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La virtualización de la conversación política no creó esa “distancia epistemológica” entre las personas; lo que hizo fue eliminar la barrera de la distancia y del acceso a la conversación, pero sin integrar herramientas de comprensión mutua
El otro día asistí a un interesante intercambio en X y, en alguna medida, fui parte de él. Quienes charlaban, o al menos lo intentaban, eran dos personas que conozco de ámbitos distintos: la música y la comunicación, por un lado; la academia, por otro. El tema del (intento de) intercambio era la meritocracia y, de forma un poco más específica, qué podía ocupar su lugar en caso de que la descartáramos como mecanismo de selección para cargos, empleos, etcétera.
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Digo interesante no porque la charla haya arribado a conclusiones relevantes, sino porque reveló una incongruencia básica. Sí, los dos hablaban de meritocracia, pero en ningún momento hubo forma de ponerse de acuerdo en qué era la meritocracia. Esto es, no hubo manera de volver operativo el concepto para que la charla avanzara. En una de mis intervenciones apunté que, sin un acuerdo de base acerca de qué es aquello sobre lo que estamos intercambiando, iba a ser difícil concluir algo juntos.
El problema es que X no está diseñado para concluir nada juntos: las limitaciones del formato, la antipatía de la interfaz, la falta de matices inevitable en un texto breve y un algoritmo que premia los intercambios más violentos porque generan más tráfico conspiran contra la posibilidad de un acuerdo, de construir algo. Y, sin embargo, ahí estábamos, navegando la ilusión de tener una misma base común sobre la cual charlar, parados sobre un terreno relativamente neutral y llano.
A lo que asistí de manera activa —participé hasta llegar a la conclusión que intento desarrollar acá y luego me llamé a silencio— fue a una representación en pequeña escala de la fragmentación y polarización de la charla política (y social) de estos días. No porque quienes estábamos en la charla albergáramos mala intención. Al contrario, era claro que todos hacían lo que estaba a su alcance para explicarle al otro su perspectiva sin animosidad. Pero sin un acuerdo sobre los conceptos de base, sobre qué quieren decir las palabras que estábamos usando, era solo cuestión de tiempo que apareciera cierta rispidez. La cosa no pasó a mayores: éramos gente educada y ya grande. Fue imposible ponerse de acuerdo en las mínimas y todo se diluyó en el desencanto.
Ahora, ¿es de verdad algo nuevo esto? ¿Son las redes las que empujan la polarización o simplemente vuelven visible algo que estuvo siempre ahí? La pregunta me recuerda a una letra de los Disposable Heroes of Hiphoprisy, dúo de hip hop de comienzos de los noventa, que se preguntaba en Television si esta era un reflector o el director. Es decir, ¿las redes empujan la ausencia de terreno común, simplemente potenciando los intercambios que mejor funcionan para la billetera del dueño del quiosco —que no es el país o la sociedad, sino la empresa que presta el servicio— o la distancia siempre estuvo ahí?
Más allá de los cambios que puede estar produciendo una globalización acelerada que nos impacta todos los días, hasta el punto de que muchos aspectos de nuestra experiencia de vida comienzan a ser intercambiables con los de cientos de millones en lejanas latitudes, quizá esa “distancia epistemológica” que nos impide acordar los términos mismos del intercambio siempre existió, pero teníamos menos oportunidades de encontrarnos con ella porque nuestros intercambios se producían casi siempre en ámbitos acotados. La virtualización de la conversación política no creó esa “distancia epistemológica” entre las personas. Lo que hizo fue eliminar la barrera de la distancia y del acceso a la conversación, pero sin integrar herramientas de comprensión mutua.
Antes de las redes y de la virtualidad generalizada, cuando uno discutía sobre meritocracia, probablemente lo hacía con gente de su ámbito profesional, académico, familiar o amistoso. Eso producía círculos más pequeños y, esto es lo importante, un cierto piso común de conocimientos, referencias y significados compartidos. No necesariamente había acuerdo político, pero había más probabilidades de que dos personas usando una misma palabra estuvieran hablando de cosas comparables o relacionables. Las redes alteraron eso. Ahora, gracias a X, uno puede discutir con alguien muy lejos en lo social, cultural o intelectual. Es decir, la plataforma democratiza el acceso a la charla, pero no necesariamente desarrolla las condiciones para que el terreno común funcione.
El ejemplo de la meritocracia es bueno porque en apariencia es un concepto fácilmente comprensible. Sin embargo, la cosa cambia cuando empiezan las preguntas: ¿meritocracia como igualdad de oportunidades? ¿Como recompensa proporcional al mérito? ¿Como mecanismo de selección? ¿Como justificación moral de las desigualdades? ¿Como descripción de una sociedad? ¿Como ideal normativo? Dos personas pueden ser perfectamente bienintencionadas, honestas y razonables y, al mismo tiempo, estar respondiéndose cosas distintas porque parten de definiciones y supuestos diferentes sobre cómo funciona el mundo y qué es la “buena vida”.
En Sobre la tiranía, escrito en 2016, el historiador estadounidense Timothy Snyder propone, entre otras cosas, recuperar una política que pase por el cuerpo: salir de las pantallas, hacer contacto visual, conversar con otros, encontrarse con personas que no forman parte de nuestros círculos habituales. El contacto cara a cara, sostiene, rompe barreras sociales y nos permite percibir al otro de una manera que la pantalla dificulta.
El otro día fui al velatorio del Negro Rada en el Palacio Legislativo. Conozco a la familia desde hace muchos años y Matías Rada es parte de mi banda, Peyote Asesino. Encontrarme con ellos, fundirme en un abrazo afectuoso y ver a tanta gente expresando masivamente su emoción fue una experiencia por completo distinta a leer en las redes sociales que miles de personas lamentaban su muerte. Y no es solo una diferencia de intensidad emocional. En el velatorio había algo que la virtualidad no puede reproducir: cuerpos, gestos, cantos, aplausos, miradas, abrazos y una experiencia compartida que casi no necesitaba palabras. Presencialmente uno comparte el hecho social de los sentimientos y esa es una forma distinta de acceder al otro.
Seguramente sea más complejo intercambiar conceptos sobre los que hay que construir acuerdos que hacerlo sobre afectos. Pero esa dimensión presencial de la política es indispensable. La cuestión, entonces, no es volver a los círculos cerrados de antes de internet, sino encontrar alguna forma de recuperar aquello que esos círculos proporcionaban sin proponérselo: el terreno común. La virtualidad nos permitió conversar con personas con las que antes probablemente nunca hubiéramos hablado. El problema es que todavía no hemos logrado transformar ese contacto en una conversación productiva. Quizá para eso haya que volver a charlar cara a cara.