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La crisis de popularidad de la actual administración departamental de Montevideo no es un simple tropiezo comunicacional ni un error de cálculo coyuntural, sino el síntoma visible de una enfermedad crónica: la falta absoluta de visión, de ambición y de coraje para gestionar una de las ciudades con mayor potencial de todo el hemisferio
La reciente encuesta de Equipos Consultores, que revela que el 52% de los montevideanos desaprueba la gestión del intendente Mario Bergara y apenas un 26% la respalda, ha generado el habitual revuelo político y los previsibles cruces de acusaciones político-partidarias. Sin embargo, para cualquiera que verdaderamente camine, observe y palpite nuestra capital, estas cifras no constituyen una sorpresa; son, más bien, el reflejo estadístico de un hartazgo ciudadano profundo y largamente postergado. La crisis de popularidad de la actual administración departamental de Montevideo no es un simple tropiezo comunicacional ni un error de cálculo coyuntural, sino el síntoma visible de una enfermedad crónica: la falta absoluta de visión, de ambición y de coraje para gestionar una de las ciudades con mayor potencial de todo el hemisferio.
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Para comprender a cabalidad la magnitud de lo que hemos perdido, basta con mirar hacia atrás y recordar quiénes fuimos. En la pared principal del living de mi casa, conservo enmarcada una copia de un afiche turístico original de 1915. Es una pieza visualmente deslumbrante, diseñada en un exquisito estilo art déco, que publicita a Montevideo ante el mundo como un destino de máxima sofisticación. El póster la proclama orgullosamente como una “ciudad de turismo”, ofreciendo fiestas de verano, deportes, regatas e incluso “aviación”. Pero más allá de su innegable valor estético, lo que realmente fascina y conmueve de esa obra es que se trata de una pieza de arte público increíblemente segura de sí misma. Comunica, de forma instantánea y sin pedir disculpas, la visión, la audacia y las aspiraciones ilimitadas de los uruguayos de aquella época.
Esa fue la era en la que nos ganamos a pulso el título de la Suiza de América. Éramos una isla improbable de promesa, progreso civilizatorio y paz institucional en medio de un continente plagado de conflictos sangrientos, pobreza endémica y sufrimiento. Fue la generación que concibió y construyó nuestra majestuosa rambla, que levantó el Palacio Salvo, por entonces el rascacielos más alto de Sudamérica, y que diseñó una capital que miraba de igual a igual a las grandes urbes europeas e internacionales. Había un convencimiento profundo, casi medular, de que nuestro destino natural era la grandeza.
Por supuesto, esa edad de oro fue trágicamente interrumpida. Los oscuros años de decadencia económica, estancamiento social y brutal incompetencia política que comenzaron a fines de la década de 1950, y que culminaron con la dolorosa pérdida de nuestras libertades hasta el retorno de la democracia en los años 80, socavaron profundamente nuestra autoconfianza colectiva. Esa larga noche institucional no solo destruyó nuestra prosperidad material; destruyó algo mucho más frágil y fundamental: nuestro optimismo.
Hoy, más de sesenta años después de que comenzara aquel largo declive, seguimos sufriendo el eco de esas crisis profundas. La falta de visión y la ausencia de ambición continúan nivelando hacia abajo nuestra realidad diaria. Hemos internalizado la mediocridad como un mecanismo de defensa, arropados en la mentira paralizante del “paisito”. El desafío que enfrenta Montevideo hoy ya no se trata de limitaciones estructurales insalvables, de escasez de capital global o de una pretendida fatalidad geográfica; el desafío es, abrumadoramente, de carácter psicológico.
Montevideo posee una geografía privilegiada, una escala humana envidiable y una riqueza arquitectónica de clase mundial, heredada justamente de aquellas generaciones que se atrevieron a soñar en grande. Pero hoy está gestionada con la desidia de quien ya no cree en esa grandeza. Suelo caminar frecuentemente por la ciudad; el recorrerla a pie es mi gran pasión. Algunos fines de semana recorro entre 5 y 10 kilómetros explorando sus distintos barrios y rincones. Y lo que observo en esas largas caminatas, lo que padece la inmensa mayoría de los ciudadanos todos los días, es una urbe sucia, gris y sumida en el descuido crónico.
