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    Título de nobleza para el Estadio Azteca

    Sin techos retráctiles ni envolventes pantallas inmersivas, sin sistemas climatizados ni energías renovables, el Azteca se erguía desafiante en la inauguración del Mundial 2026, tan solo con su hormigón visto y su estructura de pilares, y lo hacía con orgullo

    Este Mundial es raro por donde se lo mire. De 32 países participantes pasamos a 48, de un país sede pasamos a tres y, de los 16 estadios en los que está rodando la pelota, ninguno fue construido para la ocasión. No contentos con estas anomalías, resulta que los 11 estadios de la sede de Estados Unidos son escenarios de otro deporte y, aunque es atendible el argumento de la sostenibilidad y nadie imagina reeditar el delirio de 2022, cuando Catar se despachó con siete estadios construidos desde cero, un Mundial es un Mundial, digamos que amerita.

    Ahora, en este contexto de estadios que se adaptan y reciclan, no puedo dejar de deslumbrarme con el Estadio Azteca de Ciudad de México, obra de Pedro Ramírez Vázquez y Rafael Mijares, dos grandes de la arquitectura mexicana. Y me deslumbro porque se inauguró hace 60 largos años y la hidalguía que desprendía el pasado jueves 11 en la ceremonia de inauguración era solo comparable a la de un viejo guerrero que sigue dando batalla. Sin techos retráctiles ni envolventes pantallas inmersivas, sin sistemas climatizados ni energías renovables, el Azteca se erguía desafiante tan solo con su hormigón visto y su estructura de pilares, y lo hacía con orgullo. Quizá con el mismo garbo y señorío con que resiste, a sus casi cien años, nuestro Centenario, esa proeza de la arquitectura nacional y de su creador, el gran Juan Antonio Scasso.

    El Estadio Azteca fue una obra monumental para la época y hasta diría que de ribetes épicos, no todos los días se construye un estadio para 100.000 personas sobre un terreno de roca volcánica. Su construcción comenzó en 1962 con la excavación de miles de toneladas de roca para el anclaje de los pilares, lo que hace que la cancha esté 9 metros y medio por debajo del nivel de la calle. La idea era crear una estructura de resistencia antisísmica y, al mismo tiempo, aligerar su descomunal tamaño para que la escala del monstruo se insertara con criterio urbanístico. Una genialidad que da como resultado un estadio que no está sobre el suelo, sino que emerge de él, con la funcionalidad adicional de permitir una salida rápida de los espectadores, ya que, al hundir la cancha, la calle coincide estratégicamente con las rampas de las tribunas.

    Su estructura es totalmente minimalista, un gran costillar de pilares de hormigón que se va curvando y un sistema de vigas en voladizo que deja flotar el graderío. De allí que la columna vertebral de su lenguaje arquitectónico sea el hormigón armado, que con desnudez espartana deja a la vista las vetas, las juntas y demás texturas del material. El béton brut —al decir de Le Corbusier— fue el rey de la arquitectura de la segunda mitad del siglo XX y alcanzó en América Latina cotas de sorprendente sofisticación, casi como para desmentir el nombre que se le dio al estilo: brutalismo (por lo de brut). Precisamente, Ramírez Vázquez fue uno de sus máximos exponentes y ejemplo de ello es otra de sus grandes obras, el Museo Nacional de Antropología de México, el que increíblemente construyó en paralelo con el estadio entre 1963 y 1964.

    El Antropológico es una muestra de cómo la arquitectura moderna puede ser un puente hacia el pasado histórico y cultural de una nación. De inspiración prehispánica, su planta evoca el Cuadrilátero de las Monjas de Uxmal y sus celosías recuerdan las decoraciones mayas de estilo Puuc. Pero la gran hazaña está en el patio: una monumental cubierta colgante de hormigón que, sostenida por un único pilar, flota ingrávida sobre 4.400 metros cuadrados de superficie.

    El coloso de Santa Úrsula —como se le llama al Azteca— se terminó en 1966, fue el escenario de los Juegos Olímpicos del 68 y luego del Mundial del 70. Al respecto va otro galardón: acaba de entrar en la historia como el único en albergar tres mundiales, México 1970, México 1986 y ahora este. Será por eso que, para los que somos futboleros, el Azteca es un escenario sagrado; allí Víctor Espárrago convirtió aquel agónico gol contra la Unión Soviética en 1970, el que nos clasificó en el alargue para las semifinales. Allí se elevó Pelé en aquel gol de cabeza en la final contra Italia y nos regaló una de las más célebres fotografías de la historia: Pelé abrazando a Jairzinho y levantando el puño hacia el cielo. Fue en el Azteca donde la “mano de Dios” de Maradona terminó en gol, y fue también el escenario en el que, minutos después, apilara ingleses en aquella mítica corrida y anotara el gol más famoso de la historia.

    Hago votos para que el viejo guerrero azteca, con toda su nobleza arquitectónica y todas sus leyendas a cuestas, siga dando batalla. No sea cosa que, en aras de la tecnología, se les ocurra tirarlo abajo.