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Anahí Fernández: "El arbitraje fue para mí un lugar para soñar con grandes cosas"

Edad: 33 Ocupación: Árbitra de fútbol Señas particulares: estudia Psicología, es mala jugando al fútbol y resuelve cualquier comida con la air fryer

Editor de Galería

Durante tu infancia en Manga, ¿eras de respetar las reglas o buscabas la forma de romperlas? No me portaba muy bien. Era bastante obediente en casa, pero siempre hacía alguna picardía. Me divertía portarme mal. Era la más chica de tres hermanos, así que había muchas peleas, esconder quién había hecho una macana o quién había roto algo. Siempre encontraba la forma de no hacer exactamente lo que me habían dicho.

Tu llegada al arbitraje fue bastante casual. ¿Cómo se dio? Fui a la cancha de Salus a ver jugar a quien en ese momento era mi pareja y me llamó la atención la jueza, Luciana Mascaraña. No tenía ni idea de que existía la posibilidad de integrar el fútbol desde ese lugar. Yo quería hacer deporte, empezar alguna actividad, y me encantó ver la figura de una mujer dentro de la cancha, formando parte del juego desde otro rol.

¿Qué te cautivó de ese mundo? En ese entonces había dejado de estudiar y no tenía en el horizonte grandes objetivos. Pero el arbitraje fue para mí un lugar para soñar con grandes cosas, cosas que nunca había tenido la oportunidad de imaginar antes: decir “puedo ser algo, puedo ser alguien, puedo dedicarme de lleno a una cosa”.

¿Te gustaba el fútbol? Me gustaba, pero empecé a verlo de grande. En mi familia no se consumía fútbol para nada, no había ningún fanático.

¿Sabías las reglas? No entendía nada. Era como las señoras que gritan penal por una falta en la mitad de la cancha. Me quedaba calladita en el curso. Llegaba a mi casa y le preguntaba a mi novio: “¿Qué es un tiro libre? ¿Qué es una barrera? ¿Quién decide? ¿Por qué? ¿Qué es un foul? ¿Qué es indirecto?”.

En esos primeros años, ¿te costó combinar el arbitraje con el trabajo formal? Cuando estudiaba para ser jueza trabajaba en un shopping­ con horarios rotativos, así que era imposible coordinar. Aunque lo intenté, no pude acomodar los turnos y tuve que renunciar. Después conseguí un puesto administrativo en un correo privado. Fue una etapa muy exigente. Trabajaba nueve horas por día, iba en bicicleta, entrenaba de mañana y de noche y, además, iba al liceo. Muchas veces salía de clase cerca de la medianoche y al día siguiente me levantaba a las seis o siete para entrenar. Los fines de semana dirigía tres o cuatro partidos el sábado y otros tantos el domingo. El lunes volvía a empezar la rutina, con el cansancio acumulado y toda la semana por delante.

¿Dirías que hay diferencias entre arbitrar fútbol masculino y femenino? Sí, es innegable. Hay diferencias desde la propia naturaleza humana. Son diferencias físicas, técnicas y también emocionales. El trato, a nivel profesional, es bastante similar.

¿Es este uno de tus mejores años en lo laboral? No, he tenido mejores. Por primera vez, tuve una sanción en Primera División. Más que la sanción en sí, lo que me golpeó fue el error (en Racing-Wanderers). Hay que aprender a convivir con eso también. Después de esa equivocación estuve tres días prácticamente encerrada, casi sin dormir.

¿Te cuesta pasar de página? Ojalá pudiera pasar de página rápido, pero no. Me lamento, me castigo a mí misma. Soy bastante autoflagelante. Miro la jugada 500 veces y me la cuestiono una y otra vez. Porque sé que detrás de un error mío hay un montón de trabajo de muchas personas, y eso me hace sentir culpable.

¿Recordás cuál fue el insulto más original que recibiste en una cancha? Hace poquito un hincha me gritó si estaba ovulando porque, según él, tocaba demasiado a los jugadores. Había ayudado a uno a levantarse y le había preguntado a otro si estaba bien. ¡Un disparate!

¿Qué te dejaron los Juegos Olímpicos de París 2024? París 2024 tiene mucho significado en mi vida. Siempre había soñado con estar en unos Juegos Olímpicos. Fue una experiencia hermosa. Estar allá ya era muy especial, pero lo fue todavía más porque me acompañó mi familia. Mi madre viajó; era la primera vez que iba a Europa. Ella, que no va ni a la cancha un fin de semana, terminó viajando hasta Francia.

¿Qué les dirías a quienes sostienen que a los árbitros les gusta llamar la atención? Cuando empecé la carrera de arbitraje, mi padre, que es profesor de Filosofía y psicólogo, me dijo que no estaba ahí por casualidad, que tenía mucho que ver con mi forma de ser. Y es verdad. Hay etapas en la carrera en las que aparecen filtros: dejás de sentirte cómodo, dejás de sentirte identificado con lo que hacés. Si eso no va con tu personalidad, es muy difícil seguir. Por ejemplo, al principio, te pone nervioso saber que un partido es televisado. Pensás: “Si hoy me equivoco, va a aparecer en todos lados”. Esos nervios existen y hay que aprender a convivir con ellos. Pero nosotros no buscamos ser protagonistas; al contrario, buscamos pasar lo más desapercibidos posible.

¿Jugás bien al fútbol? Soy malísima. Mala mala. Algún día espero aprender a dominar una pelota.

Retomaste los estudios... Sí, en febrero de este año terminé el liceo, que me quedaba una materia eternamente pendiente. Era una deuda conmigo misma, algo que quería hacer. Después pensé qué podía estudiar que me ayudara con el arbitraje y me decidí por Psicología. El arbitraje tiene un límite: se termina alrededor de los 45 años y no sé si voy a poder correr hasta esa edad. Pero siento que la carrera me puede dar muchas herramientas, tanto para el arbitraje como para el futuro.