguimos hablando de inteligencia artificial como si el gran peligro fuera que un robot escriba poemas o que apile cajas en el supermercado. El negocio realmente rentable consiste en fabricar afecto artificial, amor sintético. No es casualidad que cada vez aparezcan más novios virtuales, novias creadas por inteligencia artificial y asistentes diseñados para conversar durante horas. La frontera entre compañía y simulación empieza a volverse borrosa. Y si una conversación nos hace sentir menos solos, ¿importa tanto quién está del otro lado? La pregunta inquieta porque no tiene una respuesta sencilla.
Quizá dentro de unos años las grandes estafas sentimentales ya no provengan de una banda organizada en otro continente, sino de programas capaces de aprender exactamente qué necesitamos escuchar. Entonces el fraude dejará de ser un delito excepcional para convertirse en una app con muchas interacciones.
Lo novedoso es que hemos construido un mundo en el que la conversación sincera se volvió tan escasa que alguien dispuesto a escribir “¿cómo dormiste?” o “¿cómo estás del catarro?” parece una compañía de lujo. Ahí hay también una ironía: nos enseñaron a desconfiar del desconocido que nos hablaba en la calle, desconfiamos del vecino que toca el timbre, del que se acerca a pedir una moneda, pero le contamos nuestros traumas de infancia a un avatar que apareció hace tres días.
El estafador no inventó la soledad, decía, hizo algo más inteligente: encontró la manera de monetizarla. En ese contexto, la víctima no compra una mentira, sino la esperanza de que, por fin, alguien la espera al otro lado de la pantalla. Y eso nos empuja a hacernos la pregunta del principio: ¿cómo pudo creer semejante disparate? No nos quedemos en la respuesta sencilla y llena de superioridad que nos hace dormir tranquilos.
Tal vez el phishing más sofisticado no sea el que vacía una cuenta bancaria, sino el que consigue convencernos de que es normal vivir rodeados de gente y pasar días enteros sin que nadie nos pregunte, con verdadero interés, “¿cómo dormiste?”.