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Alejandro Figueredo, del Mundial a su paternidad: “En Estados Unidos crecimos como familia”

Radicado en Miami desde hace nueve años, el periodista divide sus días entre la cobertura del Mundial y una vida familiar que priorizó al emigrar

Editor de Galería

Desde Vancouver, adonde llegó después de pasar por Dallas y antes de continuar hacia Houston, el periodista Alejandro Figueredo atiende esta entrevista telefónica en plena cobertura del Mundial. Ese mismo día le tocaba relatar Suiza-Argelia, dentro de una agenda que lo lleva a moverse casi sin pausas entre ciudades.

Hace nueve años dejó Uruguay y se radicó en Miami, en la zona de Sunny Isles, al norte del área metropolitana, donde trabaja en transmisiones de la MLS para Apple TV y temporalmente en Telemundo Deportes, que transmite el Mundial en español para Estados Unidos.

En la entrevista repasa el desafío de relatar para una audiencia internacional sin perder identidad, el impacto de la eliminación de Uruguay y el crecimiento del fútbol en Estados Unidos. Pero el costado más personal toma fuerza: su vida familiar en Miami, compartida con su esposa —interiorista con estudio propio— y sus dos hijas, de 26 y 24 años, en una dinámica marcada por la independencia, los viajes y la distancia, pero sostenida por un vínculo cotidiano muy cercano.

Te tocó relatar los dos primeros partidos de Uruguay en el Mundial. ¿Cómo manejás el equilibrio entre la pasión por la selección y la neutralidad que exige una transmisión internacional?

Las transmisiones son para Estados Unidos y están dirigidas a la comunidad latina. No son partidarias, aunque, como es lógico, todos queremos que les vaya bien a nuestras selecciones.

La cadena reúne a muchas figuras identificadas con sus países, como Diego Lugano por Uruguay, Antonio Valencia por Ecuador o Maxi Rodríguez y Gabriel Batistuta por Argentina. Pero eso no quita que haya que mantener la objetividad.

Al principio, en el partido con Arabia Saudita, me costó un poco adaptarme. Después ya fue más natural porque estoy acostumbrado a transmitir para audiencias muy diversas.

¿Cómo viviste la eliminación de Uruguay?

Me pegó mucho más de lo que pensé que me podía pegar. Primero, por la sorpresa de lo prematuro de la eliminación. Pero, en segundo lugar, por este condimento extra de que era el Mundial en mi segunda casa. Tenía mucha expectativa de que le fuera bien a Uruguay. Además, compartiendo con colegas de otros países y viendo la alegría que tenían al ver que sus selecciones seguían en carrera, mientras la nuestra se despedía tan rápido, me dolió bastante.

¿Qué explicación le encontrás?

Pagamos un precio carísimo por los errores que cometimos. Futbolísticamente, creo que Uruguay mostró una cara superior a la que venía mostrando en las Eliminatorias y en los últimos amistosos. Ahí hubo un salto positivo. Pero en los últimos dos partidos nos autoflagelamos. Y, a este nivel, cometer errores tan graves te puede sacar de carrera.

En la previa del Mundial se discutía mucho sobre el clima futbolero en Estados Unidos. ¿Qué percepción tenés sobre cómo se está viviendo el torneo?

Los datos están a la vista; los estadios están prácticamente llenos en todos los partidos. Es verdad que Estados Unidos no es un país estrictamente futbolero, pero el fútbol ha ido creciendo, sigue ganando espacios y está en esa pelea. La selección de Estados Unidos respondió bien, sorprendiendo a todos con un nivel, para muchos, inesperado.

Desde Estados Unidos, tuviste la oportunidad de explorar otro tipo de coberturas, incluso colaborando con Canal 12. ¿Cómo fue esa experiencia?

La idea siempre fue mantener el vínculo con el canal y estar atento a temas que pudieran ser de interés para los uruguayos. Me tocó cubrir huracanes, que en Miami son una preocupación constante, y también algunas visitas presidenciales a la ONU (Organización de las Naciones Unidas) para Telemundo.

Además, para este Mundial participé en programas previos y en algunas ediciones del Diario de la Copa. Mi vínculo con el canal nunca se rompió. Hoy tengo mucha menos participación que antes pero, cuando pasa algo importante y necesitan una mano, saben que estoy.

Hace un tiempo dijiste que no te fuiste de Uruguay por dinero, sino para poder disfrutar más de tu familia. ¿Sentís que lo lograste?

Sí. En Montevideo le dedicaba muchísimas horas por día y muchos días a la semana al trabajo. Prácticamente no tenía tiempo libre. Acá la dinámica es distinta. Hay semanas en las que viajo un viernes y vuelvo un domingo, y de lunes a viernes no tengo una actividad fija. Puedo tener reuniones o preparar los partidos, pero no un horario que cumplir todos los días. Y eso para mí es oro.

María Clara y Alejandro Figueredo con María Battaglino.

María Clara y Alejandro Figueredo con María Battaglino.

¿Cómo aprovechás ese tiempo libre?

Me gusta mucho viajar. Viajo mucho por trabajo, pero también trato, cuando se puede, de intercalar algún viaje de placer. Me encanta la playa y estoy en Miami, que tiene un clima ideal para disfrutarla.

También juego al golf. Siempre me gustó, pero es una actividad que requiere tiempo. En Uruguay podía jugar cada tanto, aunque mucho menos de lo que hubiera querido. Acá encontré más espacio para hacerlo.

Además, pasó algo que no estaba dentro de lo previsto. Muchas veces me encontré compartiendo el trabajo de mi señora o ayudándola en algunas tareas. Empezamos a compartir otro tipo de actividades y momentos que antes, por nuestros horarios y la dinámica que teníamos en Uruguay, era prácticamente imposible.