La proliferación incontrolable de pintadas y grafitis vandálicos en cada fachada, monumento y cortina metálica no es simplemente un problema estético menor; es el síntoma visual de una ciudad que ha bajado los brazos. Crea un ambiente persistente de decadencia y desesperanza que permea el estado de ánimo colectivo de forma inevitable. La incapacidad crónica de la intendencia para proveer los servicios más elementales es, a esta altura, injustificable. Hablamos de tareas fundamentales que cualquier ciudad moderna resuelve con facilidad organizativa: mantener las calles libres de basura, reparar veredas destrozadas que hoy ofician de verdaderas trampas para el peatón, y preservar nuestro patrimonio arquitectónico.
El caso de la Ciudad Vieja es, quizás, la ilustración más dolorosa de este fracaso. Tenemos entre las manos una joya urbanística que, gestionada con inteligencia y decisión, debería ser uno de los polos turísticos y culturales más atractivos de todo el Uruguay, a la par de los cascos históricos más vibrantes de la región y del mundo. Sin embargo, en lugar de ser un distrito impecable, celosamente restaurado, seguro y perfectamente iluminado, languidece bajo el peso del abandono, la mugre y la oscuridad. Y hay que ser intelectualmente honestos: este fracaso en el manejo urbano básico no es patrimonio exclusivo de la actual administración; es una falla sistémica que ha atravesado, como un hilo conductor del letargo, a múltiples gestiones a lo largo de las décadas. La falta de ambición hace que nuestra ciudad sea, día tras día, un poco menos vivible.
Esta ceguera estratégica se vuelve aún más evidente y dañina cuando observamos la infraestructura. Nos encontramos en pleno 2026 y Montevideo sigue obstinadamente atada a un sistema de transporte público arcaico, ineficiente, sumamente lento y exclusivamente enfocado en el ómnibus. ¿Cómo es posible que una capital con aspiraciones de modernidad, que se jacta de ser un polo tecnológico regional, no cuente con una red de transporte subterráneo, o al menos con un sistema de tranvía moderno o tren ligero de superficie?
Una red ferroviaria moderna y eficiente conectaría toda la ciudad, inyectando vitalidad a barrios hermosos, pero que hoy permanecen asfixiados y aislados por la enorme distancia temporal que toma llegar a ellos. Más importante aún, expandiría radicalmente las opciones de vivienda y de vida para miles de jóvenes que actualmente no pueden costear los prohibitivos alquileres en las zonas céntricas o al sur de avenida Italia, acercándolos a los polos de atracción laboral. El transporte moderno no es un capricho del primer mundo; es la herramienta central de la equidad social, un motor de desarrollo económico que rompe con la segregación territorial. Pero para imaginar, diseñar y construir un metro o un tren ligero, primero hay que abandonar la pequeñez de miras. El estado actual de Montevideo no es un castigo divino ni el resultado de fuerzas incontrolables. Es el resultado directo de aplicar la narrativa limitante del “paisito” a la administración departamental.
Frente a esta realidad, quizás Mario Bergara sea sencillamente el último de una larga lista de líderes políticos que cargan con las pesadas cicatrices psicológicas de ese período terrible de nuestra historia. Un administrador que quizás esté bien intencionado, pero que se encuentra atrapado en el paradigma de la escasez, incapaz de sacudirse el trauma de la limitación y de proyectar un horizonte verdaderamente audaz.
Pero la ciudad no puede seguir aguardando en la sala de espera de la historia. Ojalá el próximo intendente, o intendenta, venga libre de esos traumas, de esas autolimitaciones y de esa resignación burocrática. Montevideo necesita desesperadamente a alguien que entienda la realidad última de nuestra geografía y nuestra historia: que esta es una verdadera capital mundial que simplemente perdió su rumbo, y que hoy, más que nunca, tiene la oportunidad extraordinaria de restaurar, por fin, su verdadero esplendor.