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Una banda de forajidos armados hasta los dientes asaltó una sucursal del BROU en Pando, en cuyas cajas de las ventanillas de los cajeros había 70.000 dólares, 90.000 euros y 10 millones de pesos, moneda nacional
Mire que se habló de las benditas tanquetas. Que si eran del Ejército, que había que entrenar policías para que las manejaran, que había que tunearlas con colores policiales para evitar que el pueblo creyera que se había decretado la militarización, que si las que nos regalaron los gringos sirven nada más que cuando estemos en guerra, que igual hay otras que se pueden poner en servicio. En fin, para todos los gustos.
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Pero hace días que no se hablaba de ellas, hasta que recientemente surgieron algunos episodios en las que han participado activamente.
En efecto, sin ir más lejos que la víspera del día de la independencia, una banda de forajidos armados hasta los dientes asaltó una sucursal del BROU en Pando, en cuyas cajas de las ventanillas de los cajeros había 70.000 dólares, 90.000 euros, y 10 millones de pesos, moneda nacional. Por qué toda esa torta de guita no estaba en el cofre ya lo averiguarán los investigadores, aunque cuesta creer que los cajeros manejen tanta plata a las cinco de la tarde de un día sándwich en Pando. Durante el asalto había en la sucursal bancaria más delincuentes que clientes.
Todos sabemos que los chorros, con unas bolsas llenas de billetes, huyeron raudos en un refinado Mercedes Benz, con rumbo desconocido.
Hay versiones que dicen que chocaron el auto, que trataron de conseguir otro, que finalmente rapiñaron un tercero, pero se ha comprobado que no son ciertas. En realidad, el Mercedes de los chorros chocó contra una tanqueta, que se dirigía al club Muchachos en Guardia, sito en las afueras de Pando, una digna institución que reúne a policías en actividad y otros retirados, donde se celebran encuentros fraternos, asados, partidas de truco y momentos de solaz y esparcimiento. La tanqueta estaba fuera de servicio y el jefe de la guardia había autorizado que en ella viajaran seis policías de franco para ahorrar los gastos de desplazamiento de los muchachos que iban a pasar un buen rato.
Producido el choque, los seis tripulantes de la tanqueta y el chofer salieron a ver qué había pasado y quién los había chocado. Tras ver que se trataba de jóvenes en ropa deportiva y que se encontraban sanos y salvos, se interesaron por la manera en que podían ayudarlos. El que hablaba por todos les dijo a los policías que viajaban rumbo a Punta del Este, a pasar el feriado y algunos días de descanso. Tras comprobar que los cuatro y sus bultos no cabían en la tanqueta, en la que se proponían llevarlos, uno de los policías detuvo a una camioneta que pasaba por allí (los policías no llevaban uniforme, pero la tanqueta lograba el efecto de que quien pasara se detuviera) y entre todos cargaron los bultos en los que los viajeros llevaban sus pertenencias. Uno de los policías les preguntó por qué no llevaban valijas en vez de bolsas, pero ellos contestaron que así era más práctico llevar la ropa, porque las valijas ocupaban mucho sitio. El conductor de la camioneta arrancó luego, presumiblemente rumbo al este, con sus nuevos pasajeros y sus bolsos, y la tanqueta retomó su camino rumbo al club, donde todos eran esperados para compartir un rico asado.
Otra tanqueta también participó hace unos días en un curioso episodio, en esta oportunidad debido a que sus frenos, como se supo desde un principio, no son nada confiables. Tras unos ejercicios de vigilancia, manejo y circulación, la tanqueta hizo un giro brusco en una esquina del barrio Marconi y el voluminoso vehículo se estrelló contra el frente de una modesta vivienda y derribó una pared. Los cinco policías que viajaban a bordo del blindado y el chofer bajaron raudos a comprobar los daños causados en el inmueble y si, eventualmente, había víctimas. Por fortuna, las tres personas que salieron del interior estaban sanas, aunque se apreciaba un gran desorden en el mobiliario, con sillas y mesas caídas, así como bolsas distribuidas en el entorno hogareño. Los policías, tras comprobar que no había daños físicos, se dedicaron a acumular las bolsas junto a una de las paredes sanas del inmueble y a recoger de arriba y debajo de las mesas unas balanzas de precisión. Los ocupantes de la vivienda les explicaron que las bolsas contenían productos alimenticios de pequeño tamaño, como aceitunas, garbanzos, maníes y almendras, y que vivían de la venta barrial de bolsitas con alimentos, que pesaban en las pequeñas balanzas que, afortunadamente, no habían sufrido daños. Los policías ayudaron a los damnificados a poner orden en la casa y tomaron nota de la dirección de la casa afectada. Les aseguraron que informarían a sus autoridades de lo ocurrido para que se pusieran en contacto con los ocupantes y se hicieran cargo de la reconstrucción del hogar, sin duda, por cuenta de las autoridades.
El último episodio del que tenemos información en estos días es el de una tanqueta que había sido enviada a Paysandú para cooperar con la vigilancia local, dada la aparición de grupos de delincuentes.
Cuando la tanqueta patrullaba la orilla del río Uruguay, en un lugar alejado de la capital departamental y en horas de la noche, el conductor cometió el error de creer que manejaba un vehículo anfibio y se acercó al agua al percatarse de la presencia de una lancha que venía rauda hacia la orilla. La tanqueta se hundió parcialmente y quedó trancada por los bancos de arena. La lancha, que no se había percatado de la presencia de la tanqueta, se estrelló contra el vehículo. Sus ocupantes saltaron, manoteando unas cajas que traían en su interior. El conductor de la tanqueta y los tres policías que lo acompañaban comprobaron que nadie se había lastimado y se apresuraron a ayudar con las cajas de la lancha. Les preguntaron a sus ocupantes de dónde venían y contestaron que eran pescadores, y que traían esas cajas llenas de pescados. Les dijeron que se habían sorprendido al ver la tanqueta, porque pensaban que eran unos amigos que venían a buscarlos con la pesca del día y que llegarían en cualquier momento. Como una de las cajas se había abierto con el golpe, y de ella se asomaba una botella de whisky, los navegantes les dijeron a los policías que siempre llevaban una botellita para combatir el frío y los invitaron a brindar por una buena pesca y una nueva amistad.
Mientras volvían al cuartel en la tanqueta recuperada, los policías se comprometieron entre ellos a no contar nada del episodio, por temor a que les sintieran aliento alcohólico.
No me digan que las tanquetas no han sido un gran aporte…