¿Te enganchaste con algún otro deporte más allá del fútbol?

Soy un aficionado al deporte en general. He visto partidos de la NBA y de béisbol, pero el deporte que más me sorprendió fue el hockey sobre hielo. Lo había visto por televisión, pero en vivo es un espectáculo que realmente me encanta.

¿Qué balance hacés de estos años viviendo y trabajando en Estados Unidos?

El balance es muy positivo. Cuando uno toma la decisión de emigrar hay un montón de cosas que desconoce. Pensás en algunos factores, pero después aparecen otros que nunca habías puesto en la balanza. En mi caso, además, fue una apuesta grande: llegué a un medio donde nadie me conocía y tuve que empezar de cero.

Por suerte, desde que llegué no paré de trabajar en lo mío. Fui pasando por distintas empresas, algunas incluso cerraron sus operaciones en Miami, pero siempre aparecieron nuevas oportunidades. Eso también me permitió ganarme un lugar y un reconocimiento dentro de una industria que, al principio, me era completamente ajena.

La pandemia fue un desafío extra para vivirla lejos del país, pero también nos permitió fortalecernos como familia. Mi señora desarrolló su emprendimiento, mis hijas terminaron sus carreras y fueron encontrando su propio rumbo. Al final, más allá de los resultados, crecimos como familia.

María Battaglino junto a María Josefina y María Clara Figueredo.

María Battaglino junto a María Josefina y María Clara Figueredo.

¿Qué dificultades tuvo emigrar con hijas grandes?

En el caso de mi hija mayor, la adaptación fue más sencilla porque ya estaba por empezar la universidad y, de hecho, antes de que nosotros tomáramos la decisión de venir, ella ya tenía claro que quería estudiar en Estados Unidos. Con la más chica fue distinto. Todavía no había terminado el liceo y tuvo que enfrentar un montón de desafíos adicionales. Eso fue una preocupación para nosotros, pero también una enorme satisfacción verla salir adelante.

Tu trabajo implica viajes y horarios poco convencionales. ¿Cómo hacés para que eso no afecte el vínculo con tu familia?

Cuando estoy de viaje, evidentemente no estoy con ellas. Pero mis hijas ya son grandes: la mayor tiene 26 años, es bióloga marina y actualmente está viviendo en Sídney, donde cursa un MBA (posgrado en administración de empresas). La menor, de 24, es nutricionista deportiva y todavía vive con nosotros, aunque probablemente el año que viene se independice.

Acá en Estados Unidos es bastante normal que los hijos se independicen antes o se vayan a estudiar a otro estado, así que también hay una dinámica distinta a la que uno está acostumbrado en Uruguay. Pero no me asusta esa independencia, al contrario, me parece que está buenísimo que crezcan, que hagan su propio camino y que uno esté presente para acompañar cuando hace falta.

¿Cómo sos como padre?

Eso habría que preguntárselo a ellas. Yo trato de ser un padre muy cercano, muy compinche y muy presente. Me gusta saber cómo están, cómo les va y en qué andan. Tenemos una comunicación muy fluida y mucho sentido del humor. La verdad es que llevamos una relación muy natural.

¿Qué valores heredaste de tus padres a la hora de criar a tus hijas?

Sobre todo, la libertad. Mis padres siempre me dieron espacio para tomar mis propias decisiones y traté de hacer lo mismo con mis hijas. Nunca les marqué qué tenían que estudiar ni qué camino debían seguir. Si me piden un consejo, se los doy, pero siempre intenté que crecieran con la mayor libertad posible.

¿Qué es lo que más disfrutás de Miami y qué es lo que menos va con vos?

Miami es una ciudad muy diversa. Lo es por la gente que vive allí, con personas de todas partes del mundo, y también por sus paisajes, que van desde zonas muy residenciales hasta áreas llenas de edificios. Tiene un clima bárbaro.

En cuanto a lo que menos siento como propio, hay una dinámica de vida muy asociada a la frivolidad y al consumo que no forma parte de mi filosofía. No es algo que critique ni que le reste valor a la ciudad; simplemente elijo no vivir de esa manera.

¿Cómo describirías el clima social que se vive actualmente en Estados Unidos?

Cuando me preguntan cómo está la cosa en Estados Unidos, es difícil de describir. Todo cambia según dónde estés porque es un país muy grande y diverso. No es lo mismo el sur de Florida que el noroeste, Seattle o Portland.

En los últimos tiempos, los aspectos de la política migratoria han tenido como denominador común a los inmigrantes, que conviven con realidades muy distintas. Están los inmigrantes legales, que no han tenido inconvenientes más allá de algún pedido de documentos que antes no ocurría; y están los ilegales, que sí han vivido situaciones de mayor tensión.

Creo que el miedo a la deportación está latente desde que tengo uso de razón y escucho hablar de la política migratoria de Estados Unidos. Pero antes era algo que no se vivía en lo cotidiano, más allá de algunos casos puntuales. Lo que cambió fue la difusión y la presencia en la calle de la policía migratoria (ICE), junto con algunos hechos muy desagradables que ocurrieron. Eso generó una preocupación mayor, con fundamento, porque lamentablemente pasaron cosas muy duras.

¿Te imaginás volviendo a Uruguay?

Hoy nuestra cabeza está puesta en Estados Unidos, pero nadie sabe las vueltas que puede dar la vida. No le cierro la puerta a nada. Soy muy respetuoso del destino y creo que, muchas veces, uno se anima a hacer planes demasiado lejanos sin tener en cuenta que no todo depende de uno. Por ahora, nuestro proyecto de vida está acá.