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¿Por qué queremos a nuestros hijos?, ¿cuándo se empieza a ser madre/padre?, ¿cuando el niño nace, cuando recibimos al ser que nos entregan en el hospital?, ¿pasado un tiempo, cuando nos reconocemos física o psicológicamente en él?; (...) tal vez sea demasiado simple explicar el cariño por un hecho biológico como son los lazos de sangre sin agregar lo psicológico, lo emocional, el transcurso del tiempo, las experiencias vividas
Pongámosle que son justo las 10 de la mañana cuando el auto se detiene en una calle de la ciudad de Morón, provincia de Buenos Aires, un barrio de clase media. Son un poco pasadas las 10 cuando el hombre se baja y busca el número, identifica una casa modesta. Toca el timbre y espera. Supongamos que el abogado Ignacio Leguizamón Peña se retuerce las manos, se arregla la corbata, la solapa del traje. Piensa, por enésima vez, qué palabras va a usar, cómo se las va a arreglar para contar esta historia. Es muy probable que sienta resbalar una gota de sudor por la sien.
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La mujer que abre la puerta es veterana, casi vieja; tal vez lleva un delantal sobre la ropa; del interior sale un olor a comida, a sopa. Lo cierto es que, parado en la vereda, Leguizamón comienza a hablar, le explica la situación como puede, como le sale, abre carpetas y le muestra documentos. No sabemos cómo ni con qué palabras arma el relato que suena a locura. ¿Cómo le dijo a la mujer que esa hija que crio, la que se llevó del hospital después del parto hace 40 años, no es la suya? Que las bebés fueron cambiadas en el hospital, no se sabe por quién ni por qué.
La escena del hombre parado en la vereda hablando con la mujer en la puerta, contándole que su hija no es su hija, aunque real, parece sacada de una película. Pasan 20 minutos, una hora, hasta que la mujer le permite al abogado entrar en la casa. Su reticencia y su escepticismo (¿el miedo?) se desmoronan cuando ve la foto de la mujer que podría ser su hija.
A 7.000 kilómetros de Morón, en Miami, Florida, una próspera familia argentina pasó antes por un proceso distinto, aunque igual: se enteraron a través de un ADN de que no existe parentesco entre los padres y la hija. Una niña que nació en el mismo hospital y con 13 minutos de diferencia con la de la mujer de Morón. La madre de Miami, confrontada con el test de ADN, insiste en que ella parió a una bebé ese día. La familia encarga entonces una pesquisa al abogado Ignacio Leguizamón Peña, la que lo llevará a descubrir el intercambio. Un intercambio que hizo que sus vidas transcurrieran con destinos opuestos: una se crio en Miami, padres profesionales, todas las comodidades; la otra creció en una casa modesta del conurbano bonaerense, peleando cada día para llegar a fin de mes.
Ante el descubrimiento, esas madres debieron enfrentarse al hecho de que la hija que criaron, la que creyeron suya por 40 años, no lleva su sangre; y que la que llevaron nueve meses en su vientre es una completa desconocida.
Hace años vi una película del japonés Hirokazu Koreeda, De tal padre, tal hijo, donde se planteaba casi la misma situación basada en un caso real, con la diferencia de que los intercambiados eran varones y tenían seis años y no 40. La película reflexiona sobre los lazos familiares, sobre el peso de la sangre y el de la convivencia, sobre los límites del amor, las bases del amor, lo que une y vincula a las familias. Hay una solución extrema al problema, discutible, pero la realidad nunca es fácil. Y, finalmente, la reflexión: no basta la voluntad para accionar o desconectar el amor generado por el tiempo y la convivencia.
El planteo esencial del japonés es exactamente lo que hoy debe estar pasando por la cabeza de las dos familias argentinas. ¿Por qué queremos a nuestros hijos? ¿Cuándo se empieza a ser madre/padre? ¿Cuando el niño nace, cuando recibimos al ser que nos entregan en el hospital? ¿Pasado un tiempo, cuando nos reconocemos física o psicológicamente en él? ¿El amor por el niño llega con el paso de los meses, de los años a su lado? Tal vez sea demasiado simple explicar el cariño por un hecho biológico como son los lazos de sangre sin agregar lo psicológico, lo emocional, el transcurso del tiempo, las experiencias vividas. Demasiado simple explicar el cariño de una manera monolítica, glorificada por el relato del lazo genético.
No fue un caso aislado ni mucho menos: lo que sucedió en Argentina pasó también en Logroño, La Rioja, en el norte de España. Era el año 2002 y no fue hasta el 2017 que una de las familias se hizo un ADN y se concluyó que padres e hija no tenían parentesco. También pasó en Noruega, en Francia, en Reino Unido, en Rusia, Brasil y Colombia, países donde descubrieron y enfrentaron las consecuencias del trágico error. La pregunta que surge es alarmante: ¿cuántos padres en el planeta cuidan al hijo equivocado?
Como el caso de Ruth y María Elita, que dieron a luz en el mismo hospital de la ciudad de Jaén, Perú, hace seis años, y en 2025 confirmaron que les habían dado al bebé equivocado. Fue entonces que un juzgado de familia dispuso que los niños debían ser entregados a sus madres biológicas. Una solución discutible que dejó dos familias destrozadas, dos pequeños traumatizados. Un vacío enorme e irreparable en los hijos, que hoy lloran por su familia perdida, y en las madres, que hoy extrañan al que durante seis años le dieron amor y protección, al que creyeron suyo.
En Cannes, Francia, encontraron una solución diferente: las madres, después de descubrir el error en 2015, conocieron a sus verdaderas hijas y decidieron quedarse con la que habían criado. “Lo que vivimos nos unió aún más. El vínculo ya era muy fuerte, pero nos quisimos aún más”, dice una hija de su madre que no es su madre, y con la que vive hasta hoy.
Se plantea también el tema de la identidad, la dificultad de construirla cuando los lazos biológicos se desdibujan y adquieren fuerza los vínculos emocionales. La solución, por lo que muestra la realidad, no es una y única, varía en cada sistema jurídico, para cada familia. Algunas veces, las indemnizaciones que reciben los implicados son millonarias y ayudan a mejorar la vida de esas personas, pero el daño hecho es irremediable. Porque el perjuicio que provocan estas negligencias, más allá del dinero que puedan recibir los damnificados, más allá de las correcciones familiares que pueda hacer la ley, es radical e irreparable. Un día cualquiera un abogado toca el timbre de una casa y se desencadena el terremoto, un devastador descarrilamiento de la existencia de esas personas.